O-KAERI NASAI

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lunes, 31 de mayo de 2010

RAN. Capítulo XXII. "TSUNAMI" 津波 El Sonido del Agua



Utagu na
Ushi wo hana mo
Ura no aru

En la bahía
También la primavera
Flores de olas





Kamikaze galopó como el viento, con furia y ansiedad, haciendo honor a su nombre como nunca jamás lo había hecho. El caballo respiraba con fuerza, bajaba la cabeza para ser más rápido; sus zancadas eran largas y majestuosas, sorteando obstáculos, saltando cuando el terreno se elevaba, doblando su cuerpo con cada recodo del camino. El animal percibía la presencia de la concubina, su olor familiar y corría, volaba tras él.
Takeshi contenía la respiración, su corazón a punto de estallar en mil pedazos por el encuentro de mil sentimientos: dolor, alegría, incertidumbre, esperanza...amor. Un amor que logró transportarlo a la locura y que dolía, le dolía hasta el alma, le dolía sólo con mirarla, pero más que nada le dolía llegar a perderla fuera como fuera.
"Nantonaku", pensó el samurái. El juramento que hizo días atrás. "Te encontraré, de alguna forma, sea como sea". Y quería creer que ese juramento se había cumplido.

Hanako permanecía en el lago, absorta en sus sentidos. Ella olió a su hombre, lo sintió cerca, muy cerca, casi tocándola. El viento continuaba su alianza y le transmitió nuevamente el aroma. La Flor cerró los ojos y permaneció a la espera, segura que Takeshi vendría; debía haber escuchado su llamada, su súplica, su deseo de volver a verlo. El agua del lago se enfriaba con la llegada de la noche y la madre Luna se reflejaba en su superficie. Pero no sintió frío, al contrario. Un repentino calor se apoderó de su cuerpo y una dulce languidez lo hizo con su cerebro y su corazón. Esperaría lo que hiciera falta, incluso toda la eternidad si era necesario.

Kamikaze se detuvo bruscamente a escasos metros del lago. Mizûmi estaba hermoso bajo la luz de Mangetsu, la luna llena, y las ramas de los árboles próximos a la orilla besaban sus quietas aguas. Takeshi estaba maravillado y se aproximó sin hacer ruido. Pero lo que le conmovió, sin duda, fue la imagen de la más bella flor que jamás se deslizó por su superficie.
Era ella...Hanako...ella, por fin, allí estaba, a unos pasos de él, más hermosa de lo que recordaba, como una aparición sobrenatural bajo la luna, aparición que le encogía el alma.

La Flor escuchó un ruido proveniente del bosque, el crujido seco de una rama al pisarla, o quizás el eco de la llamada de un ave. Por unos instantes el temor volvió a aparecer como una sombra aparece en la luz; pero el silencio volvió de nuevo, haciendo incluso un ruido ensordecedor. Miró en todas direcciones, buscando el orígen, buscando al soldado. Su cuerpo se agitó al comprender que la vibración del agua que empezaba a llegar a ella en ondas suaves, correspondía a algo que acababa de sumergirse en el lago.








Takeshi no podía ya continuar esperando. Haciendo esfuerzos para mantener la mirada en la mujer, fue desprendiéndose con violencia de la armadura, sin ritual, podía prescindir de él en ese momento, pero no podía dejar de satisfacer el deseo de acariciar aquel cuerpo hermoso y desnudo que se adivinaba bajo la superficie. Se introdujo en el lago con pasos lentos para no alertarla y sumergió por completo su cuerpo bajo el agua.

El corazón de la concubina latía como una manada de potros desbocados, cuyas pezuñas parecían hacer retumbar el agua a su alrededor. Las ondas se tornaron más fuertes, más intensas y más rápidas, hasta que algo, no sabía el qué, salió a la superficie tras su espalda.
No se movió, ni tan sólo respiró, con el corazón en un puño. Una presencia respiraba tras ella, sintiendo el aliento en su nuca. Una mano poderosa aferró su cintura y la apretó contra un cuerpo duro como la piedra. Otra mano acarició su garganta y bajó hasta su pecho, acariciándolo. El aroma volvió con una fuerza inusitada que se agolpó en todos sus sentidos y todo su ser. "Bienvenido, amor", susurró, y se abandonó a las caricias que despertaban en ella la alegría de vivir.

