O-KAERI NASAI

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jueves, 15 de abril de 2010

RAN. Capítulo VII. "ÔNIN NO RAN" 応仁の乱. Ônin, La Destructora



Yomosugari
Aki kaze kiku ya
Uri no yama

La noche entera
Oí el viento de otoño
En pleno monte

Desde la niebla
La llamada de un pájaro
Desconocido
Kotori



La guerra...-Kazuo suspiró de nuevo, con un estertor escapado de sus cansados pulmones, pero quería saber más.
 -Dime, hijo, cuéntamelo todo, ¡y no me escondas ni un solo detalle o juro que te arrancaré el corazón con mis propias manos!.-gritó el viejo como un león enjaulado buscando la libertad.
Takeshi sonrió amargamente, sabía que Kazuo no hablaba en serio, que sólo quería mantener un poco de la dignidad perdida junto a la decisión tomada por el shogún. Pero bien sabía el joven soldado que los acontecimientos eran fruto de decisiones ajenas que nada tenían que ver con el honor, mucho menos con la dignidad de un guerrero fiel a su señor y a su trabajo, al amor a su país y al servicio del pueblo y del emperador.
-Kazuo, los clanes no sólo buscan el enfrentamiento con Ashikaga, también desean que los campesinos se rebelen, pero lo que es aún peor, ellos...-lo miró sin saber continuar-, ellos...
-Habla de una vez o me tomaré en serio lo de arrancarte el corazón,-le susurró Kazuo con el alma ya tranquila frente al hecho consumado,-habla, Takeshi-san.
El ahijado, el niño que conservaba tan gratos recuerdos del general que le enseñó todos los artes de la guerra, se arrodilló frente al gran samurái que un día fue su protector, y que aún continuaba siéndolo, y empezó a relatar las conversaciones mantenidas con los daimyo:
-Mi señor, padre, sabéis muy bien que esto no se trata mas que de un tema puramente sucesorio. El clan Ashikaga, el clan de nuestro shogún, necesitaba un heredero. Ashikaga nombró a su hermano, Yoshimi, como tal a falta de hijos propios, pero tal circunstancia cambió cuando la esposa del gobernador dio a luz a Yoshihisha. Bien, pues el shogún desea cambiar sus planes y nombrar heredero a su propio hijo, decisión que ha provocado el enfrentamiento de los clanes de los daimyo Hosokawa y Yanama, partidarios los primeros, del hermano, y los segundos, del hijo.
-Takeshi, ¿pero qué más da?, ¿intentas decirme que el problema sucesorio, un problema que únicamente concierne al shogún y no al pueblo, nos va a conducir a una guerra entre hermanos?. Al pueblo no le importa el nombre de quién gobierne, sólo le importa no pasar hambre. Esto no es más que una excusa de los señores de la guerra para adquirir más poder, es inaudito. Ahora, no deberemos enfrentarnos únicamente a campesinos furiosos, sino que deberemos tomar partido y enfrentarnos a alguno de los dos clanes...dioses, no puedo creerlo.

