O-KAERI NASAI

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miércoles, 31 de julio de 2013

ROKUROKUBI





Nunca entendí por qué yo debía saber cuándo y cómo debía morir. Me dijo una anciana adivina que todo se debía al año de mi nacimiento: el de la serpiente según el calendario chino, pero yo nunca he creído en adivinos, ni en horóscopos, mucho menos en el destino ni en que las cosas están escritas de antemano. Siempre me asaltaron dudas sobre mi futuro, pero nunca imaginé que llegaría a convertirme en yôkai, un ser de otro mundo sin alma ni esperanza, avanzando sola entre tinieblas, siendo temida por todos los humanos en las frías y oscuras noches de invierno.

    Mi nombre es Roku y esta es mi historia…

     La vida me sonreía de forma magnífica. Me casé con el amor de mi vida y tuve dos hijos maravillosos con él. Conocí a mi esposo a los catorce años y me enamoré por su forma de hablar, sus detalles y su profundo interés hacia mis cosas. Yo era profesora en la escuela de primaria de Iburi, perteneciente a la prefectura de Hokkaidô y mis días transcurrían felices, un tanto monótonos a veces, pero resultaba ser una rutina cómoda y agradable. Todos los días, al salir de la escuela, me dirigía al mercado con el objetivo de comprar las cosas necesarias para el sustento de mi familia. Otra rutina más que satisfacía mis ansias de llevar una vida plena y feliz al lado de los míos. Siempre me he sentido muy insegura con respecto al amor que los demás pudieran sentir por mí: dudaba de ese cariño que las personas más queridas me ofrecían a manos llenas, y a veces incluso pensaba que no era más que caridad o mucha generosidad por su parte el hecho de que me quisieran tanto. Por ello creo que la conversación que escuché sin querer en el mercado aquella fría tarde de noviembre, fue el desencadenante de todas mis desgracias futuras.

     Recuerdo que las clases duraron un poco más de lo habitual, debido a las insistentes e interesantes preguntas de los alumnos que yo ni me atrevía ni deseaba interrumpir. Me resultaba estimulante comprobar hasta qué punto mis palabras eran escuchadas y ver cómo despertaban curiosidad por saber más cosas. Cuando los ánimos se fueron templando y las curiosidades iban obteniendo respuestas, saqué fuerzas para dar por terminada la clase, recoger mis cosas y dirigirme al mercado. Todas las paradas y puestos se hallaban como siempre: llenos de género vivo y multicolor, llamando la atención de los compradores y destilando en mí una sensación de cercanía y familiaridad. Saludé a todos los tenderos a los que siempre adquiría productos mientras observaba el ir y venir de gente negociando y a veces hasta regateando los precios de aquello que deseaban, con el objeto de conseguir una buena oferta que no mermara mucho sus bolsillos. La tarde estaba resultando espléndida, y cuánto más relajada me hallaba observando y escuchando, más pronto llegó a mis oídos una conversación que jamás debería haberme sido revelada. 

    −Pues sí, el día siete es su cumpleaños. Deberíamos comprarle un regalo, sabes que va a desvivirse por complacer a todos sus amigos.
     −Esa tonta, si ella supiera…

     Mis oídos se abrieron aún más, si es posible que los oídos se abran de alguna forma. Yo cumplía años ese día, faltaban tan solo unas pocas horas y precisamente me encontraba buscando los ingredientes necesarios para realizar los pasteles tradicionales que mi abuela elaboraba en todos mis cumpleaños. Conocía a las dos mujeres que mantenían aquella inquietante conversación y las había invitado a mi casa. ¿De quién estaban hablando? Mi interés creció y mi mente intentó concentrarse para captar hasta el más mínimo detalle del diálogo que se desarrollaba a poca distancia.

    −Pero no lo sabe, y así debe continuar. Ella es feliz de este modo, ignorando la verdad.
    −Oh, vamos. Debería saberlo. Todas las mujeres tienen que conocer cuándo sus maridos las engañan. 

    Mis manos se helaron en ese instante y la cartera que llevaba se deslizó rozando suavemente mis dedos. Cayó con rapidez y emitió un ruido sordo al chocar contra el suelo, pero a mí me pareció la caída de una pluma que se alargaba en el tiempo, hasta el infinito. No podía creer lo que estaba escuchando, pero al mismo tiempo sabía que era cierto. Nadie me había amado nunca, ni siquiera mis padres al nacer, estaba convencida de ello. Todos los momentos amorosos de mi pasado desfilaron por delante de mis ojos y me parecieron falsos y absolutamente repugnantes. Creo que mi cordura sufrió un serio revés en ese instante y ya no pude ver nada más que la locura rigiendo el futuro hasta que dejara de existir. Aunque me esforzaba por razonar, no podía hacerlo. Amaba profundamente a mi marido y sin embargo él me había traicionado. La sinrazón se apoderó de mí y supe que muy pronto moriría y cómo debía hacerlo: la decisión estaba tomada. El fantasma de los celos se adueñaba de mi corazón herido y, aunque el mismo diablo me ofreciera el cielo para hacerme cambiar de opinión, no hubiera podido convencerme, pues ya me encontraba viviendo en el infierno por toda la eternidad.

    Anduve por las calles sin decidirme a llegar a casa. Los ojos anegados en lágrimas no me permitían ver los desniveles del suelo e iba tropezando con todos los adoquines que sobresalían del resto. Mi mente febril no dejaba de dar vueltas sobre la conversación escuchada unas horas antes y no entiendo por qué no me daba a mí misma motivos para dudar de que aquello que escuché fuera cierto en realidad. La seguridad con la que sabía que mi marido me engañaba era más fuerte que las dudas y excusas que indicaran lo contrario y, por mucho que me esforzara, no lograba encontrar ninguna de las dos cosas.

     Ahora entendía lo que antes me resultaba incomprensible y empezaba a verlo todo claro: las noches en que llegaba tarde a casa sin justificación alguna y oliendo a algo extraño que no podía identificar. No era perfume, era un olor de culpabilidad amargo y siniestro que invadía mis fosas nasales y no lograba apartar de mí durante esa noche en la que no podía conciliar el sueño. Sentí deseos de ahogar a mi marido con mis propias manos, pero soy una mujer delgada y mis fuerzas apenas alcanzan a abrir una simple botella de agua.

    Me encontré sin saber cómo frente a la puerta de la casa donde vivía, un refugio para mi soledad en el que creí sentirme acompañada, o al menos eso había pensado hasta ahora. Fui hasta la cocina y tomé el cuchillo más grande que pude encontrar. Subí hasta mi habitación y me estiré en la cama que compartía con mi esposo esperando el sueño que no tardó en alcanzarme, un sueño profundo que me permitiría reflexionar o atarme aún más a la locura que ya había nacido en mí.

     Soñé que mi cuerpo levitaba y pronto me vi en un desierto helado atrapado entre montañas. Mama Aiko, mi abuela, me esperaba sentada sobre la nieve sin sentir el frío que penetraba en las entrañas. Supongo que el motivo de la falta de sensibilidad era que ella nunca fue como las demás mujeres de la tribu ainu que habitaban aquellas tierras. Me miró y pude sentir cómo acariciaba mi cara aunque estuviese lejos y me susurraba al oído: «la tortura terminará cuando abandones el mundo de los vivos y acudas al poder de las tinieblas». Su mano continuó acariciándome suavemente y se deslizó por mi cuello hasta introducirse dentro de mis ropas. Mi piel se erizó al contacto y un escalofrío se propagó desde el cuero cabelludo hasta los dedos de mis pies. «Mama Aiko, ¿qué debo hacer?». Las palabras resonaron en mi cerebro sin que llegaran a salir por la boca, buscando respuestas a mi desconsuelo. Aiko no tardó en responder: «abandona este mundo y vuelve desde el infierno para poner las cosas en su lugar. No puedes permitir la traición ni dejar que te humillen frente a los demás. Tu dignidad está por encima de todo… de todo». Me alejé de ella aún más, no soportaba su voz ni su aliento tan cerca de mi rostro a pesar de la distancia, afrutado y amargo, como si hubiera estado bebiendo vino. Sentí una embriaguez que anulaba todos mis otros sentidos y deseé huir y volver a casa.

     Desperté sobresaltada y aturdida, con el sabor amargo del aliento de mi abuela en la boca. Supe lo que debía hacer, así que me incorporé y fui a buscar un cordel de los que utilizaba para atar los paquetes que enviaba por correo. Me até los pies con un doble nudo muy fuerte para que en el momento de la agonía no se separasen mis piernas dejando mi cuerpo en una postura indecorosa. Recé a los dioses de mi familia y les supliqué que protegieran a mis hijos, lo único que yo amaba en esos instantes, soportando la pena de tener que abandonarlos por unas ansias de venganza infinitas. Me arrodillé en el suelo y miré el cuchillo de cocina que permanecía enredado entre las sábanas, reluciente, afilado: sería el último amante que besaría mi cuello. Hice un último esfuerzo y estiré la mano para tomarlo. No me temblaba el pulso. Lo agarré con fuerza y aproximé el filo cortante a la yugular.

    La hoja se deslizó por la piel produciendo un suave siseo que a mí me pareció el susurro de la muerte llamándome por mi nombre. «Voy a tu encuentro, ya voy, amiga», pensé, sabiendo que podía escuchar mis pensamientos. La sangre empezó a brotar en un intermitente chorro, salpicando las paredes e inundando el suelo, y mi cuerpo comenzó a convulsionarse. Los pies atados impidieron el descontrol de mis extremidades y caí hacia adelante, ahogándome en los borbotones del manantial de fluido que escapaba por el corte de mi garganta.

     Imágenes de mi esposo amándome en nuestro lecho fueron lo último que vi antes de morir.

     Desperté de pronto. La luz del sol golpeaba mi cara con fuerza, el sudor bañaba todo mi cuerpo y mi esposo se hallaba a mi lado. Todo había sido un sueño… un estúpido y muy real sueño, desde el principio hasta el final: el mercado, la conversación, el encuentro con mi abuela… mi muerte. Sonreí y deslicé mi mano bajo la sábana para tocar el cuerpo que yacía a mi lado. Estaba frío, muy frío, y no se movió cuando lo zarandeé y grité su nombre. Me asusté y aparté las sábanas dejando al descubierto el rostro amoratado de mi esposo, esa cara que tanto había amado y los labios azules que tantas veces besé. Lloré por él, pero sobre todo por mí porque ya no volvería a tenerle entre mis brazos, suspirando, jadeando contra mi boca. Por otra parte, una extraña sensación de alivio y bienestar se apoderó de mí provocándome una nueva sonrisa y, con el alma llena de satisfacción por el deber cumplido, empecé a recordar lo que sucedió la noche anterior.