El olor de su pelo, la suavidad de su piel, sus pequeñas manos sobre las suyas guiándole en las caricias, dirigiendo su contacto. Todo ello estaba volviendo loco a Takeshi, enfebreciéndole y haciendo que su deseo aumentara como un tsunami, dispuesto a arrasar con todo, con el lago, con el bosque, con Hiei y hasta con el mismo Imperio.
Con furia, agarró su pelo y la obligó a echar la cabeza hacia atrás para besar sus labios, dulces como el cerezo, ácidos como el limón, labios que se abrían para absorver toda la esencia del hombre que la amaba en ese instante, ahora y para siempre. La Flor abrió sus pétalos una vez más para él, pero esta vez fue diferente. El ansia y la separación los consumía en un fuego que no podía apagarse, ni las aguas que los rodeaban tenían poder para hacerlo. Hanako enfrentó su mirada a la de Takeshi y lo que vio en ellos la subyugó, la esclavizó por siempre a él y la hizo creer en un paraíso de felicidad sin fin.
Takeshi vio en los ojos de Hanako la promesa de un amor incondicional, fiel hasta las puertas de la muerte y más allá. La tomó en sus brazos y se introdujo en ella sin dejar de mirarla, sin apartar sus ojos de su rostro.
Ellos mismos provocaron un maremoto en el lago. Mizûmi apartaba sus aguas de ellos para dejarles espacio, las olas golpeando sus cuerpos. Hanako se arqueó para ofrecerle sus pechos y Takeshi los acarició con su boca, con sus manos. Se acoplaron como dos seres fundidos en fuego, como las partes de una katana, partes que nadie puede desunir, ni el mismísimo transcurso del tiempo; se movían al compás meciéndose en las aguas, embistiéndose el uno al otro, saboreándose con delicadeza y con violencia a la vez.
Los gemidos resonaron en el viento y el bosque guardó un profundo silencio.

Se amaron con tanta pasión que sus ecos perdudarían toda una vida.
Incluso toda la eternidad.


TSUNAMI 津波 : Maremoto. Ola gigante originada por un movimiento sísmico.

Haiku:
Matsuo Bashô (1644-1694). Traducción de José María Bermejo.

Este relato es propiedad de su autora y está protegido.

sábado, 29 de mayo de 2010

RAN. Capítulo XXI. "KAORI" 香り. El Aroma del Viento.



Aki no kure
Hi ya tomosan to
Toi ni kuru

Tarde de otoño:
"¿No es hora ya, pregunta ella,
de encender el fanal?"

Algún día...
Tumbarme y desaparecer
Entre la hierba

Kotori





El bosque parecía aliarse con Hanako, no en vano era considerada una hermana a la que proteger: una flor entre árboles y matorrales, suave y delicada entre los arbustos y enredaderas. Debido a ello, la gran sabiduría de la montaña ocultaba y escondía los pasos de Hanako, disimulándolos, creando una barrera entre la mujer y sus perseguidores, moviendo la tierra, haciendo crecer la maleza tras ella, levantando nubes de polvo barridas por vientos invisibles. La Madre Tierra cobijaba a una de sus hijas otorgándole ventaja sobre sus enemigos, dificultándoles el paso y obligándoles a tomar la ruta equivocada. Pero esa alianza entre la Tierra y la Flor dificultaba también el avance de Takeshi y sus hombres, cada vez más deseperados, más inquietos y más desesperanzados. Todos se preguntaban si en realidad la hallarían viva, pues habían transcurrido muchas horas desde su desaparición.
Pero no contaban con la protección de Hiei y de sus moradores.

Los hombres de Ashikaga emprendieron una búsqueda paralela a la de Takeshi. Sus órdenes eran encontrar a la concubina viva, o muerta, en cuyo caso su cuerpo sería venerado en Shinda, la Cámara de los Muertos, con los mismos honores y respetos que una esposa de la realeza. El Shogún mantenía la esperanza. Hanako era una mujer fuerte, muy fuerte. La había observado muchas veces en sus entrenamientos con la naginata, la gran espada curva, y sabía que era capaz de sobrevivir a las peores circunstancias. Ahora lo haría, volvería a verla con vida y de eso no albergaba duda alguna.

Hanako se hallaba agotada, exhausta de llevar tantas horas caminando sin tregua, por el afán de escapar de sus perseguidores. Tenía los labios secos y le dolía enormemente la cabeza; el golpe contra el muro como consecuencia de la bofetada de Kasumi inició el terrible dolor, después el golpe contra las rocas del acantilado hizo el resto, y sentía como si un volcán hubiera comenzado a erupcionar dentro de su cerebro. Al menos la sangre había dejado de manar pero comenzó a sentir frío. Sus ropas estaban desgarradas por todo lo que le había sucedido, y apenas la protegían de las bajas temperaturas que indicaban la llegada de la noche.
Vagaba sin rumbo y lo único que deseaba era echarse sobre la tibia tierra que aún guardaba los rayos del sol de aquel día, ¿el último quizás?, se preguntó. Pronto desechó la idea: no podía hacerle esto a Takeshi, ni a ella misma, que deseaba vivir más que nada en el mundo, tener una vida larga y próspera con el samurái y darle hijos.






El cegador rayo del sol de poniente que se reflejaba en una superficie cristalina llamó su atención...un lago en mitad de su huída; decidió introducirse en él, aún cálido, y desprenderse de la suciedad acumulada. Lentamente se aproximó a la orilla y se despojó de sus raídas ropas, doblándolas con cuidado, pues no disponía de nada más para cubrirse. Empezaba a disfrutar del agua cálida, del aroma a humedad, cuando sintió miedo. Aquel lago era Mizûmi, el lago donde Kasumi había instalado su campamento, todo empezó a serle familiar, "dioses, he estado dando vueltas para volver a las puertas del Infierno..."