Kazuo sintió tanta tristeza en su corazón que quiso aliviarla de la mejor manera que sabía. Se acercó con pasos cansados a la gran mesa que presidía el salón de su hacienda, abrió el tablero del Go, el juego tradicional con el que los guerreros aprendían lecciones de estrategia, e invitó a su querido discípulo a disputar una partida contra él, mente contra mente, inteligencia y sabiduría, juventud y experiencia. Takeshi aceptó con agrado; también él necesitaba jugar para pensar, pero antes debía ver a cierta persona, su alma se consumía de impaciencia. Sin haber podido pronunciar ni una sílaba su maestro habló leyéndole el corazón:
-Ve, hijo, ve a su encuentro y ámala como los dioses te enseñaron a hacerlo. Después de esta noche todo es incierto y deberás guardar en tu corazón aquello que te haga más fuerte. Vete...no me obligues a repetir mis palabras, vete.
Takeshi inclinó la cabeza, suavemente; giró sobre sus pasos y poco le faltó para echar a correr, tan impaciente se sentía por volver a ver a la flor que le hizo comprender otra primavera.
Salió al jardín y con un silbido suave atrajo a Kamikaze, su sombra entre los sakura esperando silencioso, paciente y feliz de volver junto a su dueño.
El caballo resopló y se agitó de pura alegría. "Espero que Hanako sienta lo mismo que tú, compañero", pensó acariciando las orejas del animal, y sonrió mostrando sus enormes ganas de tenerla de nuevo cerca.
"Kamikaze, fiel amigo, los hombres de este país siempre hacemos honor a nuestro nombre, así que, haz honor al tuyo y llévame volando a su lado".
El negro corcel comprendió al instante los pensamientos de su dueño, se revolvió y se alzó furioso contra la luz de la luna, pateó fuertemente el suelo y giró su negra cabeza para mirar al soldado y decirle con sus ojos que lo sabía, que sentía su necesidad, y que en un instante lo llevaría junto a ella. No necesitó más, una vez que Takeshi se amoldó a su grupa, Kamikaze supo lo que debía hacer y corrió como el viento, al galope, haciendo honor a su nombre.



No podía concentrar su mirada en el horizonte recortado por el monte Hiei, más allá de las puertas de su mundo; no podía pensar salvo en unos brazos fuertes, una melena larga color de la noche y unos ojos negros como pozos oscuros en los que nada se reflejaba, nada, salvo su alma.
La inquietud era su mejor amiga desde hacía varias noches, las mismas que llevaba sin ver a Takeshi. Comenzó a pensar en sus sentimientos. ¿Cómo pudo traicionar así al shogún?, pero, ¿cómo no hacerlo sin traicionar a su corazón?. No podía dejar de amarlo, que los dioses la perdonaran, pero no podía, y tampoco quería hacerlo.
Las nubes se desplazaban rápidas en sus sueños, pensamientos de paz y futuro...ah! Takeshi, chikushô!, ¿qué podemos esperar de todo esto?.
Sus sentidos obnubilados y ausentes despertaron en el momento en que escuchó, -¿o creyó escuchar?- un suave silbido familiar proveniente de las oscuras luces de la estancia Kiyoshi, ay, prometió que si alguna vez tuviera una hija, ése nombre le pondría, por tanto que significaba para ella.
Olvidó sus ropas, sus zapatillas, salió en volandas al sendero de sakuras y budas que conducían a la habitación de la Tranquilidad. Sus pasos se detuvieron de repente al tropezar con una negra cabeza de animal.
-Kamikaze, amigo, shhh... -intentaba tranquilar Hanako al caballo, acariciándolo.- Si tú estás aquí es que cumpliste tu promesa y lo trajiste de nuevo a mi lado. Díme que Zensei te acompaña, dime que vienes con él.