     Mientras me ahogaba en mi propia sangre, la muerte se aproximó a mí portando en sus manos las llaves del inframundo. Lo supe porque ella me dijo que le habían encomendado la misión de acompañar a mi alma hacia ese lugar. No merecía el cielo, pues mi muerte era indigna, ya que no trataba de reparar mi honor sino de vengar el sentimiento de pérdida que la infidelidad de mi esposo había provocado. Yo deseaba esa venganza y sólo el infierno podía ayudarme.

    Traspasé las puertas junto a mi compañera y fui recibida con honores. Un ejército de demonios espeluznantes besaba mis pies dejándolos llenos de una sustancia viscosa que permitía deslizarme de forma suave y ligera sobre la superficie de fuego que cubría el suelo. Ya era una de ellos. El Señor de las Tinieblas me otorgó su protección e hizo de mí un ser maligno con poder para destruir lo que más amaba.

    Me bautizaron con el nombre de Rokurokubi y me enviaron de vuelta al mundo de los vivos, con apariencia mortal para culminar mi venganza. Esa misma noche abracé a mi esposo y provoqué su deseo, lo hice cabalgar sobre mí y yo lo monté a él. En el momento del clímax mi cuello comenzó a alargarse adoptando la forma de una serpiente, larga y sinuosa, alzándose sobre los dos. Pobre idiota, cómo me miraba aterrorizado mientras mi cuello rodeaba, abrazaba y apretaba su cuerpo sudoroso. El color abandonó su rostro, los ojos salían de sus órbitas, y yo reía como hacía tiempo, cuando nuestro amor no había sido aún mancillado por la traición. Poco a poco dejó de respirar y reclinó su cabeza contra mi pecho. La alegría de verlo muerto suscitó una reacción en mi cuerpo difícil de olvidar: tuve el mejor orgasmo de mi vida y temblé de pies a cabeza mientras mi cuello se retraía volviendo a darme una apariencia normal. Me deshice de su abrazo, lo estiré en el lecho y me acurruqué a su lado buscando el cuello para beber su sangre. Creí que al amanecer me sentiría plenamente satisfecha, e incluso pensé que podría comerme su cadáver.

    Ahora, a la luz del sol, me doy cuenta de que he elegido un destino incierto. No sé si deseo vivir por toda la eternidad y buscar hombres o mujeres para amarlos y saciar mi sed. Deberé vagar entre este mundo y el más allá sin descanso, matando, ahogando y mutilando a quien encuentre en mi camino.

     Bien pensado, no resultará una vida aburrida: tendré todo el tiempo del mundo para encontrar a alguien que me ame de verdad.

Carolina Márquez

Relato que forma parte de la antología 666 para Halloween 2012 de Paraíso4.com
(Podéis descargar la antología aquí: II Especial Halloween 666)

miércoles, 7 de marzo de 2012

Lai Kwan o la libertad de decidir





    Los ojos oscuros y rasgados de Lai Kwan se cerraron al sentir la suave caricia del hombre que yacía sobre ella.

    Su piel vibraba emocionada, brillante, receptiva y sensible a su tacto, a su mano resbalando por sus caderas, más suave que el tacto de la seda de sus qipao acariciando su cuerpo día tras día, siempre que no trataba de adaptarse a la moda occidental.
    Hong Kong sería libre algún día, al igual que ella lo sería también de la tiranía de aquel que ahora la retenía entre sus brazos, deseando huir, deseando permanecer en ellos. Sintió una mano audaz abriéndose camino a través de su cuerpo y sus sentimientos se cerraron al igual que sus ojos. La seda del vestido se rasgó en un murmullo lleno de sensualidad y calor extremo, extendiéndose sobre las sábanas del lecho compartido.

   Amaba a aquel hombre, no podía evitarlo, a pesar de su traición. Lo amaba...y ese amor la estaba consumiendo, la hacía morir cada vez que uno de sus dedos invadía su intimidad, cada vez que desgarraba la seda que la cubría hasta la garganta, dejando al descubierto no sólo sus pechos, sino también su corazón.

    Lai Kwan se enamoró, como miles de mujeres se enamoran todos los días, todas las horas y todos los minutos. Pero el hombre escogido fue el hombre equivocado. Desde el primer minuto en que fue consciente de sus sentimientos, sabía que ese amor no arribaría a puerto seguro, no al menos a Heung Kong, el nombre que los chinos daban al puerto de Aberdeen, y que los occidentales llamaban "El Puerto de las Fragancias".

    Lai recordó el altar que confeccionó en memoria de Tin-Hau, la diosa del mar, y a ella dirigió sus pensamientos:

    "Si yo permanezco, dame la capacidad de aceptar. Si yo muero, mueran sus sentimientos conmigo."

    Su petición a la diosa le pareció cargada de egoísmo, y quiso rectificar, quizás para hacer aún más daño, quién sabe, ni ella misma sabía lo que quería.

    "Madre Tin-Hau, madre...no permitas que vuelva a desear a ninguna otra mujer, no lo consientas, salvo que su corazón cambie, salvo que ofrezca la ternura que a mí no me supo entregar. Yo, he decidido poner mi vida a tu servicio y alejarme de la esclavitud a la que su amor me condena. Voy a ser libre, por fin..."

    El hombre levantó la cabeza de la almohada y percibió en la penumbra el rostro de Lai Kwan. Besó su boca con ansiedad y le prometió amor eterno, un amor en el que ni siquiera los dioses creían. Pero Lai sonreía, le habló y le invitó a compartir una fiesta de despedida en el Puerto de Las Fragancias.

    -¿Despedida?, ¿a dónde vas, querida?
    -Vuelvo a mi hogar, xiansheng.
    -Llévame contigo...
    -No, xiansheng, no es posible.
    -No quiero separarme de tí.
    -Yo sí, mi señor. Quiero verme libre de tí y lucir mis vestidos sin que sean después rasgados ni mancillados. Quiero ser respetada por mis pensamientos y mis ideas, y quiero comprobar que puedo bailar como el mar lo hace alrededor de los miles de juncos anclados en este puerto, deseando volver a recorrer las costas, hasta arribar a casa, a puerto seguro.
    -Lai, tú eres mía.
    -No soy de nadie, ni tan solo de la Madre Tin-Hau. Ella me permite escoger, tú no lo haces.

    La mirada de Lai se clavó en la del hombre mientras deslizaba sobre su cuerpo un inmaculado qipao blanco bordado con flores de otoño y lo acordonaba hasta el cuello mao que aprisionaba su alma hasta dejarla sin respiración.

    Un alma que hasta ese mismo instante no se sintió en libertad...


Qipao: Vestido tradicional chino.
Xiansheng: Tratamiento formal chino equivalente a "señor".

miércoles, 10 de marzo de 2010

AKUMA-CHÔ





Shirageshi ni
Hane mogu chô no
Katami kana

A una amapola
Deja sus alas una mariposa
Como recuerdo








Achiko se desprendió de su kimono fuyu, lentamente, deshojando su cuerpo de la seda, como una flor deja caer sus pétalos, sabiendo que la miraba el desconocido que la seguía desde hacía tres noches de luna llena, sin descanso y sin tregua, sin decirle una sola palabra, tan sólo ofreciéndole su mirada llena de un sentimiento que no lograba definir ni averiguar su causa.

Siguió con el ritual y acarició con sus finos dedos el cuello rojo de su ropa interior, símbolo de su madurez marcado por la ceremonia del Erikae, su paso a un mundo de esplendor en el que ahora sería mimada y respetada. Su shikomi  la ayudó a desprenderse del obi, susurrándole suaves palabras de admiración en el viejo dialecto de Kyoto, propio de la corte imperial, tan elegante y refinado que apenas podía entenderlo debido a sus humildes orígenes, aún debía enfrentarse a muchas horas de estudio.

Giró su blanco cuello marcado en "uve" por el oshiroi, el maquillaje de las artes y máscara para un rostro de porcelana, fino y joven, rasgando aún más sus oscuros ojos. Miró a través del espejo de la sombría habitación y volvió a verlo allí, quieto, el desconocido que la admiraba más allá del espacio que los separaba.


Se preguntó, como ya lo había hecho otras veces antes, quién sería ese hombre y qué era lo que buscaba en ella que tanto la miraba. Fijó sus ojos en los suyos y recordó, de pronto, una escena de su infancia.

-Achiko, a ver si puedes coger la pelota, va para tí!. Achiko se movió tímidamente, avergonzada.
-No puedo alcanzarla, ¡me da miedo!- respondió, sintiéndose aún peor de lo que ya se había sentido antes de comenzar el juego.
-Eres una foca, fea y gorda-, le recriminó con furia Miyako, la niña preciosa de cabellos largos y largas pestañas, pavoneándose frente a ella. -No puedes ir tras la pelota porque tu peso no te permite mover tus piernas, ay, por los kami, vete a casa y déjanos jugar de verdad, ¡esconde tu fea cara y no molestes más!

Achiko suspiró y retuvo una lágrima a duras penas, con gran esfuerzo. Respiró hondo y se dió la vuelta para regresar a su hogar, donde encontraría refugio para su tristeza. Pero antes de marcharse, percibió una mirada profunda atravesándole la espalda. Teika, su querido amigo la miraba con ojos oscuros y le mostró la palma de su mano. En ella, una retorcida y peluda oruga se agitaba buscando la liberación de la tierra firme.

Achiko miró perpleja a Teika, sus ojos rasgados preguntando el significado de aquella demostración.
Y Teika acercó la mano a su rostro y le habló:
-Achiko, tú eres como esta oruga, dicen que eres fea y gorda, como ella, pero sé también que cambiarás, que serás una bella mariposa, la mariposa del diablo, fuerte, ardiente, y yo estaré contigo, cuando llegue el momento. Véte, márchate y estudia, y algún día volveremos a vernos...