Kasumi seguía buscando a la concubina, pero se encontraba muy lejos del lago, creyendo que la joven debía estar a las puertas de Kyoto si no se había roto el cuello antes. Continuó su camino rogando a los dioses, pidiendo encontrarla o su cabeza terminaría rodando por los suelos sin piedad.

Takeshi y los hombres Ashikaga, junto a los soldados Yanama y Hosokawa, decidieron unir sus fuerzas; una única mujer había conseguido lo que años de ambiciones y batallas no habían conseguido: unir a los tres clanes más poderosos de aquellos tiempos en un objetivo común.
Takeshi decidió, junto con Taro y los generales de las tres grandes familias, repartirse el territorio de Hiei para continuar buscando.
Los Hosokawa irían hacia el norte, Yanama al sur, Ashikaga al este y Takeshi y Taro hacia el oeste, de vuelta al campamento de Kasumi.
Una vez tomada la decisión, todos emprendieron la marcha, deseando buena suerte y buen camino a los demás.

Tras un rato de reflexión, Hanako se tranquilizó. Kasumi a estas horas estaría lejos, no se le ocurriría volver a buscarla al campamento, no sería tan idiota, o quizás sí. Rezó a los dioses por una señal, algo que le indicara que estaba a salvo.

Takeshi y Taro llevaban horas cabalgando. Hoshi estaba muy cansada y necesitaba dormir. Taro preparó una tienda y convenció a la sirvienta para que descansara un rato. Pero Takeshi sólo deseaba continuar, debía hacerlo, a pesar de hallarse agotado. Taro intentó convencerlo de lo contrario, no podían seguir en esas condiciones y le animó a desmontar de Kamikaze. Takeshi lo hizo y se quitó el kabuto, el casco protector. El aroma de sándalo e incienso de las hierbas que Hanako colocara en él empezó a flotar en el aire. El viento respondió al aroma y supo que debía transportarlo hacia la Flor. De repente una fuerte brisa se alzó en el monte y todo lo que se hallaba suspendido en el espacio sintió el impulso de alcanzar el lago Mizûmi y todo lo que en él se encontrara.

La Flor continuaba disfrutando de las tranquilas aguas cuando de pronto su olfato distinguió un olor familiar, más allá del olor del bosque y de la tierra húmeda. "Takeshi...estás cerca...".
-¡Takeshi!,- gritó haciendo temblar las hojas de los árboles.
Más allá, a lo lejos, el soldado percibió el grito de ansiedad llamándolo en la distancia. Corrió hacia su caballo y salió disparado en frenético galope.
Taro se quedó con la boca abierta, sin saber qué ocurría.

KAORI 香り : Perfume, aroma, fragancia.


Haiku:
Ochi Etsujin (1656-1702). Traducción de Eduardo Moga.
"Algún día". Mercedes Pérez Collado -Kotori-. "El Reflejo de Uzume".

Este relato es propiedad de su autora y está protegido.

miércoles, 26 de mayo de 2010

RAN. Capítulo XX. "YAKUSOKU" 約束. El Honor de una Promesa


Tabi ni yande
Yume wa kareno wo
Kakemeguru
En el camino, la fiebre:
Y por mis sueños, llanura seca,
Voy errante


Cielo, nubes, tierra, piedras, otra vez cielo, otra vez tierra...Hanako caía, su cuerpo rodaba atrapando los matices de la montaña, más rápido, más violentamente, caía...sentía arañazos por toda su piel y le dolía la reciente cicatriz en la espalda, pero a cada nueva vuelta, a cada nuevo giro, se alejaba más y más de sus enemigos; rogaba al cielo, cada vez que sus ojos se encontraban con él, que algo, lo que fuera, detuviera aquella caída sin fin, sintiendose insegura, percibiendo el zarpazo de la muerte si aquel vértigo no se detenía de una vez. Por fin, chocó contra las duras piedras del acantilado y sintió el aroma del mar, lo único que se adueñó de sus sentidos antes de caer en la inconsciencia.

Taro y Hoshi se abrazaron y acariciaron mútuamente, después de haber experimentado su primera noche juntos; se adoraron con los ojos, las manos, las bocas, suspirando por tenerse de nuevo una y mil veces, toda la eternidad. Pero el presente seguía allí y fueron conscientes de ello. Takeshi estaba desesperado y debían buscar al objeto de su procupación, que era también la de ellos.
-Pongámonos en marcha de una vez, vamos a buscarla,- Taro habló a Takeshi con profunda seriedad.
-Taro, no sé...dónde buscarla, y tengo miedo de no hallarla.- Takeshi estaba agitado, triste.
-La encontraremos, lo juro por el honor de mi familia, te lo juro, amigo mío.
El joven samurái miró a los ojos al veterano general y supo, ciertamente, que lo que decía era verdad y que pondría en juego su honor para cumplir su palabra.
Pronto, se organizaron para batir el bosque en busca de la concubina, todos con los cinco sentidos en alerta, hombres y caballos; el instinto de cualquiera de ellos serviría para encontrar a la Flor de Oriente, si los dioses así lo quisieran.