El caballo fijó sus ojos en los de la concubina hablándole en un lenguaje mudo que sólo los puros de corazón podían entender, el idioma que abre nuevos ojos al mundo, y Kamikaze le dio a entender que sí, que había cumplido su promesa.
Y como si el destino quisiera confirmar el pensamiento del caballo, Hanako sintió un suave y al mismo tiempo trepidante y arrasador tifón cerca de su nuca, muy cerca, abrasándola como si el viento se hubiera transformado en volcán sin haber pedido permiso a los dioses, tan fuerte era la sensación. Un intenso calor inundó sus sentidos al percibir que unas manos absorvían ese mismo calor, atrapaban sus pechos y la dejaban sin aliento, acariciándola con tanta ternura que creyó fundirse en la lava del mismo volcán originado por el viento. Si ha de haber una guerra, qué me importa. Si ha de morir alguien, que sea yo. Si realmente el Imperio debe sobrevivir, doy mi vida por él, pero que esto no acabe nunca, nunca.
Hanako se giró para enfrentarse a su propia alma,  alzó los brazos para atrapar la suave coleta de samurái que lucía Takeshi en su cabeza. La deshizo tiernamente, anudando los cabellos a sus manos, deleitándose en la seda de su tacto, aspirando el aroma de magnolio que desprendían sus mechones, permitiendo que una cortina de seda negra cayera sobre los ojos del soldado.
Takeshi permitió que le despojara de sus ropas, que lo acariciara y que lo absorviera como al mismo aire, pensando hacer lo mismo con ella, con sus suspiros y sus gemidos, con su mismo aliento, tocando y admirando cada suave pliegue de su piel, cada marca, cada curva que lo llevaba a la locura, cada mirada que le devolvía la cordura. La amaba, más allá de su propia razón. Juró que daría su vida por ella, sólo por ella.
También dejó de importarle el Imperio por esos minutos de gloria. Y la guerra que se avecinaba, qué le importaba la guerra... dejó a sus sentidos sentir, a su corazón latir y acarició a Hanako hasta que creyó morir, deslizando sus manos como mariposas celebrando el chanoyu sobre el cuerpo de la mujer amada, agua hirviendo sobre su piel, cicatrices mejor bienvenidas que aquellas que Jigoku no pudo contener, su alma de acero y fiel compañera...hasta que conoció a Hanako.
Dos almas en diferentes sustancias; Hanako representaba su vida y su otro yo y Jigoku...también; la diferencia estaba en que la mujer podía sobrevivir cuando él muriera, la espada jamás podría hacerlo, la indomable katana moriría con él.
De ahí que Takeshi quisiera tenerlas a las dos, a Jigoku y a Hanako, antes de partir hacia el futuro tan poco prometedor que se avecinaba. Hanako besó su boca llenándola de promesas y Jigoku se entregó a  su esencia, Nagasa, absorviendo su longitud y todo lo que ella traía tras de sí. Continuaron las caricias, los pechos de Hanako se alzaron para recibir a su dueño; Takeshi bebió de ellos como si le faltara el agua y rezó para que los dioses le dieran fuerzas para afrontar al inmenso ciclón contra el que debía encontrarse, pero se vio envuelto en una marea de sensaciones y en una tormenta que no esperaba entre los brazos de Hanako. La miró con fascinación, sus ojos adoraron su cuerpo desnudo, ni siquiera se atrevía a tocarla por no ensuciar su dulce belleza, por no marchitar la flor que descansaba junto a él. Pero la flor abría sus pétalos para el soldado y le tomó las manos llevándolas hacia su más profundo latido, para llenarla de un sentimiento tan intenso y cálido como los rayos del sol. Takeshi tomó lo que ella le ofrecía y la escuchó murmurar..."Soy tuya, paato roku kokoro mo karada mo"... y se sintió capaz de viajar hasta el mismo infierno.

