O-KAERI NASAI

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viernes, 28 de enero de 2011

RAN. Capítulo XL "GAMAN" 我慢. La Paciencia Perseverante




Hototogisu
Ôtakeyabu o
Moru tsukiyo

Canta el cuclillo:
Un bosque de bambú
Filtra la luna






El viejo sacerdote sonreía y juntaba sus manos como si fuera a recitar una oración. Miró profundamente a los ojos a todos los allí reunidos, uno a uno, transmitiendo una paz y serenidad que los hombres estaban muy lejos de sentir. La lluvia empezó a golpear el viejo tejado del templo, una construcción de mediados del período Muromachi, fuerte y resistente y el sonido se disolvió por los muros buscando un lugar para quedarse, como si fuera un invitado más. La niebla se aproximó a las grandes puertas oliendo al traidor, buscando la forma de protegerlo y darle su amor, intentando ser la madre que nunca fue y que descuidó a su niño permitiendo que lo absorviera la oscuridad. Los lobos aullaron en la distancia presintiendo que una gran verdad iba a ser revelada.
Gaman se acercó a los soldados y susurró unas palabras.

-Perdonad, Sensei, No os hemos oído, -contestó Ashikaga mientras los demás asentían con la cabeza.
El maestro volvió a susurrar.
-Bambú...
Takeshi intervino sorprendido, apenas disimulando una sonrisa.
-¿Podéis repetir, Maestro?
-Bambú... la paciencia, la perseverancia.
Nakamura se mostraba nervioso e irritable. Hacía días que no sabían nada de sus mujeres. Golpeó la mesa con el puño y se levantó ansioso para replicar al viejo.
-Gaman, ¡por todos los Kami! Creíamos que tú nos darías respuestas y nos hablas de... una planta. Por lo que más...
-Nakamura, siéntate, -intervino Taro-. Siéntate y deja que el Maestro se explique.
-Pero es que esto es inaudito. No necesitamos una lección de jardinería.
-¡Que te sientes he dicho!.-Taro conocía desde hacía mucho tiempo al sacerdote como para intuir que precisamente intentaba darles las respuestas que buscaban.-Continúa, Sensei. Te lo suplico.

La lluvia arreciaba en el exterior del templo con un ruido ensordecedor. El trueno decidió acompañarla enviando más sonidos aterradores mientras un calor extraño se expandía en el interior del templo. Gaman se arrodilló en el suelo junto a sus invitados y prosiguió con el relato interrumpido.

-El bambú es una gran planta, sí. No voy a daros lecciones de jardinería aunque podría hacerlo, claro que sí.-Sonrió.-La impaciencia es la que os está volviendo locos y tristes, amigos míos. Me gustaría contaros un cuento.
Los hombres se relajaron y se dispusieron a escuchar lo que el anciano quería transmitirles. Incluso Nakamura se mostró interesado después de las palabras de Taro llamándole la atención.
El sacerdote suspiró profundamente y empezó su relato.