En Kyoto las cosas se sucedían deprisa. El Shogún Ashikaga estaba nervioso, muy nervioso con el relato de los últimos acontecimientos. El general Nakamura, su hombre de confianza tras la muerte de Kazuo, le informó de los sucesos con calma, comenzando por el hecho cierto del secuestro de la concubina, la alianza entre los dos clanes enemigos para buscarla, y la traición evidente de Kasumi. Ashikaga se enorgullecía en secreto de la unión de Yanama y Hosokawa. Seguirían en guerra, por supuesto, cada clan defendiendo sus intereses, pero resultaba obvio que esa desunión y esa lucha acabaría por acercarlos a todos, contribuyendo al nacimiento de un nuevo y gran país. Rezó en silencio por Hanako; si bien las tradiciones acercaron sus vidas, él ya se sentía viejo para tomar una nueva esposa. Sólo la aceptó por continuar con esa maldita tradición, pero la consideraba como a una hija, la que nunca tuvo, y deseaba que Takeshi la hiciera feliz, y que apreciara a la gran mujer que se escondía tras una bella apariencia.
Ashikaga escuchaba las palabras de Nakamura, pensando en las próximas decisiones que debería tomar. Alzó la cabeza, que hasta entonces había permanecido inclinada al suelo y habló con dureza:
-Quiero a Kasumi, y lo quiero vivo. Debe darme explicaciones antes de que su cabeza ruede por el suelo. Yo mismo seré su kaishaku, así se me condene al Infierno. Pero el traidor debe pagar, debe morir por todo lo que ha ocasionado. Y quieran los dioses que Hanako se halle a salvo, de lo contrario El Hijo de la Niebla sufrirá una muerte lenta, muy lenta. Lo juro por mi honor.
Nakamura se inclinó en una profunda reverencia, señal de respeto al Shogún, y sonrió antes de alzar su cabeza.

Y el Honor fue lo que llevó a Ashikaga a movilizar a sus hombres, porque le debía a Hanako sus horas de celebración del chanoyu, la ceremonia del té, sus danzas, sus canciones, su compañía. Debían encontrarla, fuera como fuera, con la ayuda de los dioses, adentrándose en el Reino de la Niebla, conjurando a los elementos, partiendo el bosque en dos si era necesario. "Hanako...mi Flor...cuida tus pasos", susurró el gran Shogún antes de perderse en los pasillos del palacio.



Hanako despertó magullada y aturdida. Sacudió la cabeza para despejarse y todo comenzó a dar vueltas...cielo, tierra, cielo...Todo era confuso pero se obligó a aclarar la mente; su cerebro empezó a funcionar con claridad y recordó lo sucedido. Debía ponerse en marcha, buscar una salida. Escuchó ruidos procedentes del bosque, los hombres de Kasumi la buscaban. Presa del terror buscó con dificultad un camino que la alejara del lugar y de aquellos hombres. Sintió una punzada en la sien derecha y alzó la mano para tocar su cabeza. La sangre se enredó en sus dedos, cubriéndolos en toda su superficie. "No es nada", pensó, "debes continuar, marcharte de aquí, ahora!". Y sus pies obedecieron a su mente aturdida, buscando, anhelando una salida.

Taro oteaba el horizonte. La Flor no podía estar lejos, lo intuía. Hoshi dormía apoyada en su espalda, ambos sobre el caballo. "Dulce Hoshi, mi amor...". Se distrajo para pensar en la estrella y pronto volvió a la realidad. Takeshi cabalgaba a su lado, su aspecto no dejaba lugar a dudas de que pasaba uno de los peores momentos en su vida. Le apenaba verlo así, ahora más que nunca, cuando él había encontrado a su amor y había gozado. La vida era cruel, pero mantuvo silenciosamente la promesa que le hizo a su amigo de encontrar a la mujer que amaba, costara lo que costara, aún su propia vida cargada de dolor, batallas y cicatrices.
Palabra de samurái.
Mientras, Takeshi se abandonaba a su tristeza: "yakusoku wa iranai", pensaba, repitiendo la frase como una letanía sin fin.


YAKUSOKU  約束 : Promesa.
KAISHAKU :  Asistente en el suicidio -seppuku-. Su misión era permanecer de pie al lado del practicante y decapitarlo en el momento apropiado.
YAKUSOKU WA IRANAI  約束は要らない  : "No necesito promesas".

Haiku:
Matsuo Bashô (1644-1694). Traducción de Osvaldo Svanascini.

Este relato es propiedad de su autora y está protegido.

lunes, 24 de mayo de 2010

RAN. Capítulo XIX. "NAKIGOE" 泣き声. El Lamento del Samurái


Tsuyu chiru ya
Musai kono no yi
Yô nashi to

Muere el rocío:
En este sucio mundo
¿Qué puedo hacer?