Achiko dejó de soñar con su pasado en el mismo instante en que sintió el frío traspasando la estancia.
Las ventanas se abrieron con un golpe sordo y mariposas azules invadieron la habitación, pareciendo buscar sus manos, sus dedos, algunas posándose en la seda de su kimono esparcido en el suelo.
El desconocido entró,  se acercó como un susurro y se pegó a su espalda. Besó la "uve" de su fino y blanco cuello y le dijo al oído:
-Soy yo, Teika, y tú eres mi mariposa...


Relato dedicado a Noa -Trazos de mariposa-,  siempre animándome para publicar estos pequeños cuentos, la más grande mariposa y excelente escritora.

AKUMA-CHÔ : Mariposa Diablo
FUYU : Invierno
ERIKAE : "Doblarse el cuello", ceremonia que marca el paso de Maiko (aprendiz), a Geisha.
SHIKOMI : Primera fase en el aprendizaje de Geisha, antes de ser Maiko (dura unos pocos meses). La Shikomi sirve a sus hermanas Maikos y Geishas, atendiéndolas en sus necesidades y encargándose de las tareas de la Okiya -casa de Geishas-.

OBI : Cinturón del kimono, largo para las Maiko, corto para las Geishas. Se anuda en la espalda y se necesita una persona para ajustarlo y después desanudarlo, pues consta de muchos metros de seda rígida.
DIALECTO DE KYOTO : Dialecto del japonés propio de la ciudad de Kyoto; es un dialecto hablado antiguamente en la corte del emperador, y, en la actualidad, se obliga a todas las aprendices de Geisha a hablarlo, por su refinamiento y elegancia.
OSHIROI : Maquillaje blanco de las Maiko, cubre el rostro y el torso,  dejando una marca en el cuello en forma de "uve" o de tridente, según la ocasión, lo que les otorga un gran atractivo a los ojos de los hombres.
KAMI : Dioses shintoístas.


Haiku de Matsuo Bashô
Traducción de Antonio Cabezas.

Este relato es propiedad de su autora y está protegido

domingo, 7 de marzo de 2010

NANTONAKU


Hajime yori
Au wa wakare to
Kikinagara
Atkasuki shirade
Hito o koikeri


Hace mucho tiempo
Aunque sabía que encontrarnos
Sólo podía significar separarnos
Aún así me entregué a tí
Sin pensar en el amanecer

(La última concubina. Lesley Downer)





De alguna forma, sea como sea, te encontraré...

La dejó ir como el viento aliado de otoño deja ir las hojas de sakura, suavemente, livianamente, rozando apenas su mano, dejando atrás sus labios, su boca fresca, madura, joven y tierna, depositando en su pequeña mano unos menukis, una joya de familia, un adorno para la katana del soldado, que entregaba a la que eligió por esposa, continuidad de generaciones representando la luna y las estrellas.
Un intervalo de tiempo deseando unirse en una nueva eternidad, pero la historia era una temible rival, una indeseada enemiga.
Las miradas se cruzaron y se retaron a encontrarse de nuevo, en otro tiempo y en otro lugar...nantonaku, sea como sea, juro que te buscaré y te encontraré.

El soldado abandonó a la mujer para servir al clan Ageha-cho, siguiendo el vuelo de Kamon, la mariposa de alas rojas, el espíritu y la fuerza de la familia que lo preparó para la gloria y el triunfo en la guerra, pero él no deseaba el conflicto, no quería más batallas, sólo deseaba la vida entre el cálido abrazo de su amada y la paz que le era negada en ese tiempo y en ese lugar.

El deseo se hizo fuerte, extremadamente violento, como el impacto de los sables en la contienda, alcanzando el centro mismo de la evolución en torno a su vida y al clan al que debía lealtad.
Cerró los ojos y suspiró, deseando encontrarse en otro lugar y en otro tiempo.
Nantonaku...en otro tiempo, sea como sea...

El tiempo, el amigo al que llamó en su desesperación, acudió a su encuentro y lo envolvió en un manto oscuro y liberador, girando a su alrededor, haciendo volar las horas, los minutos, y los años, haciendo desaparecer, como en un suspiro, la era Kamakura, viajando hacia el futuro, sintiendo un nuevo calor desconocido y abrasador.
Respiró fuertemente, con furia, como si quisiera absorver todo el aire del Universo antes que se agotara, y abrió los ojos, parpadeó y fijó la mirada.

Todo le era desconocido.
Todo menos la mujer que le miraba desde la distancia, al otro lado de la calle, cerca, muy cerca, pero lejana en su tiempo.
Volvió a cerrar los ojos, recordando su rostro, su piel, sus labios...era ella, era ella...nantonaku...

Se aproximó tímidamente y le mostró los menukis que guardaba en su mano.
Ella se asustó y retrocedió, pero recordó que portaba en uno de sus bolsillos algo parecido. Buscó con su mano hasta encontrar la joya cuyo significado no lograba entender hasta entonces. La apretó con su pequeña mano y se la mostró al desconocido.
Los dos alzaron la mirada y susurraron: "nantonaku"... en este tiempo y en este lugar...


NANTONAKU : De alguna forma, sea como sea.
SAKURA : Cerezo.
MENUKIS : Aplicaciones metálicas ornamentales en los laterales del mango de la katana -Tsuka-, considerados amuletos, están en contacto con los dedos del samurái y son muchas veces una joya de familia.
AGEHA-CHO : Clan Taira.
KAMON : Emblema, en este caso es la mariposa (Chô)  roja del clan Taira.

Nota de la autora: Taira o Hira en la actualidad (平) es un nombre de un Clan japonés.
En referencia a la historia de Japón, junto con el clan Minamoto, Taira era un nombre de clan hereditario concedido por los emperadores del período Heian a ciertos ex-miembros de la familia imperial.
Los Taira (Hira) fueron uno de los cuatro clanes importantes que dominaron la política Japonesa en el período Heian (794-1185)- los otros fueron los Fujiwara, los Tachibana, y los Minamoto.
El período Kamakura es considerado como el principio de la edad media en Japón. Este periodo da comienzo en 1185 con la llegada al poder de la familia Miyamoto, y termina en 1333 cuando Ashikaga Takauji tomo el poder.

Este relato es propiedad de su autora y está protegido.

domingo, 21 de febrero de 2010

HIMAWARI





Himawari o
Totte shikararete
Hana o miru


Mientras me reñían
Por haber cogido el girasol
Yo miraba la flor









    Los girasoles comenzaban a dar la espalda al Sol Naciente, en el instante en que la gran estrella contradecía a su nombre y se ocultaba en el lejano horizonte, conforme a su naturaleza y su inclinación esperada, para dejar paso a Mangetsu, la luna llena.
    Así decidieron darse la espalda y ocultarse de sus mútuas miradas, Keiho y Yoko, dos girasoles de los campos fértiles y amarillos, llenos de flores luminosas como el propio sol que empezaba a ocultarse, llenos de semillas de nueva vida para el futuro.

    Pero una mirada furtiva esquivó el último rayo de sol y se mezcló con el primer rayo de luna. Los dos amantes se miraron por primera y única vez. Sus miradas estaban condenadas a rendir culto al sol que daba vida a la tierra que las alimentaba, siguiendo su calor, adorando su tibieza...

    Yoko aprovechó el instante de semipenumbra y lanzó una oración a la poderosa Mangetsu, convirtiéndola en su aliada y traicionando a los rayos del sol:

    - Amada Madre de la Noche, Eterna y Blanca Luna... sólo te pido un deseo: una jornada tuya para mí y para mi amado, antes que nazca de nuevo el Sol.
    Ante tal atrevimiento, Mangetsu respondió airada:
    -¿Por qué?, dime, ¿por qué debería concederte tal petición?. Sóis adoradores del sol y no os dignáis a mirarme a la cara, ni siquiera cuando vuestro amo se esconde, pues vosotros escondéis también vuestras caras con la llegada de la Noche. ¿Por qué debo complacerte?

    Yoko comenzó a temblar, por el frío invadiendo su corazón, frío llegado con la partida del Sol. Pero su firmeza y determinación eran tan intensas como el fuego del astro que la vio nacer.
Sin dudar, respondió:
-Diosa de la Noche, somos esclavos de la Luz, nuestras miradas son para el Sol y no podemos dirigirlas a ningún otro ser, ésa es nuestra naturaleza. Pero si tuvieras a bien concedernos un instante de entendimiento, un sólo segundo de noche durante el día, sólo entonces podríamos Keiho y yo amarnos por toda una eternidad...

    Mangetsu se conmovió profundamente; jamás en su existencia fue testigo de un amor tan profundo y verdadero como el que Yoko depositaba a sus pies.
















    La poderosa Luna se estremeció y habló a través del cielo con voz heladora:

    -Afortunado sea el hermano Sol, que flores tan hermosas miran con dulzura sus rayos y absorben su calor. Todas son suyas, sin excepción; pero una de ellas siente tanto amor que se rebeló a su destino. La flor de Himawari que desafió a mi Hermano, Hijo del Día, por un amor en la Oscuridad bajo mi manto protector, merece ser escuchada.

    Mangetsu abrió sus ojos de escarcha mirando hacia la Tierra, hacia los campos de Himawari, iluminando el camino. Abrió sus fauces, de las cuales surgió cabalgando el poderoso Funbetsu, el  Soldado de la Noche, dejando un camino helado entre la Tierra y el Sol.
    El día, por unos minutos, se tornó en noche.
    Yoko y Keiho se miraron abiertamente, obviando la luz del Sol, que por unos instantes dejó de existir...
    Yoko y Keiho se amaron por fin.


HIMAWARI : Girasol
MANGETSU : Luna llena
FUNBETSU : Juicio, Sensatez

Este relato es propiedad de su autora y está protegido.