- Los hombres trabajamos las tierras desde tiempos inmemoriales. Utilizamos las semillas para hacer crecer los cultivos y obtener una buena cosecha con la que sobrevivir al hambre, para alimentarnos a nosotros y a nuestros hijos. Podríamos sentarnos y esperar a ver cómo crece la nueva planta, ya lo creo, sí. Existen algunos cultivos que dan fruto enseguida y ello nos llena de satisfacción. ¿Pero y si no es así? No podemos sentarnos y esperar a ver crecer lo que tardará en hacerlo. Debemos tener paciencia como la planta.
    "Eso es lo que le ocurre al bambú. Desde que siembras su semilla hasta que empieza a brotar la planta transcurren siete años, con lo cual crees que has perdido el tiempo y que tu trabajo ha sido en vano. Perseverancia... la planta es tan fuerte y resistente que necesita ese tiempo para elaborar las raíces que la harán crecer y sostenerse. Y no tiene prisa en nacer, no, claro que no, pero cuando lo haga crecerá de una forma extraordinaria.
    "Después de siete años el bambú nacerá y a lo largo de seis semanas alcanzará una altura de treinta metros, suficientes para superar a cualquier otro árbol que pretenda hacerle sombra.
    "Vuestra impaciencia es vuestro fracaso. Deseáis resultados a corto plazo y no comprendéis que debéis esperar a que los acontecimientos se produzcan y desarrollen. Mirad hacia el futuro y observad: las decisiones que toméis dependerán de ello. Y no intentéis forzar los acontecimientos, pues éstos se volverán contra vosotros.
    "Preveo un conflicto muy largo. La guerra no terminará pronto. Ninguno de nosotros veremos su final. Únicamente podéis conseguir que las cosas mejoren y luchar para que la Paz llegue pronto. Vuestra lucha será sólo un grano de arena en el Tiempo. Pero lo que hagáis a partir de este momento contribuirá a hacer crecer las raíces de un entendimiento entre hermanos que pondrá fin a esta disputa.
    "Sed, pues, como el bambú, pacientes y perseverantes. No busquéis el triunfo tan pronto, aún no es posible. Buscad a vuestras mujeres y dadle sosiego a vuestro pueblo. Lo demás vendrá por sí solo, es cuestión de saber esperar..."




El anciano sacerdote suspiró y una sonrisa de satisfacción asomó a sus labios. El mensaje transmitido había calado muy hondo en la mente de los guerreros, lo supo por sus caras de asombro y sus ojos fijos en puntos distantes, sin ver nada, sólo permitiendo que las palabras pronunciadas fueran creciendo en sus corazones como las raíces del bambú. El triunfo, el final, aún tardaría cien años en llegar, pero sólo el sabio Gaman lo sabía. Aquellos hombres necesitaban ayuda porque jamás contemplarían el resultado de la guerra. Sin embargo, su intervención resultaba necesaria. El pesimismo debía ser erradicado con fuerza para que continuaran luchando por un nuevo mundo en paz.


GAMAN  我慢 : Paciencia, resistencia perseverante.
SENSEI  先生 : Maestro, profesor.

Nota de la autora: el cuento del bambú existe en realidad y no es invención mía, únicamente me he tomado la licencia de adaptarlo a la novela. Buscando documentación encontré este relato en una página de "cuentoterapia" administrada desde Chile por Pauly López. Dejo aquí el enlace: "Cuentoterapia... un cuento para el alma". Gracias, Pauly.

Haiku:
Yosa Buson (1715-1783). Traducción de José María Bermejo.

Este relato es propiedad de su autora y está protegido.

lunes, 24 de enero de 2011

RAN. Capítulo XXXIX. "KODOKU" : 孤独. La Eterna Soledad



Nomi domo mo
Yo-naga darô zo
Sabishikaro

Pulgas, tendréis
También larga la noche
¡Y soledad!




La diversión crecía por momentos en el pequeño lago. Las risas se desparramaban por los rincones, entre las flores y los arbustos, haciendo vibrar las pequeñas hojas brillantes por el sol de un día caluroso que prometía serlo aún más. Las mujeres estaban siendo observadas por los soldados de Uesugi, los cuales parecían tigres dispuestos a saltar sobre sus indefensas presas. Bara sintió sobre su espalda una mirada penetrante y su instinto la advirtió de una amenaza inminente. En el mismo instante en que Hoshi lanzaba un grito de espanto, Bara interceptó el brazo del soldado que pretendía tomarla por el cuello, giró sobre sí misma y lo derribó a pesar de ser mucho más alto que ella. Todas se reagruparon en un intento de defensa común mientras La Rosa de Kyoto adoptaba una posición de ataque. La antigua guerrera ocupaba ahora su mente mientras recordaba las técnicas de la lucha cuerpo a cuerpo que le fueron enseñadas desde niña. Hanako se interpuso entre Hoshi y los soldados y cerró los ojos dispuesta a defender también a las mujeres. Las concubinas del shogún eran adiestradas como soldados, con el cuerpo y la espada. No tenían nada que temer y ansiaban la lucha como leonas, preparadas para defender sus vidas, su territorio y su señor. Los soldadados esbozaron una mueca de satisfacción previendo la excitación de aquel enfrentamiento, sin contar con la furia encendida en los ojos de las mujeres.
Los hombres cargaron con un grito de guerra y atacaron queriendo tomar por la fuerza lo que las mujeres les hubieran negado de haberlas preguntado. Bara detuvo el golpe dirigido a su cara y respondió con una patada en el estómago del samurái que lo hizo doblarse en dos. Hanako rechazó al hombre que intentó cogerla por la cintura, tirándose al suelo y provocando la caída de aquel gigante con una certera patada en sus partes más débiles. Se puso en pie rápidamente para iniciar una nueva estrategia de defensa cuando una potente voz hizo que todos detuvieran sus movimientos.