Flor de tristeza
Que se abre cuando el llanto
Del cielo empieza







Los dos amigos se miraron el uno al otro sin acabar de creerse que todo terminara así, sin un rastro, ni una miserable pista del destino de Hanako y Kasumi. Takeshi bajó la cabeza abatido y lloró desesperado. Taro le agarró del hombro transmitiéndole su afecto y Takeshi respiró hondo, muy hondo,  para terminar expulsando el aire en un grito de furia incontrolada. Las hojas muertas que aún descansaban en las ramas de los árboles empezaron a caer despacio, producto de la vibración del sonido y se deslizaron suavemente, meciéndose en la brisa, para cubrir las cabezas de los allí presentes.

En el momento del ataque Kazahaya supo que debía huir de inmediato, pues se encontraba tan borracho por culpa del sake que no hubiera podido defenderse, ni tan solo hubiera podido desenfundar la espada y mucho menos luchar y detener los golpes del rival; a decir verdad, hubiera huído de igual modo estando sobrio, su cobardía era ilimitada. Dejó a algunos de sus hombres en el campamento para que hicieran frente a los atacantes, conociendo que muchos se hallaban en pésimas condiciones debido al alcohol. Pero ese detalle para él, el genial estratega, no tenía la mayor importancia y abandonó a los miserables soldados en un último acto de traición.
Se detuvo frente a la tienda de las mujeres para alertar a Kasumi, era su superior y a él sí debía dar cuenta de los acontecimientos, pero no por lealtad, ya que no conocía el significado de esa palabra, sino por el temor a ser obligado a cometer seppuku si las cosas se torcían para su comandante en jefe. La escena que presenció le dejó atónito: ¡la mujer acababa de propinarle una durísima patada en la mandíbula a Kasumi, la muy perra!. Corrió hacia ella y logró sujetar su cuerpo, a punto de abalanzarse sobre el hombre estirado en el suelo. Ató sus manos y la condujo al exterior, donde uno de los soldados que lo acompañaban la obligó a subir a su caballo; consiguó despertar de la semiinconsciencia a Kasumi y le relató lo sucedido en el campamento. El Hijo de la Niebla se despejó de inmediato y se frotó la cara dolorida, ordenando la partida sin entretenerse ni un sólo minuto.
Kasumi y Kazahaya, portando como rehén a Hanako, abandonaron el lugar con una escolta de cinco hombres más.

Todos, absolutamente todos los hombres  Yanama y Hosokawa estaban desolados...la concubina había desaparecido y nada encontraron que delatara dónde la habían llevado, pese a que peinaron todo el perímetro del campamento minuciosamente. Únicamente hallaron un menuki, una réplica exacta de aquellos que Hanako regalara un día a Takeshi para que adornaran a Jigoku como amuleto portador de una valiente existencia como soldado. Takeshi apretó con fuerza el pequeño metal símbolo de las flores, perteneciente al emblema familiar de Hanako, y tanto apretó, que de su mano comenzaron a brotar hilos de sangre samurái.

La Flor estaba en estado de alerta, buscando la oportunidad de escapar como fuera de sus captores. Miraba a un lado y a otro buscando una salida a su situación, dado que no deseaba conocer el terrible destino que imaginaba para ella en compañía de aquellos demonios del Infierno. Le dolía terriblemente la cabeza debido al golpe sufrido durante su forcejeo con Kasumi...si hubiera tenido en sus manos la wakizashi que le regalara Ashikaga, ahora el Hijo de la Niebla estaría perdido en la Morada de las Almas Castigadas, el lugar a donde iban a pasar la Eternidad las almas infames, merecedoras de una vida de sufrimiento.
Casi al despuntar el alba, Hanako percibió más que vió debido al cansancio, que por la senda que transitaban apuntaban pequeños caminos espesos de follaje pero que conducían hacia alguna parte; decicidió que podría animar al caballo a adentrarse por alguno de esos caminos inhóspitos. Era un riesgo, sí, pero peor sería continuar hacia el cruel destino que suponía en manos de aquellos hombres.




Taro consoló a Takeshi como solo un hermano de armas podía hacerlo.
-Takeshi-san, la encontraremos.
-Creo que los dioses nos han abandonado hace tiempo.
-No es cierto y lo sabes. El clan Yanama ha ganado una gran batalla, la primera, porque bien intuímos que habrán más, esto no ha terminado. Pero Hanako no tiene nada que ver con esta guerra.
-Tú lo has dicho, Taro, nada tiene que ver, pero está en el centro de ella.
Y una vez dichas las palabras que eran tan ciertas como el sol que ilumina los cielos de su Tierra, Takeshi sintió una convulsión dentro, muy dentro de su corazón.  Y por primera vez en su vida, no supo qué debía hacer.