Nota de la autora:
Día a día, y relato tras relato, voy conociendo una pequeña parte de Japón y de su cultura. Voy conociendo palabras extrañas y hermosas , muchas "frases hechas", refranes, etc, como en cualquier otro idioma.
Pero la cultura japonesa es única; todos los pueblos son sabios, todos, pero el pueblo japonés ha sido de los pocos en saber plasmar su sabiduría ancestral en su vida cotidiana, a través de los siglos. Con todos sus defectos y sus virtudes, obviando y "perdonando" los primeros, y ensalzando las últimas... Himawari es una palabra tan hermosa, tan sencilla, que merece ser conocida en Occidente.
Y espero que hayáis comprendido el sentido "celestial "(?) del relato.

domingo, 31 de enero de 2010

KATANA






Inazuma ni
Satoranu hito no
Tôtosa yo


Qué santidad
la del hombre que ante un relámpago
no comprende la Realidad






Tsuka y Nagasa se enfrentaron, mirándose retadoramente.
Se conocieron en la forja del maestro creador de los antiguos sables, para ser compañeros de los temibles soldados del Imperio. Sudor, acero, esfuerzo y maestría se reflejaban en sus miradas, en el filo rasgado de sus ojos. Se enamoraron, y entendieron que su existencia dependía el uno de la otra, comprendieron que su unión era necesaria, y que aportaría vida al mundo para el cual nacieron.

Tsuka vestía de negro. La novia prescindió del blanco, pues no es color de vida sino de muerte, el color de la mortaja del Samurái, su existencia protegida bajo el O-yoroi. La piel del tiburón era su Same, su ropaje de gala, su envoltorio protector que la unía a Tsuka-Ito, la encordadura que conectaba su existencia con el mundo exterior, y del cual, era su corazón.
Tsuka se adornó para Nagasa, se adueñó de Menukis que volaron a sus costados, para realzar su belleza y unir su vida a la de su amado, sumando suerte para su futura familia, suerte en las guerras y combates.

Nagasa respondió, y al calor de la forja, meciéndose entre el fuego, se dividió en tres partes, alumbrando tres compañeros más para Tsuka.
De su fuerza y del acero surgieron Nagako, Sasaki y Kissaki.
Nagako se introdujo en ella, fieramente, uniéndola a Nagasa por siempre y para siempre; Sasaki brilló como el sol, creciendo de su vientre, despertándo al espacio con su longitud; Kissaki besó el aire con su punta mortal, jurándole fidelidad, protección y vida. Los hijos del fuego habían despertado...
Tsuba acudió veloz, adornada y hermosa como dama de honor, ostentando símbolos de su país, flores y plantas milenarias para sellar definitivamente la unión de los amantes.

El herrero contemplaba el nacimiento de su obra, la llegada al mundo de un arma mortal, única en su esencia y en su espíritu, llena de vida para su portador, el elegido...

El fuego venido desde el mismo Infierno transportó en su viaje las manos del artesano, doblando la hoja, una vez y otra, cientos, miles de veces, golpeando y dándo vida al acero, golpe a golpe de martillo, ignorando el sonido de la tortura que cubría su futuro esplendor.

Habaki y Fuchigane acabaron de forzar la unión, testigos únicos ante el maestro herrador del nacimiento de la brillante hoja de luz, portando su prestigio y su conocimiento, inmóviles ante el sol del amanecer. Con su presencia, quedó sellado el sable por toda la Eternidad.

La Vida del Samurái, su espléndida Señora, su eterna protectora, estaba a punto de contemplar la Luz del Sol...

La ligera, la "Segadora de Almas", cobró vida ante los ojos del maestro, del sensei herrador...

Permaneció quieta, demostrando su poder infinito, su vibrante estructura y susurró al viento su fuerza y su furia.
Lanzó al espacio una llamada de complicidad, para que acudieran sus hermanos y estuvieran presentes en el momento de felicidad y de unión. A ella respondieron  Hi, poderoso moderador de las tensiones, bajo cuya directriz, los sucesos seguirían su rumbo, imperturbables, garantizando solidez y resistencia en el amor entre los esposos; Mekugi, cuerpo flexible, bambú que anudó y ató los sentimientos de los esposos, atrapando con ellos a su propia mujer, Mekugi-Ana.. para evitar que el tiempo deteriorara su relación y su vida en común.

La Luz del amanecer siguió conquistando a nuevos invitados que acudieron al nacimiento del amor entre marido y mujer;  Moto-Haba y Moto-Kasane, los cuales se acoplaron a Nagasa, regalandole grosura y anchura, poder y fortaleza. Junto a ellos arribaron como un suspiro de humo de la forja Mune y Niké, para dar equilibrio y templanza.
Sori, la madrina, otorgó sus bendiciones junto a Mei, el cual firmó como sacerdote de los dioses,  y sonrieron ambos, iluminados por la luz y el calor del fuego creador, aspirando el olor del acero, del cobre y del bronce.

Una vez unidos para siempre, los esposos y sus invitados se resguardaron en la Saya, su hogar inmortal, perfumada con el aroma de las magnolias y de los sakuras en flor. Atravesaron la puerta, el Koi-Guchi,  y sintieron su protección y su bienvenida, su calor y suavidad, su lecho marital y su descanso.

La Eterna, la brillante hoja del alba, hija del fuego y de la forja, descansó su primera noche bajo la atenta mirada del sensei herrador, el maestro armero que le dio la vida y la existencia, para servir a un único portador, al que ella misma elegiría la segunda noche de su vida,  desde que atrapó la luz del sol.
Faltaba la última y definitiva unión...



El guerrero detuvo su corcel pocos metros antes de llegar a la vieja cabaña donde el armero fabricaba sus hermosas Señoras, las más intrépidas, veloces y fuertes del todo el país. Se acercó indeciso a la entrada, sintiendo un calor intenso debido al trabajo en la forja, los ruidos de los golpes de martillo contra el yunque, creando nuevas hojas de acero, nuevas compañeras al servicio de los hombres que las blandirían con orgullo, seguridad y confianza.
Pero al mismo tiempo llegaba hasta sus oídos un murmullo, un ruido suave e indefinido.
Traspasó la puerta sintiéndose de repente inseguro, sin entender qué le estaba ocurriendo, a él, uno de los grandes samuráis al servicio del Shogún Tokugawa; algo vibró en sus sentidos, reverberando en su cerebro, haciendo latir con fuerza su corazón, erizando la piel de sus brazos, de su nuca, y un escalofrío lo recorrió por entero. Pero no sintió miedo sino una emoción que no podía describir, como cuando un hombre conoce a una mujer y se enamora de ella al ver su rostro por primera vez.
Sabía que estaba allí su Protectora, la que le acompañaría el resto de sus días.

El maestro lo recibió con una inclinación de su viejo cuerpo y mediante gestos le indicó que lo acompañara hasta una cercana habitación. Las puertas se abrieron para dar paso al soldado, y éste quedó mudo por lo que sus ojos contemplaron: las más hermosas y poderosas katanas fabricadas por el hombre; relucientes, espléndidas, con un brillo mortal y cegador reflejado en sus filos.
Las miró, una por una, y volvió su rostro al herrero con un signo de interrogación en la mirada.
El hombre forjador de las katanas comprendió su pregunta y le tranquilizó diciéndole:

-Gran Señor, no temáis por lo que véis, pues sólo una de ellas es para Vos; todas son dignas de vuestras manos, pero existe Una que os acompañará en vuestra existencia y en vuestra muerte. No debéis elegir a ninguna, pues Ella ya os ha elegido a Vos...-

El Samurái sintió en ese mismo instante que un rayo de luz impactaba de lleno contra una de las espadas apartada en un rincón;  tan bella relució en ese momento que su filo iluminó la estancia. Su corazón atrapó el murmullo suave de la hoja vibrando en el aire, transmitiendo su vínculo con el que sería su futuro y único portador.
Se acercó a ella con temor casi reverencial, la llevó a su frente para sentirla más cerca de él, y en un impulso salido de lo más profundo de su conocimiento y de su alma, besó a Tsuka, y acarició a Nagase.
El viejo sensei forjador sonrió a su lado.
La Unión se había completado.





KATANA : Sable largo japonés de un sólo filo, arma del Samurái, del Ronin, y del soldado japonés en términos generales.
TSUKA : Mango de la Katana.
NAGASA : Longitud de la Katana.
O-YOROI : Armadura del guerrero, del Samurái.
SAME : Forro de la Tsuka, confeccionado a partir de la piel de tiburón o de la raya.
TSUKA-ITO : Encordadura del mango, de la Tsuka, cuya finalidad es que la mano del samurái no resbale al contacto con el Same.
MENUKI : Aplicaciones metálicas ornamentales en los laterales del mango -Tsuka-, considerados amuletos, están en contacto con los dedos del samurái y son muchas veces una joya de familia.
NAGAKO : Extensión de la hoja que está engarzada en el interior de la Tsuka y que sirve de nexo de unión entre el mango -Tsuka- y la hoja -Nagasa-. (Espiga).
SASAKI: Filo entendido como la totalidad afilada de la hoja.
KISSAKI : Punta del arma que está afilada con total precisión y se utiliza para cortar a los enemigos con movimientos rápidos y certeros.
TSUBA : Guardamanos de la Katana, protege las manos del soldado de cortes durante el combate.
HABAKI : Parte metálica ulterior a la Tsuba que ayuda a fijar el Nagako al interior de la Tsuka.
FUCHIGANE : Parte anterior a la Tsuba, de metal y de función aseguradora.
SENSEI : Maestro.
HI : Surco longitudinal en la hoja, utilizado para aligerar la pieza. Otra de sus funciones es absorber y repartir la tensión de los golpes, evitando el deterioro o la torsión de la hoja.
MEKUGI : Pasadores que sujetan la Tsuka (mango) al Nagako (espiga), solían ser de madera de bambú.
MEKUGI-ANA : Agujeros para los pasadores.
MOTO-HABA : Ancho de la hoja.
MOTO-KASANE : Espesor de la hoja en el Habaki.
MUNE : Contrafilo.
NIKÉ : Rebaje del nervio de la hoja.
SORI : Curvatura de la katana.
MEI : Firma del armero, del maestro herrador.
SAYA : Funda de la katana, fabricada con madera de magnolia lacada.
SAKURA : Cerezo, árbol emblemático en Japón.
KOI-GUCHI : Boca de la Saya, reforzada con cuerno de búfalo para evitar el desgaste por rozamiento con la hoja.
SHOGÚN : Gobernador de Japón.

Nota de la autora: Cada vez que me enfrento al proceso de escribir un relato sobre la cultura japonesa me encuentro con muchas dificultades: no entiendo el idioma- muy poco-, y aún menos los Kanji; mucho más difícil es entender sus tradiciones, su cultura y su forma de vida, pero lo intento.