-Alto!, Basta ya, insensatos.- El señor Uesugi Akisada irrumpió en el lago e hizo bajar a sus hombres la mirada con el sonido de su voz. -¿Qué significa todo esto? Estas mujeres son nuestras invitadas y debéis respetarlas. me averguenzo de vosotros, insensatos. -El señor del clan los miraba con una furia incontrolada-. Váis a respetar el honor de esta familia, y el que quiera una mujer que solicite los servicios de alguna abazure.
 Los soldados se miraron los unos a los otros, avergonzados hasta el límite. Lo que menos deseaban era fallarle a su señor.
-Marcháos y dejad en paz a las mujeres, o probaréis en vuestros cuerpos la ira de Uesugi. ¡Fuera de aquí!,- bramó el guerrero.
Los soldados se apresuraron a abandonar el recinto cabizbajos y abatidos. Desobedecer las órdenes de Uesugi Akisada podía significar la muerte inmediata. Hanako miró con intensidad al señor. Toda la culpa la tenía él, por secuestrarlas, por separarlas de aquellos a quienes amaban. Akisada interpretó la mirada de la Flor de Oriente como un desafío, y sonrió. La fierecilla le gustaba mucho y pretendía domarla hasta lograr su total y completa rendición. La saludó con una inclinación de cabeza y desapareció tan rápidamente como había llegado.




La desdicha ocupaba los corazones de Takeshi y los demás. El camino se les hacía más difícil a cada paso que daban, llenos sus pensamientos de malos presagios y de preocupación por las mujeres. Aunque sabían de su capacidad para defenderse, ello no les servía para encontrar la calma que necesitaban.
Decidieron hacer un alto en el camino y descansar. Sus pasos les condujeron al Templo Kodoku, el de la Eterna Soledad, donde un viejo sacerdote, Gaman, cuidaba del sagrado recinto. Taro se aproximó al anciano que salió a recibirlos y le hizo una profunda reverencia. Gaman asintió con la cabeza e invitó al grupo a pasar hacia el interior de la estancia. Lo siguieron deseando descansar y compartir sus preocupaciones con él. Era un hombre sabio y querían respuestas que sólo un hombre como Gaman podría darles.

Gaman tomó al gobernador del brazo y lo invitó a sentarse en uno de los grandes cojines que rodeaban una larga mesa. Los demás se sentaron alrededor. El anciano se dirigió al altar para encender varitas delgadas de incienso que agradaran a los dioses. Se inclinó ante las figuras que rodeaban la parte más sagrada del templo y se volvió hacia los hombres que aguardaban expectantes.

KODOKU  孤独 : Soledad.
ABAZURE  阿婆擦れ : Perra, zorra, puta.
GAMAN  我慢 : Resistencia perseverante, paciencia.

Haiku:
Kobayashi Issa (1763-1827). Traducción de Fernando Rodríguez-Izquierdo.