En el recodo que giraba hacia la izquierda del sinuoso camino, Hanako intuyó que ésa era su oportunidad. Acicateó al caballo clavándole los talones en los flancos y éste, sorprendido tras horas de caminata en calma, alzó los cuartos delanteros y se encabritó malhumorado por perturbar su tranquila andadura. Pero no corrió como Hanako esperaba, sino que la lanzó hacia atrás haciéndola perder el equilibrio. Sus manos atadas a la espalda la impedían agarrarse a la montura, a las riendas, a las crines del enfadado animal. La joven se sintió caer golpeándose contra las piedras del camino, enredándose en zarzas y arbustos, cayendo por la ladera del monte, como en una rueda sin fin, desapareciendo en la garganta del desfiladero próximo al mar...

Kasumi maldijo por todo lo alto, escupiendo rabia e indignación.
-¡Maldita perra!. Por todos los dioses de mi familia, espero que se haya roto el cuello, de lo contrario, le haré pagar esta treta con mi látigo y después le cubriré con sal las heridas.
-No te inquietes, Kasumi,-rió el general Kazahaya.-De seguro que no podrá sobrevivir a la caída.
-¿No entiendes, imbécil, que podemos perder el instrumento más preciado para negociar con el Shogún?. Creo que después de todo no eres tan buen estratega y tu suerte en el Go es regalo de los dioses. Si la perdemos, nuestra posición ante Hosokawa será débil y no tendremos un buen futuro, recuerda que se la ofrecí para que pudiera intercambiarla por los territorios más prósperos del shogunato. Si no conseguimos nuestro objetivo, ya conoces la ira del Señor Hosokawa...seremos hombres muertos y nuestros espíritus jamás alcanzarán la paz.
-Y, ¿qué hacemos ahora?
-¡Envía a tus hombres tras ella, estúpido!, si no deseas que tus tripas acaben rodando por el suelo como lo está haciendo la mujer.
Kazahaya temblaba por las palabras de Kasumi, pero ordenó a sus hombres que descendieran por el camino en el que la concubina había desaparecido.

Hoshi estaba desolada. Taro la observaba desde la distancia. La mujer se arrodilló para rezar a sus dioses y sintió deseos de consolarla, al igual que lo hizo con Takeshi poco antes. Se decidió, tomó aire y fue a su encuentro. Hoshi estaba tan concentrada en sus rezos que no escuchó los pasos que se acercaban tras ella, pero sí sintió su aroma, su presencia..."Taro, mi dulce general", pensó llena de una inmensa emoción que la traspasaba de la cabeza a los pies. Las manos de Taro acariciaron su nuca y Hoshi creyó morir de placer.
No rechazó la caricia y Taro se sintió audaz, tomándola por la cintura y alzándola del duro suelo. Besó su pelo fragante de humedad del bosque, frío como las estrellas portadoras de su nombre; se hundió en su cuello mientras sus manos acariciaban su piel bajo el kimono. La obligó a darse la vuelta para enfrentar sus ojos y la vida se abrió ante él...los labios de Hoshi se mostraron tímidamente, suspirando una caricia que tardaba en llegar. Taro avanzó con sus manos hasta hallar un calor desconocido. Todo el Universo se alió con ellos y la luna quiso cubrir de noche su primer encuentro. Se despojaron de sus ropas sin dejar de acariciarse y el general rindió homenaje a aquellos labios que le reclamaban.
-Hoshi, te amo, mi estrella, te deseo como jamás he deseado a nadie y te necesito en mi vida.-susurró Taro junto a su oído.
Hoshi, respondió plena de pasión:
-Soy tu horizonte y tu luz, tu estrella polar. Sígueme mi noble Taro, sígueme hasta que el amanecer del sol del Imperio apague mi estrella.
Taro se unió a ella y la obedeció como un ciego sigue a su guía en la oscuridad.


NAKIGOE 泣き声 : Llanto
SEPPUKU: Hara-kiri para los occidentales, ceremonia en la que una persona se quita la vida..
TARO : Primogénito varón.
HOSHI : Estrella.

Haikus:
Kobayashi Issa (1763-1827). Traducción de José María Bermejo.
"Paraguas". Alfredo Boni de la Vega -México- (1914-1965).

Este relato es propiedad de su autora y está protegido

jueves, 20 de mayo de 2010

RAN. Capítulo XVIII. "ATARI" 当たり. El Dominio de la Niebla

Shitagau ya
Oto naki hana mo
Mimi no oku
Obedecer
Aún las flores silenciosas
Al oído interior