He escrito muchos relatos pero esta vez me he encontrado con un muro casi  inaccesible. Cuando escribí sobre "Naginata", la espada de las mujeres samurái, o sobre otros muchos conceptos,  al buscar información encontré páginas sobre su significado, su uso, etc; con "Katana" no ha sido igual.
Buscando documentación sobre el sable emblema de los soldados y samuráis japoneses solo encontré información sobre las diferentes partes que lo componen, poco más. Pero yo quería hacer un relato, así que me lo planteé como si de una boda se tratase, e ir ensamblando, "uniendo" estas diferentes partes, hasta la unión definitiva con el guerrero que sería su dueño. He dejado atrás muchas otras partes de la katana por no hacer más denso el relato, aún así pido perdón si resulta complicado de leer por las muchas palabras japonesas utilizadas, pero no he podido obviarlas.
Quiero resaltar además, que según cuentan los sensei armeros y expertos en katanas, la elaboración de cada una de ellas es única, y depende de la maestría del forjador al mezclar sus componentes, que la katana sea un arma mediocre o excepcional; y es completamente cierto que es la katana la que elige al guerrero y no al contrario. ¿Cómo?. Bueno, aquí os doy un ejemplo, pero la imaginación es muy poderosa...

LA KATANA: es un sable japonés (daitō), aunque en Japón esta palabra es usada genéricamente para englobar a todos los sables. "Katana" es el kunyomi (lectura japonesa) del kanji 刀; el onyomi (lectura china) es "tō" (pronunciado "to").
Se refiere a un tipo particular de sable de filo único, curvado, tradicionalmente utilizado por los samuráis. Su tamaño más frecuente ronda el metro de longitud y el kilo de peso.
El tipo de Katana más difundido en la actualidad es el conocido como "Oda Nobunaga", en alusión al shogún creador de dicho modelo, de hoja curva y alrededor de un metro de longitud total.


El origen de la katana japonesa se remonta a los siglos X-XII, cuando los chinos de la dinastía Song introdujeron en el país una espada curva llamada "El destripador de caballos" (斩马刀), nombre dado por ser un arma utilizada en combate contra la caballería pesada para destripar el vientre o atacar los cuartos delanteros del caballo. Esta espada, más adelante conocida como sable, simplemente evolucionó hasta la posterior katana Japonesa.

Debido al carácter curvo de su hoja y a su único filo, la katana debe ser considerada realmente un sable. Como tal, está fundamentalmente orientada al corte más que a la estocada. Su curvatura surge de la necesidad de obtener un corte eficaz cuando se maneja desde la montura del caballo; la hoja recta tiende a "empotrarse" en el momento del corte, mientras que la curva obtiene siempre un corte tangencial a la trayectoria del arma y con ello evita que la katana se quede bloqueada.
La katana era utilizada principalmente para cortar y debido a su capacidad de producir heridas muy severas, era considerada una especie de "guillotina de mano". Se la desenvaina con un movimiento axial de rotación, llevando el filo hacia arriba y se la puede blandir con una o dos manos (siendo esta última modalidad la tradicional).
Aunque el arte del manejo del sable japonés, según su propósito original, ha quedado en la actualidad casi obsoleto, el kenjutsu (conjunto de técnicas de sable) dio origen al gendai budō, un arte marcial moderno. Mientras, la esencia de su manejo persiste en el iaidō (antiguamente iai jutsu), que es el arte de "desenvainar cortando" y en el kendō (vía del sable) que es el arte de esgrimir una espada de bambú conocida como shinai y utilizando como protección una máscara (men) y una armadura (bogu).
Las espadas japonesas y otras armas cortantes eran fabricadas mediante un elaborado método de calentamiento reiterado, plegando y uniendo el metal. Esta práctica se originó debida al uso de metales altamente impuros.
La curvatura distintiva de la katana se debe, en parte, al trato diferencial durante el calentamiento al que es sometida. Al contrario de gran parte de las espadas producidas en otros lugares, los herreros japoneses no endurecen el sable completo, solamente el lado que posee filo. El proceso de endurecimiento hace que la punta del sable se contraiga menos que el acero sin tratar cuando se enfría, algo que ayuda al herrero para establecer la curvatura del sable. La combinación de un lado duro y un lado blando de la katana y de otros sables japoneses es la causa de su resistencia a pesar de retener un buen filo cortante.
Para ayudar al manejo de la katana, existe un tipo de arma llamada bokken, en forma de katana, pero de madera, cuya aplicación sirve para perfeccionar el movimiento de la katana sin ningún tipo de peligro y así combatir en entrenamientos.
La Shirasaya (白鞘, Shirasaya literalmente vaina blanca) es en apariencia similar a la katana, aunque carece de Tsuba (guardamano), y su Tsuka (mango), sin un Same (forro) y Tsuka-Ito (encordado) parecen formar una sola pieza de madera junto a la Saya (vaina) al estar la hoja envainada, dandole un aspecto similar a un Bokken. Dadas sus limitaciones, este montaje no se considera un arma efectiva, si no más bien una forma de almacenar una hoja de espada. A pesar de ello, si se produjo un tipo de arma ideada para el combate con estas características, la Shikomizue 仕込み杖, literalmente bastón preparado, donde estas características cumplían la función de disfrazar el arma como un bastón.

Este relato es propiedad de su autora y está protegido.

domingo, 17 de enero de 2010

JISEI NO KU




Shi o mae
Ni shuzushii kaze

El viento frío, indiferente,
pasa ante la muerte


Soy un guerrero, un soldado.
Sirvo a mi Señor desde tiempos remotos, eternos, continuando la tradición de mi familia, depositario de secretos y saberes prohibidos.
Soy un guerrero y hoy dejaré de existir.

Mi cuerpo y mi alma se forjaron bajo las enseñanzas de mi padre, samurái del antiguo clan Minamoto. Mis músculos se desarrollaron con los entrenamientos de los viejos sensei de nuestro ejército, para proteger nuestro mundo y conseguir sobrevivir a los acontecimientos, duros y oscuros que se cernían sobre todos nosotros.

Mis brazos sostienen mi katana en un último entrenamiento, en un desahogo de mi mente que espera, asustada, su final, su último combate, su encuentro con los kami, los protectores de mi hogar...

Recibo con alegría el último soplo del viento en mi cara, los últimos besos del sol, el aroma del cerezo, bendito sakura. Cierro los ojos y respiro profundamente, silenciosamente, mientras pienso en las últimas palabras que dejaré, en mi Jisei No Ku, y mis manos tiemblan...

Recuerdo a Haha susurrándome al oído:
-Hijo querido, eres el heredero de una gran dinastía, el llamado a proteger y guardar las puertas de un mundo especial, grande y poderoso; el imperio del sol naciente, sus territorios, su cielo de nubes llenas y de un sol rojo, cálido y lleno de vida. Un mundo que jamás se extinguirá...hijo mío, eres un privilegiado, guarda con tu vida a tu país y a sus tradiciones, y, cuando llegue el momento, sé capaz de morir por tu pueblo.

Vuelvo a suspirar recordando las sabias palabras de mi madre.
Ahora, en las últimas horas de mi vida pienso en lo que fue mi existencia, en las vidas que segué con Arashi, mi eterna compañera, mi fiel amiga.
La muerte me sigue adonde quiera que yo vaya. Como una fuerza de la naturaleza, no puedo evitarla. La enfrento, la esquivo, pero siempre me alcanza.
-No te quiero, no te necesito-, le digo al viento deseando que le llegue mi mensaje.
-¿Por qué insistes en viajar conmigo? si lo que deseas es hacer íntimos amigos, no me permitas intervenir, no cuentes conmigo. Si quieres almas, búscalas por tu cuenta, déjame que camine solo.



La muerte me acecha, la siento, la oigo, la puedo oler...
Espero que me permita continuar con mis recuerdos un poco más, unos minutos más.

Me inclino ante el altar de oración. Mi espada corta, mi fiel wakizashi, descansa sobre una tela blanca, inmaculada. Su filo brilla como la luz del sol naciente, fuerte y poderosa, luz eterna portadora de vida, la que deberá llevarse mi existencia y mi último aliento.

Siento ahora el frío en mis manos, el viento que sopla en mi cuello y mi corazón se para unos instantes. Resisto, con la imagen de mis soldados enfrentándose a la batalla. Mi padre orgulloso, mirándome con aprobación desde la altura que le proporciona el estar sentado sobre su hermoso corcel negro.
El enfrentamiento va a comenzar; hombres contra hombres, luchando por lo que cada cual cree que es justo, katanas quitando vidas, cortando cabezas, miembros, sangre bañándo mi cara, las caras de mis hombres.
La inquietud se apodera de nuestras filas. La noche se cierra como un enemigo más, las sombras cubren nuestras armas, nuestras monturas, nuestras almas.
Todo está perdido, sólo me queda una salida, la más noble, la que mantendrá mi honor y el de mi familia.

Por ello, acudo al Seppuku; por ello, dejo mis últimas palabras en mi Jisei No Ku.

-"A los dioses clamo en mis últimas horas de vida en este mundo.
Mis pensamientos los entrego a mis antepasados, en los que busco cobijo.
Mi vida fue del Imperio, a él entregué mi corazón, y por él, vertí mi sangre y la de mis hombres.
Por mi pueblo, derramo hoy también mi sangre, definitivamente, con el pensamiento de que inunde las tierras por las que luché, para que crezcan fuertes, hermosas y salvajes.
Mi vida entera la ofrezco, mi muerte la acompaña; un sacrificio dispuesto para salvar lo mejor de mi mundo, de mi país y de su gente.
Deseo que permanezcan nuestras tradiciones, que surjan nuevos sensei, que instruyan, enseñen, eduquen a nuestros hijos; que les iluminen en la creencia de que algún día, un nuevo sol, más luminoso que el nuestro, acogerá a todos los pueblos en un gran abrazo.
Pido a los dioses de mi país que acojan mi alma, que la acunen entre sus brazos como hizo mi madre al nacer yo; pido alcanzar la sabiduría de mis ancestros, ser un Eirei más, recibido con alegría.
Quiero ser un espíritu más en el cielo de nuestros antepasados..."

Bajo la mirada hacia mi Wakizashi, la tomo en mis manos y la acerco a mi vientre...
En un suspiro, estaré con el Sol Naciente...