Este relato es propiedad de su autora y está protegido.

miércoles, 12 de enero de 2011

RAN. Capítulo XXXVIII "DAMARU" 黙る. El Sonido del Silencio



Sando naite
Kikoezo narinu
Shika no koe

El ciervo brama
Tres veces, en la lluvia
Después, silencio

Las horas transcurrían lentas y el sol estaba a punto de asomarse en el horizonte. Los hombres no podían dar crédito a lo sucedido. Liberaron a los soldados que permanecían maniatados y Haruki, el comandante, explicó con voz atropellada lo que había sucedido. Takeshi estaba desolado...recordaba los últimos besos de Hanako, su aroma, la última vez que se entregó a él como un huracán que invadió y arrasó su corazón. Las últimas caricias las llevaba clavadas en su pensamiento, porque aún sentía el tacto de seda de su piel. Si no pudiera volver a verla moriría de pena, anclado en su perfume, sin poder despertar del sueño que representaban sus miradas tan prometedoras.
No entendía cómo un nuevo revés le arrebataba a su flor...el señor Uesugi Akisada pagaría por el atrevimiento de quitarle lo que más amaba.
Taro no dejaba de lamentarse. Su preciosa estrella no estaba, no podía ver su brillo y se encontraba perdido sin su luz. Mirase hacia donde mirase todo se hallaba a oscuras, todo...
Nakamura no levantaba la cabeza del suelo. La Rosa de Kyoto, su mujer, se había ido y no podía pensar en la posibilidad de haberla perdido por segunda vez. Ni tan siquiera recordaba si alguna vez le dijo lo mucho que la quería. Su corazón le decía que nunca lo hizo y la tristeza no solo lo hizo prisionero de la angustia, sino también del temor.
Un silencio intenso se apoderó del campamento, dejando a todos los hombres sumidos en oscuros pensamientos, analizado emociones y sentimientos, pensando deprisa una nueva estrategia para combatir a un nuevo enemigo.

Kasumi sonreía. Este nuevo revés para sus adversarios podía ser aprovechado para escapar. Pero debía hacerlo solo. El general Kazahaya se había convertido en un lastre difícil de arrastrar y debía abandonarlo a su suerte. El típico comportamiento de un cobarde, pero ya todo le daba igual; debía salvar su pellejo fuera como fuera, pues apreciaba mucho su cabeza como para permitir que la separaran de su cuerpo. Esperaría la mejor oportunidad que se presentara: los hombres se hallaban en un estado confuso y dolidos en lo más profundo de sus corazones.

A Hanako le dolía todo el cuerpo por la larga cabalgata. Uesugi las condujo a territorio del clan. Vastos campos de arroz se extendían hasta donde la vista podía alcanzar, surcados de pequeñas figuras afanándose en su labor de recolectación antes de que la oscuridad hiciera acto de presencia.
Las mujeres fueron obligadas a descabalgar y conducidas al palacio Uesugi, una estancia maravillosa que sobrecogió a las prisioneras por su grandeza y luminosidad. Las sirvientas aparecieron como si hubieran sido convocadas silenciosamente y les ofrecieron con suaves gestos que las siguieran a través de un gran pasillo adornado con infinidad de figuras que representaban a los Kami, los dioses sintoístas. Las mujeres así lo hicieron y pronto llegaron a una amplia estancia con un jardín interior hermoso, plagado de sakuras en flor y buganvilias, con un pequeño lago en uno de sus rincones donde se bañaban y jugueteaban las mujeres del clan.



Las mujeres se miraron las unas a las otras compartiendo un mismo deseo: poder relajarse en esas aguas tranquilas y asearse debidamente hasta arrancarse el polvo del camino que llevaban acumulado en sus cuerpos. Como si las sirvientas adivinaran sus pensamientos, las invitaron a desnudarse tirando de los obi de sus kimonos, arrastrándolas entre risas a participar en los juegos que se desarrollaban en el lago. Hanako recordó durante unos pocos segundos la pasión compartida con Takeshi en el lago Mizûmi, el tsunami que provocaron sus cuerpos amándose, y se ruborizó al pensar en lo atrevida que había sido; pero no pudo reprimir una sonrisa de satisfacción al pensar en el placer que se dieron el uno al otro, y el amor que se entregaron. Sus pensamientos fueron interrumpidos por la voz de Hoshi y por un repentino salpicón de agua fría que la hizo dejar su ensoñación.