En total silencio
La sombra rojiza
De la amapola

Kotori


La oscuridad se cernía sobre el campamento, lentamente y los árboles adquirían un aspecto fantasmagórico, como si se transformaran en espíritus dispuestos a atrapar las almas de los mortales que morirían esa misma noche. El general Kazahaya, hombre de confianza de Kasumi y varios soldados, entre los que se hallaban Yami y Usagi, todos desertores del clan Yanama y traidores al Shogún, disputaban tranquilamente una partida de Go; Kazahaya ganaba abiertamente a Yami y reía bravucón mientras tomaba su ya infinita taza de sake.
-Yami, te encuentras en kô, ¡hijo de perra!. Aléjate de mis piedras o morderán tu ojo cobarde*.-Kazahaya apuró la taza de sake y la aproximó al soldado que se encontraba a su derecha para que volviera a llenársela.
-Mi general,-respondió Yami con ira mal disimulada. -prepárate para mi watari, voy a machacarte y no podrás reaccionar ni aunque los dioses te sonrieran con su buena fortuna.-Te lo advierto, no me provoques o probarás la derrota.
Mientras los hombres jugaban, se retaban y bebían sin control, Takeshi y los suyos tomaban posiciones cada vez más cerca de los confiados soldados que, transtornados por el alcohol y bajo el ruido de sus risotadas, no percibían la amenaza que se adueñaba de la noche.

Taro soltó a la mujer, que se debatía furiosa pataleando e intentando agarrar los cabellos de aquel que casi la asfixiaba con su enorme manaza; giró para enfrentarse a aquel energúmeno que había osado tocarla y su brazó quedó inmóvil en el espacio, sin terminar de realizar el golpe previsto. Las piernas empezaron a temblarle de pura alegría y de...algo más. Relajó su cuerpo y la tensión que había experimentado hizo efecto en ella, provocando un llanto que no podía detener.
-Taro, has venido, creí que no volvería a verte,-dijo Hoshi entre lágrimas.
Taro, el veterano general, el hombre que no se amilanaba ante nada y ante nadie, sintió en ese momento una ternura inmensa y una especie de punzada en el corazón. Nunca nadie había llorado ante él sino fuera para suplicar por su vida; nunca nadie lo hizo solo por el hecho de volver a verlo. Se sintió tan conmovido que creyó que él también podría llorar, algo que no hacía desde que era un niño. Observó a Hoshi con el ceño fruncido, preguntándose si la actitud de la sirvienta significaba aquello que él deseaba que significara.
Porque Taro sintió que su corazón se abría con una luz jamás experimentada que podría iluminar su vida como nunca lo había sido antes, dejando atrás la oscuridad de un presente en soledad.
Hoshi se secó las lágrimas con las mangas del kimono y le gritó:
-¡Viejo bruto!, ¿es que no piensas decir nada?
Taro reía, feliz.
-Pero, ¿qué te pasa? Abro a tí mi corazón y tú, tú...¡te ríes! Oh, dioses, no sé por qué siempre me preocupo por tí, no te lo mereces, eres un desastre, mírate como estás, sucio, desastrado, y, y...
Taro la agarró por la cintura y la atrajo hacia sí tapándole la boca de nuevo.
-Shsssss, mujer, ¡cállate, por los dioses!, vas a alertar a todo el campamento. La miró a los ojos y Hoshi se sintió la estrella más perdida del universo. Nunca estuvo tan cerca de Taro, nunca había olido su aroma de verdad, únicamente en la distancia. Era tan dichosa, solo por tenerlo tan pegado y sentir su cuerpo junto al de ella. Taro estaba disfrutando de la situación, del sentimiento que le provocaba Hoshi, ese placer al estrecharla en sus brazos y desear no soltarla jamás.
Taro comprendió en ese momento que amaba a Hoshi y que su corazón pertenecía a la estrella más hermosa del firmamento.

Yami estaba furioso. Kazahaya iba ganándole terreno en el juego y sus piedras se hallaban ahora en una situación comprometida. El general estaba a punto de terminar la partida con su victoria. Realizó su siguiente movimiento y chilló de alegría:
-¡Atari!, ya te tengo, Yami, ya te tengo. Te lo dije, jamás lograrás vencerme.-El general solicitó otra taza de sake, la cual le fue servida de inmediato.
Yami golpeó con fuerza el goban y pidió a su vez más sake. Las piedras volvieron a repartirse para una nueva partida.

En el interior de la tienda las cosas se iban poniendo realmente feas para Hanako. Kasumi intentaba arrancarle el kimono con fuerza, mientras sus brazos la aprisionaban y ella no conseguía poner distancia al hedor de su aliento, un olor a humedad y niebla, a putrefacción, a frío y muerte. La aprisionó contra la dura pared y consiguió arrancarle el obi, el cinturón de seda que mantenía sus ropas ajustadas a su cuerpo. Sus pétalos se abrieron pero no eran para él, no, dioses, la flor no podía abrirse para el diablo. Arañó la cara de Kasumi en un intento por detenerlo, pero éste la abofeteó con rabia haciendo que su cabeza golpeara contra el muro. Hanako estaba aturdida y dejó de forcejear, percibiendo las asquerosas manos del hombre vagar por su cuerpo desprotegido. Se sintió abandonada, "Takeshi, ¿dónde estás?, Takeshi...", si dispusiera de una katana iba a comprobar su furia aquel desgraciado. Recuperó la cordura unos instantes para aprovechar que Kasumi había aflojado su abrazo para tocarla. Dobló la rodilla y le asestó un fuerte golpe en la entrepierna. "Voy a quitarte las ganas, hijo de la niebla", pensó y el soldado se dobló en dos, con el rostro en blanco y jadeando. Cayó de rodillas protegiéndose con las manos la zona dañada y Hanako le propinó una temible patada en la mandíbula haciendo que Kasumi se arqueara hacia atrás y su cabeza golpeara contra el suelo.