JISEI NO KU : Poema que redactaban los samuráis antes de la comisión del Seppuku
SENSEI : Maestro
KATANA : Espada larga del samurái
KAMI : Dioses shintoístas
SAKURA : Cerezo 
HAHA : Madre, mamá
ARASHI : Tormenta
WAKIZASHI : Segunda espada del samurái, más corta que la katana.
SEPUKKU : Ceremonia del suicidio, en occidente se la conoce como Hara-kiri
EIREI : Espíritu sagrado.

Este relato está dedicado a Xibeliuss, protector y defensor de su tierra, Sanabria, como un antiguo samurái, creo que sería capaz de defenderla hasta la muerte.


Este relato es propiedad de su autora y está protegido

viernes, 8 de enero de 2010

RONIN


Futatawi wa wataranai
Hashi no nagai
Nagai kaze

El largo puente
Que nunca volveré a cruzar
Viento de eternidad




La nieve golpeaba su rostro duramente, de forma implacable; cuchillas afiladas transformadas en copos de nieve rasgaban su piel, clavaban las garras en sus mejillas, cortando sin piedad la visión del mundo conocido, cercano y que apenas se alejaba de su visión.
Le costaba respirar, le costaba tanto...
Apenas hacía pocos meses disfrutaba de una vida junto a su daimyô, su poderoso señor. Afilaba su fiel "segadora de almas", la poderosa katana que relucía bajo los rayos del sol hasta cegar los ojos de todo ser vivo, deslumbrante y aterradora.
Ahora, era un ser que vagaba sin rumbo, un hombre errante y olvidado, como una ola en el mar, ola esperando a romper en una playa cálida, tibia y acogedora de espíritus solitarios como el suyo.

En el camino de soledad, intuyó que una sombra acompañaba sus lentos pasos...
-¿Quién eres?-, se atrevió a preguntar.
-¿Quién crees que soy?, respondió la sombra.

El ronin detuvo sus movimientos, hasta su respiración quedó en suspenso... la mano derecha empezó a desenfundar su preciosa katana, la izquierda tocó su cintura buscando la wakizashi, pues un soldado no debe perder en ningún momento el contacto con sus amadas señoras, sus protectoras.

El ronin se revolvió entre las sombras que empezaban a acongojarle, y volvió a preguntar:
-¿Quién eres?-

Sintió el viento ulular en los oídos, la nieve seguía golpeándole fuertemente el rostro, y cerró los ojos un instante, dejando que el frío aturdiera sus sentidos y abotargara su mente. No podía creer que nadie más, salvo él, estuviera a su lado. Nada podría seguir vivo bajo la nieve fría cubriendo toda la superficie extendiéndose a su alrededor.

-¿Quién crees que soy?-, repitió la sombra.
-Eres mis fantasmas, mi vida oculta, mi pasado-, respondió el ronin, desafiante.

La tormenta de nieve empezó a tornarse más densa, más violenta, más blanca, y el antiguo guerrero comenzó a mostrarse más altivo y más valiente...

-No te temo, ¿me oyes?,-
El eco acompañó su voz...
-Sé quién eres...-, siguió el ronin. -Eres mi Yo, mi espíritu errante, la voz que sigue conmigo, la esencia que me habla para que no desfallezca, para que no me canse, para que cruce el puente y no vuelva a mirar a atrás.

Quieres que abandone los placeres de palacio, mis privilegios como soldado, las riquezas, el amor de una mujer y el poder sobre los míos.
Quieres toda mi vida... pues tuya es.
Quieres que deje el mundo que conocí y que siga al sol.
Quieres que sea libre, que sea viento de eternidad.
No tengo nada, salvo mi honor, mi palabra, mi fuerza y mi juventud.
Te entrego mi alma, pues perdido el poder y perdido mi señor, perdí mi corazón...


RONIN: Un rōnin (浪人, rōnin) (literalmente "hombre ola" – un hombre errante como una ola en el mar) era un samurái sin amo durante el período feudal de Japón, entre 1185 y 1868. Un samurái podía no tener amo debido a la ruina o la caída de éste, o porque perdía el favor de éste.

Nota de la autora: la manera más sencilla que había para que un samurái acabara siendo ronin era a través del nacimiento. El hijo o hija de un rōnin también era rōnin, siempre que no renunciara a su estatus. A menudo el rōnin por nacimiento soñaba con demostrar su valía para poder jurar lealtad con un clan, convirtiéndose así en un verdadero y auténtico samurái. Aunque esto ocurriera de vez en cuando, era algo infrecuente, reservado a los más talentosos, pues pocos daimyō estaban dispuestos a sentar un precedente permitiendo que un rōnin entrara en su clan. Más a menudo los rōnin eran enviados en ciertas misiones con la promesa de la admisión, para luego negársela basándose en algún tecnicismo.


En la actualidad, en Japón se le suele llamar rōnin a aquellos estudiantes que, habiendo suspendido el examen de ingreso a la escuela o universidad que han elegido para cursar sus estudios, deciden pasar el proximo año estudiando para aprobar nuevamente el examen. Este significado es metafórico: al igual que el rōnin histórico no tenía amo a quien servir, un estudiante rōnin es el que no tiene escuela donde estudiar. Existe asimismo un sentimiento de vergüenza y deshonra al haber suspendido el examen.


El término oficial japonés es kanendosei (過年度生),

DAIMYÔ: Señor feudal japonés.
KATANA: Espada del samurái, ronin.
WAKIZASHI: Segunda espada del samurái, ronin, más corta que la katana.
 
Este relato es propiedad de su autora y está protegido.

viernes, 11 de diciembre de 2009

KOI SURU







Ki ga areba
Me mo kuchi kodo
Mi mono wo iu

Cuando el deseo llega
Los ojos pueden hablar mucho más
Que la boca






El amor, cuántas veces pensó en el amor...
Aún se ruboriza al pensar en el deseo que la inunda, el deseo de sentir manos ajenas recorriendo su piel. Cómo serán esas manos de otro ser, fuertes, cálidas, primitivas e invasoras.
Se despertó perezosa y estiró con fuerza las piernas rozando con suave sensualidad la tela del tatami que recogía su cuerpo. Apretó con fuerza los muslos, sintiendo una tibia calidez entre ellos, la seda de sus manos tocaron sus caderas anhelando un encuentro furtivo, un enfrentamiento de cuerpos sin control.
Se revolvió entre las ropas que cubrían su cuerpo, molestas e inoportunas. Quería mostrarse al aire, exhibirse al viento sin pudor, quería ser tocada y amada, hasta consumirse en el fuego al que en esos instantes daba la bienvenida. Quería comer del fruto prohibido...

Recordó el día en que lo vió por primera vez. Sus rasgados ojos no daban crédito al conocimiento de un rostro tan hermoso, blanco deslumbrante como la nieve cubriendo los sauces del jardín, llenos de lágrimas lánguidas, besando el suelo con su peso, arrastrándose en una tierna oración.
Le pareció que sus labios la besaban, la arrastraban a una pasión ciertamente desconocida y le pareció que esos mismos labios la atrapaban en un rezo de comunión íntima y eterna.

Se retorció sobre el tatami. Sus piernas se acariciaron lentamente la una a la otra y su pecho se agitó en cortos suspiros. Arqueó la espalda buscando aire fresco para aliviar el calor, y lo echó de menos.

Quiso tenerlo a su lado, allí, en esa habitación falta de aliento, falta de aire que había consumido su deseo. Quiso sus manos alisando los pliegues íntimos de su piel, su boca para darle el aire que le faltaba, su peso contra su pecho.

Volvió a recordarlo... Su primera mirada, sus ojos dándole la vida, clavándose en su pensamiento, grabándose a fuego. Sintió que se le iba la vida, se la llevaba el hombre con su wakizashi, cortándo su cabeza, abriéndole el vientre, arrancándo su corazón.

Oh Kami!, Ven, amor, ven a mí!

Suspiraba entrecortadamente, aspiraba el aire con fuerza, sus manos acariciaban la superficie cálida del tatami, intentando encontrar el cuerpo que tanto anhelaba, buscando, desesperada, hasta que sus manos tropezaron con otras manos...

Abrió los ojos de par en par, sobresaltada, el sudor empapaba la almohada, y su espíritu sintió una profunda tristeza.
No puede ser un sueño, los sauces no me mentirían jamás. Ellos lloraron por mí, sus ramas besaron mi rostro, el suelo de mi jardín. Ellos me prometieron que jamás volvería a estar sola, que mi vida estaría junto a él.
No puedo creer que esto sea sólo un sueño...

Y mientras volvía a recostar su cabeza para derramar lágrimas de desolación, volvió a sentir manos ajenas; manos envolviendo sus caderas, atrayéndola hacia un cuerpo joven lleno de promesas.
Las manos recorrieron su cuerpo y se detuvieron en su pecho, cerca de su corazón.
Su cara blanca como la nieve que cubría los sauces del jardín se iluminó con una tímida sonrisa.
Después de todo, no fue un sueño...

KOI SURU: enamorarse.
TATAMI: Estera que recubre el suelo.[ 畳 (たたみ) ]; (palabra que originalmente significaba "doblada y apilada"). Son un elemento tradicional muy característico de las casas japonesas. Tradicionalmente se hacían con tejido de paja, y se embalaban con ese mismo material.
WAKIZASHI: Segunda espada del samurái.
KAMI: (神, ''Kami'') es la palabra en japonés para aquellas entidades que son adoradas en el shintoísmo. Se suele traducir como "dios" o "deidad".

Este relato es propiedad de su autora y está protegido.

jueves, 3 de diciembre de 2009

CHA NO YU







Shiramomo ya
Shizuku mo otosu
Mizo no iru


El melocotón blanco:
Las gotas también dejan caer
El color del agua





El agua absorve el color de las hojas de té.
Haha, mis manos tiemblan...
Escucho mil gotas de lluvia golpeando las piedras del jardín, mil gotas de agua confundidas con la hierba. Son lágrimas del cielo llorando, contemplando mi aprendizaje eterno.
Muevo mi mano paralela a la línea del horizonte, y el vaivén de mi muñeca corta el aire. Aire que acaricio y envuelvo en un cálido abrazo atrapado en la palma surcada por el ritmo de mi vida, en líneas escritas por el destino que marca mi nacimiento. Haha, tú eres culpable de ello.