Los amantes se despidieron con un hondo pesar por la incertidumbre que les acompañaría esos días, quizás semanas o meses de separación. Hanako entregó a Takeshi unos menukis para adornar su katana, para que jamás olvidara esa noche. El samurái los cogió y los apretó en su puño, se arrodilló ante su mujer y dejó que su corazón hablara.
-Hanako-san, mi vida y mi alegría. Guardo tu recuerdo en mi corazón y pase lo que pase volveré a buscarte, lo juro. Sayonara, ai!




No volvió la vista atrás, desconsolado cabalgó de nuevo hasta encontrar el camino, buscó a Kazuo, necesitaba hablar con él, y, quizás comenzar aquella partida de Go que le propuso hacía unas pocas horas antes, pero no se sentía con ánimos, sólo deseaba hablar, largo y tendido.
Mientras buscaba al viejo general por los pasillos de su hacienda, Takeshi no dejaba de pensar una y otra vez en la misma palabra, el mismo acontecimiento..."Guerra"...hermosa y terrible palabra a un mismo tiempo. Una guerra que pronto tendría un nombre propio: Ônin, conocida popularmente por los ashigaru, los campesinos armados que empezaban a bajar del monte Hiei como "La Destructora".

ÔNIN NO RAN : Guerra de Ônin.
GO : Juego de estrategia tradicional japonés, el equivalente al ajedrez o las damas, aunque salvando las distancias. Era, y sigue siendo, un juego al que adiestraban a los soldados para entretenerse, y al mismo tiempo, para aprender sobre inteligencia y estrategia militar; es un juego que desarrolla la memoria, la visión de campo y la astucia.
KAMIKAZE : Viento Divino.
SAKURA : Cerezo, árbol emblemático japonés.
CHIKUSHÔ : Lit. "animal salvaje o bestia", significa "maldita sea", expresión utilizada cuando algo no sale bien, cuando hay algún contratiempo o nos topamos con un revés.
ZENSEI : Máxima prosperidad.
CHANOYU : Ceremonia del té.
JIGOKU : Infierno, nombre de la katana de Takeshi.
NAGASA : Longitud de la katana.
PAATO ROKU KOKORO MO KARADA MO : En cuerpo y alma.
MENUKIS :  Los menukis son amuletos, generalmente regalo de la familia para que quien los llevara retornara victorioso de las batallas o por lo menos para que si debía morir tuviese la “suerte” o “fuerza” para que fuera con honor, es por ello que originalmente se llevaban donde se los pudiera tocar con la yema de los dedos. Otras tantas veces quien encargaba una espada, debía llevar con él, como testigos, sus menukis, para avalar que quien los portaba era digno poseedor de la hoja que habría de blandir.
SAYONARA : Adiós.
Ai : Amor.

Nota de la autora: El clan Ashikaga (足利氏, Ashikaga-shi) fue un importante clan japonés que se estableció en el shogunato Ashikaga y obtuvo el poder del shogunato durante la era Muromachi por más de doscientos años. Fue una rama del clan Minamoto y muchos clanes se derivaron de éste incluyendo el clan Hosokawa, el clan Imagawa, el clan Kira, el clan Shiba y el clan Isshiki.

La guerra Ōnin (応仁の乱, Ōnin no Ran) fue una guerra civil que duró 10 años (1467 a 1477),  durante el período Muromachi y que dio comienzo al período Sengoku. Una disputa entre Hosokawa Katsumoto y Yamana Sôzen, líderes de los clanes Hosokawa y Yanama, se convirtió en una guerra nacional que acabó con el shogunato Ashikaga y varios daimyō en muchas regiones de Japón.
Por otra parte, en este relato procuro ser fiel a los hechos históricos ocurridos, pero me permito ciertas licencias que, creo, no afectan a los hechos: el nombrar a Ônin como "La Destructora" es fruto de mi imaginación, no es un dato histórico.

Haikus:
Kawai Sora (1649-1710). Traducción de Antonio Cabezas.
Mercedes Pérez Collado -Kotori-. El Reflejo de Uzume.

Este relato es propiedad de su autora y está protegido.

martes, 13 de abril de 2010

RAN. Capítulo VI. "DÔZOKU" 同族, El Orígen del Viento.



Waga koe no
Fuji modosaruru
Nowari kana

Mi propia voz
Es devuelta hacia mi
Por la tormenta


    La reunión con los clanes más importantes del país se había retrasado considerablemente, haciendo que resultara mucho más difícil alcanzar un acuerdo en esos instantes. Demasiado tiempo transcurrido desde que los campesinos comenzaran a alzar sus voces indignados por los lujos y excentricidades del shogún y su dedicación a una vida placentera y sensual.
    Esos mismos campesinos que trabajaban de sol a sol partiéndose las espaldas para satisfacer los deseos de su gobernador, hartos y cansados de que sus cosechas fueran diezmadas para sostener la vida y costumbres en palacio, empezaban a reunirse en secreto para formar unidades de Ashigaru, soldados de a pie dispuestos para la batalla; únicamente esperaban la decisión de los daimyo al frente de sus poderosos clanes para alzar sus armas y provocar el tan ansiado cambio.
    Pero los inocentes campesinos no sospechaban las verdaderas intenciones de los señores de la guerra. Los daimyo únicamente ansiaban ampliar su poder, sus tierras y sus riquezas, apartando al shogún del gobierno  aprovechándose de las quejas de los oprimidos, y dado que el emperador del país no se interesaba por ese gobierno tan nefasto del shogún, y no era más que una figura decorativa cuyo único mérito era "ser Hijo del Sol", la victoria se encontraba al alcance de sus manos y de sus largas espadas.