-Vamos, Hanako, ¡el agua está deliciosa!
-Venga, ven ya de una vez,- replicó Bara.
-Ya voy, ya voy, sois una pesadilla, amigas mías. -Hanako se sumergió en el agua y abrió sus manos para enviarles a empujones cascadas de agua que las hicieron cerrar los ojos y apartar las caras.
Las risas se contagiaron entre todas las mujeres y los juegos continuaron durante mucho tiempo.
Hanako se retiró hacia uno de los rincones del lago. No podía dejar de pensar en las horas de amor con Takeshi. Y se sintió tremendamente abatida.


DAMARU  黙る :  Quedarse en silencio, callarse.
SAKURA : Cerezo.
OBI : Cinturón del kimono.

Haiku:
Takahama Kyoshi (1874-1959). Traducción de José María Bermejo.

martes, 30 de noviembre de 2010

RAN. Capítulo XXXVII "HÔGAKU" 法学 La Ley de los Hombres


Inu o utsu
Ishi no sate nashi
Fuyu no tsuki

Ni una mala piedra
Que tirarle al perro
Luna de invierno


Hasta los árboles
Sienten vergüenza
En Nagasaki



Los hombres miraron a Hosokawa asombrados y después se miraron los unos a los otros. Realmente no esperaban que las cosas resultaran tan fáciles, muy al contrario. Todos estaban convencidos de que serían necesarias largas conversaciones para llegar a un acuerdo, y sin embargo, el traidor les era entregado sin mas. Mudas preguntas se adivinaban en los ojos de los hombres de Ashikaga. El traidor había servido al señor Hosokawa y esperaban una resistencia a la entrega, así que no podían dar crédito a las palabras del guerrero. Hosokawa percibió la inquietud y el asombro y se dirigió al gobernador del país.
-Señor, el traidor es vuestro -empezó a explicar con una inclinación de cabeza en señal de respeto-. No os asombréis de mi decisión, no es producto del instante, sino que ha sido largamente meditada. No deseo tener más tratos con Kasumi, mi sentido del honor me lo impide y la deslealtad a un clan debe ser castigada.
Raion, Taro, Nakamura y Takeshi aguardaban impacientes la respuesta del shogún.
-Hosokawa, no dudo de que tu sentido del honor es muy elevado y así lo siento pese a haberte enfrentado a mí, a Yanama, y a todos los clanes importantes del país -ambos hombres sostuvieron firmemente sus miradas, desafiándose-. No tengo más remedio, y es mi obligación, que llevarme al Hijo de la Niebla y someterlo a la Ley de los hombres en un juicio justo. Después, que comparezca ante la Ley de los dioses.
-Sea, es su destino. Marchaos y cumplid con la justicia. Tenemos una guerra que continuar.
Ashikaga respondió con otra inclinación de cabeza en señal de respeto como la que Hosokawa le había regalado anteriormente.
-Espero que no por mucho tiempo.
Salió de la habitación encaminando sus pasos hacia el exterior de la Casa de la Paz Eterna seguido de sus hombres.