Mi mano se alza en movimiento ascendente y circular; baila, sintiendo el camino. Nunca nadie supo hacerla danzar salvo las hojas de té; mi mano vuela en el viento con olores de sakura en flor, con un sentido indescifrable, mágico y puro.
Mi mano se mueve en trazos marcados de tradición, en una sintonía acompasada, lenta, que invita a compartir la ceremonia del encuentro.

Mi mano se úne a mi otra mano.
Las dos se miran y hablan entre sí.
¿Qué giro debo seguir?, ¿En qué sentido?
Dirección Este, o dirección Oeste.
Oriente u Occidente.
No puedo decidir, y, sin embargo, se mueven solas...
Miran al sol, miran a la luna, se quedan con el dragón.
Las estrellas acogen el viaje del viento, el que origina mis manos en su camino a través del espacio, sintiendo el frío de la porcelana, el calor del agua mezclándose con el té.

Necesito agua caliente para volver a detener el tiempo y dejar que reine el silencio. Quiero volver a cortar el aire y mover mi mano otra vez, en una oscilación suave, dejando que continúe el goteo, incansable e incierto, de la infusión en mi taza, de la lluvia en mi tejado,. mientras late mi corazón recordando los libros de los que aprendí, ofreciéndote mi wabi, el que permanece en tu recuerdo...

Mi mano es bambú, es hoja que acoje el agua, la lluvia, se moja y se inclina, flexible, se abre paso en la niebla. Mi mano te ofrece el momento, te entiende y comparte el instante.
Quiéreme, conóceme, pues no volverás a tener un ichi-go ichi-e como el que yo te ofrezco, mis manos se detendrán en el tiempo. Acoge su vuelo en este momento, no volverás a verlas danzar.
El próximo baile ya no será para tí...

CHA NO YU: Literalmente, "agua caliente para el té".  Ceremonia del té.
HAHA: Mamá.
SAKURA: Cerezo.
WABI: Celebración de la ceremonia del té con humildad, simplicidad, imperfección, con sobriedad.
ICHI-GO ICHI-E: Literalmente, "un encuentro", "una oportunidad", algo que debe ser atesorado, pues no volverá a repetirse jamás.

Este relato es propiedad de su autora y está protegido.

Nota de la autora: La ceremonia japonesa del té (cha-no-yu, chadō, o sadō, ceremonia japonesa del té ) es una forma ritual de preparar té verde o matcha (抹茶, matcha), influenciada por el budismo zen, sirviéndose a un pequeño grupo de invitados en un entorno tranquilo.
Cha-no-yu (茶の湯, Cha-no-yu literalmente, "agua caliente para el té") se refiere usualmente a una ceremonia individual, mientras que sadō o chadō (茶道, 'sadō o chadō' "el camino del té") se refiere al estudio o doctrina de la ceremonia del té. La pronunciación sadō se prefiere en la tradición Omotesenke, mientras que chadō se prefiere en la tradición Urasenke.
Cha-ji (茶事, 'Cha-ji') alude a una ceremonia del té completa, incluyendo una frugal comida (kaiseki), té ligero (usucha) y té espeso (koicha), prolongándose aproximadamente cuatro horas. Chakai (茶会, literalmente "cita del té") no incluye el kaiseki.
Dado que quien realice la ceremonia debe estar familiarizado con la producción y los tipos de té, además del kimono, la caligrafía, el arreglo floral, la cerámica, incienso y un amplio abanico de otras disciplinas y artes tradicionales además de las prácticas de la ceremonia en el colegio, el estudio de las mismas toma muchos años, a menudo una vida completa. Incluso para participar como invitado en una ceremonia del té formal se requieren conocimientos de los gestos y posturas adecuados y las frases que se esperan, la manera apropiada de tomar el té y los dulces y la conducta general en la sala del té.

El té fue introducido en Japón durante el siglo IX por los monjes budistas de China, donde se conocía, según la leyenda, desde hacía milenios. El té se hizo rápidamente popular en Japón y se comenzó a cultivar localmente.
La costumbre de beber té, primero como bebida medicinal y luego simplemente por placer se hallaba ya extendida ampliamente en China. A comienzos del siglo IX, el autor chino Lu Yu escribió el Ch'a Ching (Clásico de té), un tratado sobre su cultivo y preparación. La vida de Lu Yu se encontraba fuertemente influenciada por el budismo, particularmente por la escuela Chan, que evolucionó al Zen en Japón, y sus ideas tuvieron gran importancia en el desarrollo de la ceremonia del té japonesa.

En el siglo XII, una nueva forma de té, matcha, se introdujo. Este polvoriento té verde, extraído de la misma planta que el té negro, pero sin fermentar, fue usado en rituales religiosos de los monasterios budistas. Para el siglo XIII, los samurái comenzaron a preparar y beber matcha y los pilares de la ceremonia del té fueron erigidos.


La ceremonia del té evolucionó a una "práctica transformativa" y comenzó a desarrollar su propia estética, en particular el wabi. Wabi (佗, significando quietud o refinamiento) sobrio, o gusto sometido "es caracterizado por la humildad, moderación, simplicidad, naturalidad, profundidad, imperfección, y simples objetos y arquitectura, sin adornos, enfatizantemente asimétricos, y la celebración de la belleza suave que el tiempo y el cuidado imparten a los materiales". (Introducción: Chanoyu, el Arte del Té, en la página Urasenke de Seattle) [1]. Ikkyu, que revitalizó el Zen en el siglo XV, tuvo una profunda influencia en la ceremonia del té.


Para el siglo XVI, el té se había extendido a todos los niveles de la sociedad japonesa. Sen no Rikyu, quizás la más conocida y respetada figura histórica en la ceremonia del té, introdujo el concepto de ichi-go ichi-e (一期一会, 'ichi-go ichi-e' literalmente, "un encuentro, una oportunidad"), una creencia de que cada encuentro debería ser atesorado ya que no podría volver a repetirse. Sus enseñanzas derivaron en el desarrollo de nuevas formas de arquitectura y jardines en Japón, las Bellas Artes, las artes aplicadas, y en el desarrollo completo del sadō. Los principios que asentó -Armonía (和 wa), respeto (敬 kei), pureza (清 sei) y tranquilidad (寂 jaku)- son, todavía, el centro de la ceremonia del té.

La ceremonia del té requiere años de práctica y aprendizaje... con todo, el conjunto de este arte, en cuanto a sus detalles, no significa más que hacer y servir una taza de té. El asunto supremamente importante es que dicho acto debe realizarse de la manera más perfecta, más educada, más graciosa y más encantadora posible. -Lafcadio Hearn-




miércoles, 18 de noviembre de 2009

HAHA, MUSUME






Tsumazuite
Kawaii take no ko
Kao o dashi



Me he tropezado con...
Un lindo brote de bambú
Que asoma su cara







No podía apartar los ojos de su rostro...
En la noche clara, en el centro de la estancia iluminada por la luz de la luna llena, vió su carita ausente, llena de un abrumador sueño.
El frío invadió el espacio transportándola al infinito futuro incierto, claro en sus orígenes, oculto a su entendimiento, deseando el sol más hermoso para su pequeña Luna.
Acarició el rostro inocente que no cesaba de mirarla, tan parecida a ella, y la abrazó; suspirando, intentó apartarse de su cuerpo frágil sin conseguirlo, pero tampoco deseaba hacerlo.

Olió su aroma intentando retenerlo en su memoria, para no olvidarlo nunca, y cogió el peine de plata que descansaba en el tocador para poner orden en la maraña de cabellos que cubría su pequeña cabeza.
Alisó su pelo, tocó los mechones finos deslizándolos entre sus dedos, sedosos y suaves, los hubiera estado tocando toda una eternidad. Acercó la boca a su pequeño oído y empezó a cantarle la vieja nana que aprendió siendo niña de labios de su obâsan:

Quiso alcanzar la flor de Sakura
Y no lo consiguió
Quiso alcanzar la mariposa
Y no lo consiguió
Quiso abrir la mano y atrapar al ruiseñor
Y no lo consiguió
Pidió ayuda a los dioses para alcanzar las nubes
Y el Sol respondió:

"Niña bonita, Blanca Luna,
Tu mano inocente mecerá mi cuna"

Y la mano de Luna acarició el Sol
Y se sintió segura
La flor de Sakura, la mariposa y el ruiseñor
Cayeron en su regazo
Regalo de amor


Se desprendió del kimono y la abrazó con la suave seda, protegiéndola del frío.
Volvió a mirarla y acarició su carita, sus ojos rasgados se rendían a la llamada del sueño. La pequeña inclinó la cabeza hasta que descansó sobre su pecho y cerró los párpados poco a poco.
La acunó despacio, con un lento balanceo del cuerpo y del corazón, sintiendo su respiración lenta y acompasada.
Y continuó cantando la vieja nana:

Quiso alcanzar la rosa
Y no lo consiguió
Quiso lanzar un beso
Y no lo consiguió
Quiso abrir la mano y atrapar el calor
Y no lo consiguió
Pidió ayuda a los dioses
Y el frío alejó

La rosa, el beso y el calor
Cayeron en su regazo
Y el mundo cambió

Mi Blanca Luna, mi ruiseñor
Volando en el cielo
Estaremos tú y yo


La sombra del Sakura cobijó sus cuerpos dormidos...


HAHA: Madre (sentido cariñoso)
MUSUME: Hija (sentido cariñoso)
OBÂSAN : Abuela
SAKURA: Cerezo
KIMONO: Vestido tradicional japonés

Este relato está dedicado a Mª Dolors García Pastor (La Bruja de Clará, el enlace lo encontraréis en el lateral, espacio "Occidente") y a su hija Lluna (Luna), por despertar mi inspiración. Gracias con todo cariño.

Este relato está protegido y es propiedad de su autora

viernes, 16 de octubre de 2009

KOKORO



Kakikurasu
Kokoro no yami ni
Madoiniki
Yume utsutsu to wa
Yohito sadame yo


A través de la sombra más negra
De la oscuridad del corazón deambulo
Desconcertada
Tú que conoces el mundo del amor, decide:
¿Es mi amor un sueño o es real?