Taro escondió a Hoshi donde no pudieran encontrarla los rivales y aguardó a la orden definitiva de Takeshi. El general Tanako, líder de los Hosokawa indicó que estaba preparado.
"¡Atari!"
El grito de guerra resonó en el lago Mizûmi como un trueno en la tormenta, atrapando a los traidores ebrios y sin fuerzas. Aún así, los más sobrios consiguieron desenfundar sus katanas pero apenas podían sostenerlas. Las antorchas que asomaron repentinamente entre la maleza, portadas por el enemigo, no dejaban percibir movimiento alguno. Los traidores fueron asaltados por sorpresa.
Takeshi buscó a Yami, el reto difícil de las tinieblas. El oscuro guerrero fue el que abatió a Hiroshi, el generoso, con su arco infame; fue el que transportó a su fiel compañero al Paraíso y ahora lo tenía frente a frente. Sin dudar ni un instante despertó a Jigoku de su descanso y la alzó hacia el cielo. Cubrió sus ojos con ella aferrándola firmemente con ambas manos. Yami desenfundó su espada y se tambaleó de puro miedo al percibir la furia en los ojos de Takeshi. El golpe que recibió hizo vibrar su negro corazón y supo que ésa era su última noche en la Tierra.
Taro perseguía a Kazahaya, pero sus hombres le cortaron el paso. Usagi salió a su encuentro intentando demostrar un poco del honor perdido defendiendo al cobarde general. Taro se aproximó en calma con el sable apuntando al suelo. Cuando estuvo cerca, giró sobre sí mismo lanzando un grito que hizo temblar al monte. Usagi cayó con la cabeza seccionada.

La batalla fue rápida y únicamente contó con las bajas de los traidores, pero Kasumi no se hallaba en ninguna parte. Kazahaya había huído y Takeshi estaba acongojado, pues no sabía qué había sucedido con Hanako. Taro se aproximaba con la sirvienta detrás y el joven, ansioso, corrió a preguntarle:
-Hoshi, por los dioses, dime, ¿dónde está Hanako?,-preguntó con nerviosismo.
-Mi Señor, la Flor estaba en nuestra tienda, con el Hijo de la Niebla, no hace mucho...yo...
Takeshi corrió veloz hacia la tienda temiendo lo peor, con un mal presagio atenazándole el corazón. Taro lo seguía de cerca y entraron con las katanas en alto.
Pero no había ni rastro de Kasumi, ni de la Flor de Oriente...


ATARI 当たり : En el Go, una piedra o una formación se encuentran en 'atari' cuando están bajo amenaza de captura inmediata (similar al 'jaque' del Ajedrez). La posibilidad de avisar al contrario sobre tales situaciones, diciendo simplemente 'atari' es algo que debe ser acordado antes de comenzar a jugar. Es costumbre anunciar 'atari' a los principiantes.
KAZAHAYA : Viento débil.
YAMI : Oscuridad, tinieblas, penumbra
USAGI : Conejo.
GO : Juego de estrategia muy popular en Japón aunque su orígen es chino.
SAKE : Licor alcohólico destilado del arroz, bebida tradicional en Japón.
KÔ : Infinitud. Situación que se plantea en el juego de Go, en la que un jugador no puede capturar las fichas del adversario sin crear otro kô, debiendo realizar primeramente otra jugada en otro lugar del tablero; con esto se evita que las posiciones de las fichas en el tablero sean idénticas en dos turnos diferentes.
*Ojo : El Ojo es la fortaleza más impenetrable que existe en el Go. Cuando un jugador posee una formación de fichas que le permite tener un espacio vacío en el interior, se formará un ojo, el ojo es el punto clave que no puede atacar el rival y que permite a la fortaleza mantenerse, ya que colocar una ficha en éste sería suicidio.
WATARI : Jugada que se hace en la primera o segunda línea para conectar dos grupos.
GOBAN : Tablero del Go.

Nota de la autora: En este capítulo he querido empezar a describir un poco el legendario juego del Go, un juego milenario de orígen chino basado en la estrategia, introducido en el capítulo VII (Ônin No Ran). Juego que permite entrenar la memoria y otorga capacidad de concentración, visión de campo estratégica y que favorece el desarrollo de la mente y el pensamiento. Sus reglas son complicadas pero una vez familiarizados en él, es como el ajedrez para los occidentales. Se enseña en las academias militares por su alto grado de educación en estrategia.

Haikus:
Uejima Onitsura (1661-1738). Traducción de Fernando Rodríguez-Izquierdo.
"En total silencio". Mercedes Pérez Collado (Kotori) -El Reflejo de Uzume-.

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