En el campamento las mujeres acabaron de celebrar la ceremonia shintoísta con gran alegría. Sus muertos descansarían en paz, alumbrados por el camino a Eien, la Eternidad, que ellas les habían construído con sus oraciones. La vida continuaba, un poco más triste por los que se fueron y esa tristeza era también por ellas mismas, que jamás volverían a ver los rostros de los amigos queridos; el viejo general Kazuo, los valientes Hiroshi y Tetsu, caídos en la primera batalla...todos serían recordados y venerados como nuevos dioses en el olimpo de los Kami. Tan abstraídas estaban en sus pensamientos que fueron tomadas por sorpresa por una avanzada del clan Uesugi, un clan independiente a los demás pero contrario al shogún. Akisada, su líder, reconoció al instante a La Flor de Oriente, la concubina del gobernador, y una ligera e irónica sonrisa asomó a su rostro. Quizás, si la llevaba consigo podría adquirir alguna ventaja en su posición frente a los demás clanes. El shogún daría su vida por ella, estaba convencido. Los hombres del clan rodearon en un instante a las mujeres y a los hombres que las protegían, en un círculo cerrado que les impedía toda escapatoria. Hanako estaba asustada y se aproximó en un abrazo protector a Bara y Hoshi. Parecía que la mala fortuna las acompañaría siempre, no dejándolas ni un respiro. Los soldados fueron maniatados y dejados a su suerte, mientras que las mujeres fueron obligadas a montar a los caballos, cada una con un soldado del clan, para tenerlas bajo control. Akisada se enfrentó a la mirada retadora de Hanako y se acercó a la mujer. Levantó su mano y acarició su cara..."hermosa", pensó, mientras la Flor se apartaba de su mano con un movimiento brusco de cabeza. El señor Uesugi lanzó una sonora carcajada...sería muy interesante compartir viaje con aquella brava muchacha.






Takeshi observaba a Kasumi a lomos de su montura. El hombre no levantaba la mirada del cuello del animal. Sufría por su destino, estaba seguro de ello. Su general, Kazahaya, no dejaba de gimotear. Menudos hombres ruines con quienes debían cargar y a quienes debían juzgar. Sintió la mirada de Taro y giró la cabeza para saber lo que le quería transmitir. Los ojos rasgados del general eran dos oscuras líneas que apenas se dejaban asomar por debajo del kabuto, pero Takeshi comprendió y asintió con la cabeza. Aquello era necesario, no podían permitir que esos hombres desleales camparan a sus anchas sin recibir un justo castigo a su traición. Lo único que podían hacer era juzgarlos y darles la oportunidad de arrepentirse, aunque fueran condenados a muerte. La reconciliación con el clan les estaría permitida, pero no así seguir viviendo. La decisión estaba tomada, aunque no por ello Takeshi se sentía a gusto.
Sus pensamientos le hicieron olvidar que ya estaban próximos al campamento donde dejaron a las mujeres, cuando un extraño presentimiento asaltó su mente. La Flor...no se encontraba allí, no podía percibir su aroma. Taro y Nakamura lo miraron con un brillo de alerta en sus ojos, algo no encajaba en el campamento. Ashikaga dio la vuelta a su caballo y se enfrentó a sus hombres...
-Las mujeres han desaparecido...por todos los Kami...



HÔGAKU  法学 : Ley.
EIEN : Eternidad.
KAMI : Dioses shintoístas.
UESUGI :  (上杉氏 Uesugi-shi) fue un clan samurai japonés descendiente del clan Fujiwara y especialmente destacado por el poder que tuvieron sus miembros durante los períodos Muromachi y Sengoku (aproximadamadamente durante los siglos XIV al XVII).
KABUTO : Casco protector.


Haikus:
Tan Taigi (1709-1771). Traducción de Vicente Haya.
Carma Carpentero. Haikus para Maiko III.

Este relato es propiedad de su autora y está protegido.

jueves, 18 de noviembre de 2010

RAN. Capítulo XXXVI. "TAIFÛ" 台風 El Ojo del Tifón.