Los campos de arroz tornaron su color original a un dorado resplandeciente, reflejo de los últimos rayos del sol, ardiente y cálido. Las amapolas que nacían a lo largo del camino se ruborizaron de tal forma, que sus pétalos se quemaron en un infierno de sensualidad y pasión, y el verde de la hierba oculta bajo los granos de arroz brilló como piedras preciosas en el corazón de una cueva oscura ignorada por el tiempo.
El latido de la Tierra y de los campos salvajes comenzó a vibrar con un movimiento lento, presagiando la unión de las almas, de los cuerpos y de las vidas.

Las nubes, alborotadas en el inmenso cielo, el tiempo, dueño del momento, todo pasaba deprisa despreciando los segundos, los minutos... el cielo cambiaba sus colores, no podía retenerlos, los suaves colores se escapaban...
Oh, mi amor!, detén el tiempo!
Sintió unas manos fuertes apretando su cintura, recorriendo su piel hacia el centro de su gravedad, y ella quiso ver más colores... sorairo, akai, kîroi, pero no quiso suplicar más, no podía suplicar más...

Su captor, su dueño en ese instante primitivo era su iro, su único color, el ser de otro tiempo que la retenía junto a su corazón, cerca muy cerca de sus latidos.
Ella sólo quería ver colores y sólo veía el masshiroi, el blanco puro que envolvía su respiración en el frío de la tarde.
Quiso seguir la luz que apagaba las sombras de su propio corazón, quiso continuar la senda de los latidos marcados por su compañero, y encontró el tiempo detenido en sus sentidos, el mismo que hacía unos momentos pasaba tan deprisa y tan implacable y sintió los olores, los suaves roces de la seda de su kimono desapareciendo.

Volvió a sentirlo, sus manos, sus latidos, esperándola, llamándola, y el corazón del hombre volvió a colmarla con su temblor, su calor, su sangre y su fuego.
Sus ojos se abrieron como abanicos danzando al compás de una kouta de amor y reflejaron en sus pupilas el pulso del instante único que la hizo temblar, del ataque sensual al centro de la plenitud, extendiéndose como suaves olas en un mar fiero y embravecido.
Y sintió un nuevo latido con un nuevo temblor, llegando sin piedad, dentro muy dentro, queriendo más y más, avanzando con el tiempo, como energía en expansión cabalgando en un rojo resplandor que estallaba convirtiéndose en los colores vivos del universo que buscaba...

Cerró los ojos con fuerza y cuando los abrió de nuevo, Niji estaba allí, cruzando su cielo. Los latidos de su corazón fueron calmándose poco a poco, acompasándose al ritmo más lento de su respiración, antes entrecortada, lentamente, uniéndose a la tranquilidad y la quietud del momento en que su mirada se acostumbró a la oscuridad que empezaba a reinar tras la puesta del sol, en el cielo en el que volvió a encontrar su orígen y en los brazos donde se hallaba su final.
Su corazón percibió el lazo de unión profunda con el corazón del hombre que era su universo.
Eran dos colores vivos en un arco iris , en un cielo únicamente suyo, donde crear nuevos matices de una nueva y hermosa vida.

Se miraron a los ojos y los corazones volvieron a latir...

KOKORO : Corazón
SORAIRO : Color azul celeste (del cielo)
AKAI : Color rojo
KÎROI : Color amarillo
IRO : Color
MASSHIROI : Color blanco puro
KIMONO : Vestido tradicional japonés
KOUTA : Canción corta tradicional japonesa
NIJI : Arco Iris


Este relato es propiedad de su autora y está protegido

lunes, 28 de septiembre de 2009

KIMI O AI SHITERU


Yugure wa
Kumo no hatate ni
Mono zo omou
Amatsu sora naru
Hito wo kou to te


A la hora del ocaso
Las nubes se alinean como estandartes
Y pienso:
Esto es lo que significa amar
A uno que vive más allá de mi mundo





"Amo a un hombre único, tierno, poderoso y salvaje."
"Amo porque mi corazón me susurra que debo amar, deber que se impone a mi razón."
"Amo a un ser libre que no debe nada a nadie y que vaga errante dejando surcos en mi alma, vientos en mi cara, mariposas de vivos colores en mi vida solitaria."
"Amo, porque debo amarlo..."

Los campos de arroz estaban preparados para dar su fruto y los colectores venidos de todas las provincias circundantes se afanaban en buscar su sustento, ofreciendo sus manos y su trabajo.
Los hombres se dispersaron en las cuatro direcciones del viento, con pasos firmes y rápidos y agradeciendo a los dioses el resultado de sus esfuerzos a lo largo del duro año.

Takeshi, el recién llegado, terminó sus oraciones y se levantó el último, dejando que sus compañeros avanzaran primero hacia los campos abiertos, donde descansaba el preciado arroz.
Sus pensamientos eran oscuros e impenetrables, sumidos en la neblina de otros tiempos, en recuerdos de otra clase de servidumbre.
Tiempos de guerra, de luchas, de vencidos y vencedores.
Tiempos de cambio de otra clase de esclavitud.

En mitad de sus evocaciones sobre un pasado cercano, alzó su mirada perdida y vio flores hermosas empezando a brotar a los lados del camino.
Una de ellas era diferente, más bonita que las demás, más enigmática y fragante, más llena de vida...
Miró a la mujer que caminaba entre la hierba húmeda, sus pies enredándose con los tallos de amapolas en flor, y con su sombrero de forma cónica ajustado en la cabeza, propio de las mujeres del campo.
Sus ojos... no podía distinguirlos con la claridad reinante del sol, pues los cubrían la sombra que le proporcionaba la paja que formaba el entramado de su sombrero de laboriosa trabajadora del arroz.

Takeshi detuvo su marcha y se quedó absorto, mirándola, rogando por que la mujer alzara la cabeza y lo mirara a su vez.

Ella era Kiharu, la noble dama que un día vistió kimonos de seda, la que perdió un mundo de antiguo esplendor. La que no reclamaba nada de lo que antaño fue suyo, sino la que agradecía el solo hecho de continuar viva.

Y en su ensoñación sintió una mirada cálida traspasando su viejo sombrero que le cubría los ojos, y sintió el impulso de alzar la cabeza y observar qué era lo que provocaba una reacción insólita en la mujer a la que todo le resultaba indiferente.

Así que, lentamente, echó el cuello hacia atrás y miró al horizonte...
Vio al hombre cercano a ella, al Ronin que la miraba descaradamente pero con respeto. A ella, una gran dama, o lo que quedaba de ella, en mitad de aquellos campos salvajes.

Sintió un repentino fuego abrasando sus pies, sus finos tobillos, sus muslos, su pecho, instalándose definitivamente en su rostro, tiñéndolo de un rubor sofocante y dejándola sin aliento.

El hombre de pelo largo, negro y brillante, que la miraba, que tenía frente a frente, despertó en ella, con sus negros ojos, un sentimiento único que desconocía, y sus manos comenzaron a temblar, lo que hizo que las escondiera tras la espalda.

El guerrero sin rumbo continuó mirándola, dejando que sus sentidos siguieran conociéndola, incomodándola, vagando por sus curvas como los rayos del sol pasean sin permiso a través de los rincones del mundo.
Porque para él, ella ya era su mundo.

Kiharu recobró la cordura y ordenó a sus piernas dar media vuelta y correr hacia la seguridad de su pequeña habitación, en la que se refugió, cerrando la puerta con fuerza, recostándose en ella y respirando con dificultad.
Mientras intentaba desprenderse de la mirada de aquel hombre atrapada en su piel y movía su cuerpo intentando escapar del sentimiento extraño que ocupaba ahora su corazón, le pareció recordar un brillo extraño en los ojos del ronin y el esbozo de una media sonrisa en sus labios.

Sus ojos... su sonrisa...

Todos los días a partir del encuentro transcurrían del mismo modo, en el mismo punto del camino, a la misma hora, los mismos minutos, bajo el mismo sol, bajo el influjo de los mismos sentimientos, día tras día...

La recolección del arroz tocaba a su fin.
Cuando el último grano fue recogido y almacenado, los trabajadores de los campos organizaron una gran fiesta.
Takeshi se miró al espejo que presidía su pequeña habitación y ordenó su negro cabello recogiéndolo en una cola de caballo, alisó sus ropas con sus callosas manos de duro trabajo y dura lucha y colgó en su cintura a sus fieles compañeras, su katana y su wakizashi, amigas en antiguas batallas.

Kiharu se miró en el espejo, herencia de sus antepasados, se ajustó el obi y enfundó en su cintura su naginata.

Ambos, hombre y mujer, salieron de sus humildes aposentos y se alejaron del ruido ensordecedor producido por la alegría del final de la cosecha.
Ambos, hombre y mujer, se dirigieron al punto de encuentro donde se conocieron, atraídos por un imán invisible, poderoso e irresistible.
Llegaron al mismo tiempo y se detuvieron en el mismo instante.

Takeshi habló:
- Soy un ronin, un paria, un errante sin Señor, sin hogar y sin futuro. No puedo ofrecerte, prometerte, ni darte nada, salvo mi vida, mi corazón y mi último aliento. -

Kiharu sostuvo su mirada y respondió:
- Soy una desterrada, mi mundo terminó y estoy sola. Soy una mujer abandonada y sólo puedo darte mi alma, mis pensamientos y mi último suspiro. -

Finos copos de nieve comenzaron a inundar los campos, pero un fuego abrasador inundó sus miradas.
Todo se lo habían dicho, y todo fue entregado.
Se acercaron el uno al otro como nunca antes se habían atrevido a acercarse, y se despojaron de sus armas, de sus ropas, uniendo sus vidas errantes, sin patria.

Su único país y universo fue el que ellos construyeron esa misma noche.
En el silencio, uno de los dos, o ambos, quién sabe, pronunció "kimi o ai shiteru".

Sus caminos perdidos se encontraron en un cruce sin retorno...

KIMI O AI SHITERU : Te quiero, te amo.
RONIN : Samurái que ha perdido al Señor al que sirve y vaga errante ofreciendo sus servicios como mercenario.
KATANA : Sable largo, espada del samurái.
WAKIZASHI : Segunda espada, más corta, que acompaña al samurái.
OBI : Cinturón que sujeta el kimono.
NAGINATA : Espada corta utilizada por las mujeres samurái.


Este relato es propiedad de su autora y está protegido