Mikazuki no
Hikari o chirasu
Nowaki kana

Barre la luz
De la luna creciente
El vendaval


Doblan su tallo
Los capullos marchitos
Bajo la nieve






Las noches transcurrían silenciosas, al igual que los días. Los hombres de Ashikaga decidieron atravesar los territorios de Hosokawa, junto a Raion Kenji, el cual deseaba poner fin a la lucha que destrozaba a su pueblo buscando al traidor, buscando un final digno, cansado de esperar  a que los acontecimientos decidieran por él y por su pueblo. Las cosas se ponían difíciles. Atravesar territorio hostil les enfrentaría a un reto sobrehumano: no podían prever qué pensaba el enemigo, ni cómo actuaría, pero era necesario llegar hasta él. Al esfuerzo mental se añadía el esfuerzo por superar al tifón que empezaba a asolar al país; nadie esperaba un nuevo enemigo proveniente de la Naturaleza, un inesperado adversario que rugía con fuerza, arrasando todo cuanto se hallaba en su camino, dificultando el tránsito por el bosque. Una tormenta salvaje que amenazaba con destruir hasta sus más firmes convicciones atrapaba a todo ser viviente hasta aniquilar su esencia, arrastrando todo a su paso.
Los hombres soportaban la furia del viento, temblando bajo sus armaduras, entrecerrando los ojos bajo el azote del violento temporal
El León observaba con ojos entrecerrados por el frío a sus hombres. Sentía admiración por ellos y por los hombres del gobernador. Juntos podrían terminar con aquella salvaje guerra civil que estaba diezmando a la población y dejaba que el caos y la miseria se instalaran en cada corazón del pueblo japonés. Sólo una cosa tenía en mente: dar caza al traidor Kasumi y restablecer el orden, deseando justicia y buscando un entendimiento entre los diferentes clanes...si ello fuera posible. Los deseos de poder de Yanama y Hosokawa dificultarían esa tarea, pero todo es posible si dos corazones buscan llegar a un acuerdo. Se subió aún más el cuello de su ropa interior para resguardarse del frío viento y dejó que su mente le guiara hacia tiempos más cálidos.

Una flecha furtiva que sobrepasó las cabezas clavándose en un árbol cercano,  provocó que la comitiva se detuviera en segundos. Todos miraban asustados en la dirección desde donde provenía el arma, los caballos alterados se movían en círculos, relichando y resoplando. Kamikaze, el caballo de Takeshi, se alzó sobre sus cuartos traseros pateando con furia el aire, deseando destrozar al atrevido que ponía en peligro sus vidas. Del espeso follaje del bosque aparecieron diez soldados con el emblema del clan Hosokawa.
El que parecía el líder del grupo se adelantó a los demás, la mano enfrentada en un saludo improvisado, intuyendo las intenciones de los recién llegados, esperándolos como si supieran que se acercarían a territorio enemigo.
-Saludos, gobernador, esperábamos vuestra llegada...
Ashikaga intercambió miradas de suspicacia con sus hombres, asombrado por el recibimiento.
-Saludos...¿cómo sabíais de nuestra llegada?
-Mi señor Hosokawa no es indiferente a los acontecimientos y...sabe qué andáis buscando.
-Pues llevádnos cuanto antes ante vuestro señor.
El líder inclinó la cabeza a modo de reconocimiento y con una sola mirada invitó al grupo a seguirlo. Pronto estuvieron ante la Casa de la La Paz Eterna, grande y resplandeciente, como el señor que la gobernaba. Un innumerable grupo de servidores salieron a recibir a los recien llegados, con amabilidad y respeto. Takeshi indicó a Taro que no dejara que le desprendieran de su katana, no fuera que la traición se escondiera tras aquellos muros. "Seguimos estando en territorio enemigo", le transmitió apoyando su mano en Jigoku, su fiel espada.
Kenji asintió también con la cabeza, advirtiendo que debían permanecer en alerta. Sus ojos absorvían ávidos todo cuanto acontecía en la fortaleza, y más allá de ella. Los soldados vigilantes, las armas de que disponían, el número de hombres y mujeres que vivían y se relacionaban...todo era asimilado como información, hasta el más mínimo detalle.
Los hombres fueron conducidos hasta la entrada principal, donde se les indicó que abandonaran sus monturas. Kamikaze protestó y su dueño le susurró silencio, y que aguardara sus órdenes. El animal piafó y asintió con la cabeza. Desde luego que esperaría, Takeshi estaba seguro de ello.



Ashikaga y los demás hombres esperaban nerviosos en el gran salón de la casa Hosokawa. Raion, El León, era el más escéptico de ellos...no esperaba tanta cordialidad, a no ser que realmente Hosokawa tuviera un objetivo respetable, como entregar al traidor Kasumi. Lo que no suponían era que, a pocos metros del salón, se desarrollaba otra conversación de la que no tenían ningún conocimiento pero de la que formaban parte indispensable.

Hosokawa se hallaba en estado de trance...en su corazón hervía una furia tan intensa como la del tifón que azotaba las costas del país. Su rostro sin embargo, era una máscara de calma, como la que reina en el ojo del gran ciclón. El traidor se encontraba a dos pasos de él y sentía ganas de extraer su sable, borrar la estúpida sonrisa que se reflejaba en su boca y librar al mundo de una alimaña como aquella. Lo miró fijamente a los ojos, en silencio, esperando que hablara primero, reservándose el poder que se adueña de quien calla, creando un clima de intranquilidad en el contrincante que no sabe por donde empezar ni cómo convencer. Kasumi empezaba a sentirse incómodo, intranquilo; a pesar de su sonrisa planificada para demostrar que no sentía miedo, sí lo tenía, mucho miedo. Buscó al general Kazahaya para tranquilizarse y recuperar fuerzas, pero su compañero demostraba sentir pánico, reflejado en el temblor incontrolado de sus labios. No resultaba ser buena idea haber ido al encuentro del gran señor, ahora se daba cuenta pero era ya tarde para arrepentirse. Aspiró profundamente y decidió hablar.
-Mi señor, gran Hosokawa, acudo a tí para poner de nuevo mi espada a tu servicio -el daimyo lo observaba sin mover un solo músculo.- Señor, ya sé que en el pasado cometí muchos errores pero os he servido bien y deseo volver a hacerlo. Mi lucha es la vuestra.
El responsable de uno de los clanes más poderosos del Imperio continuaba imperturbable. El traidor pensaba deprisa, nervioso por el estado de tranquilidad en el que se hallaba el guerrero. Deseaba encontrar el argumento que convenciera al señor, pero las dudas empezaron a surgir de nuevo.
-Señor, por los dioses que rigen nuestro país, os soy totalmente sincero y sobre todo leal a...
-¡Basta! -estalló Hosokawa-, no tienes ni idea de lo que significa el término "lealtad" -Kazahaya temblaba incontroladamente, deseando tener en sus manos una buena garrafa de sake-. No solo eres un traidor a tu clan, sino que además tienes la desfachatez de volver a presentarte ante mí. Es cierto que me serviste en una ocasión, y una vez comprobado hasta dónde eres capaz de llegar, no quiero volver a tenerte entre mis hombres. Si fuiste capaz de vender a los tuyos, con más razón me venderás a mí también algún día.
Kasumi bajó la mirada aterrado...se había metido en la boca del lobo y ahora no encontraba la forma de salir de esa maldita situación. Intentó convencer al daimyo una vez más.
-Señor, os lo suplico, juraré lealtad por lo más sagrado, haré lo que me pidáis, dadme un período de prueba.
-No tientes más a la suerte, la diosa Un hace tiempo que te abandonó y yo voy a hacer lo mismo, entregándote a tu clan.
Kazahaya cayó al suelo de rodillas, incapaz de detener las lágrimas que resbalaban por sus mejillas. Sabía que aquello significaba la muerte y no la deseaba, de ninguna forma. El Hijo de la Niebla se arrodilló también y continuó suplicando. Pero Hosokawa ya no le escuchaba. Con paso firme se dirigió hacia la gran puerta que separaba la habitación del gran salón y dijo a los hombres que allí esperaban:
-Señores...el traidor es vuestro.



TAIFÛ  台風 : Tifón.
UN : Suerte (buena o mala fortuna).

Haikus:
Natsume Seibi (1748-1826). Traducción de José María Bermejo.
"Doblan su tallo". Mercedes Pérez -Kotori-. El reflejo de Uzume.

Este relato es propiedad de su autora y está protegido.