    Kenshi Takeshi se sentía en paz cuando meditaba. En esos instantes, sentado sobre la hierba del jardín en la casa que una vez perteneció a su padre, y a su abuelo, y a su bisabuelo, cerró los ojos para recordar el sonido de la cuerda del arco de guerra que su progenitor hacía vibrar para alejar a los malos espíritus, costumbre arraigada a la clase guerrera a la que pertenecía. En su ensoñación, el espíritu de Kenshi Tetsuya lo envolvió en una suave brisa junto con el sonido de la cuerda, potente pero extremadamente suave a la vez, como una canción de cuna susurrada al oído. "Cuánto te echo de menos, padre",-pensó el samurái. "Cuánta falta me hacen tus palabras, tus viejos y sabios consejos; ¿qué harías tú, padre?... Te mo ashi mo denai..." El sonido de la cuerda del arco tensándose se hizo más fuerte, más vibrante, envolviendo plenamente a Takeshi y mezclandolo con el espiritu de su antecesor. El tiempo se detuvo y el espacio dejó de existir, las almas se unieron en una sola y Tetsuya dejó oir su voz: "Musuko, el viento se está haciendo cada vez más fuerte, imparable, convirtiéndose en un ciclón que arrasará todo cuanto encuentre a su paso. Tu fuerza está en tu nombre y en tu corazón. Si hay algo que el viento no puede arrastrar es la piedra, si hay algo que no puede doblar es la espada. Haz honor a tu nombre y al de tu familia, sé la piedra y la espada, nada ni nadie podrá vencerte, y, tomes la decisión que tomes, estaré a tu lado".

    El viento sacudió el cabello suelto de Takeshi, enredando sus negros mechones, tapando sus ojos, sus oídos, su boca. El conocimiento atravesó su mente y sacudió sus pensamientos. Abrió los ojos y se levantó de un salto, tambaleándose. Por fin comprendía, la luz se extendió a través de sus músculos y venas otorgándole nueva vida; aspiró el aire que llegaba a sus pulmones y sintió una energía desconocida.
    La decisión estaba tomada.

    El hombre de paz, Kazuo, también meditaba. Esperaba, con una impaciencia cargada de nervios insoportables a que Takeshi acudiera a su presencia. Debía informarle sin tardanza sobre el resultado de sus entrevistas con los clanes Yamana y Hosokawa, los más belicosos y los que más poder ostentaban en este crucial momento. Habían transcurrido ya cinco días desde que envió al joven soldado a la capital y aún no sabía nada sobre él y temía por su vida. Lo que no sabía Kazuo era que los daimyo habían preferido alejarse de Kyoto sin entrevistarse con el shogún, prefiriendo reunirse con los líderes de los campesinos ashigaru en el monte Hiei, y así agitar los ánimos e incitarles a la rebelión. Por ello, suspiró tremendamente aliviado cuando sus guardias anunciaron su presencia.
    No esperó a que su silueta apareciera en la estancia, sino que salió raudo a su encuentro. Takeshi detuvo sus pasos en cuanto se percató de que el viejo general corría hacia donde se encontraba, sin aliento y jadeando. El joven guerrero se cuadró en el saludo militar e inclinó su cuerpo en una reverencia de sumisión y respeto. El general lo obligó a alzarse, le miró a los ojos, profundos y negros, para a continuación fundirse con su ahijado y protegido en un intenso abrazo. Takeshi correspondió al abrazo y palmeó afectuosamente la fuerte espalda que ya empezaba a curvarse por el paso del tiempo.

    -Tadaima, Kazuo-san.
    -O-kaeri nasai, Takeshi, hijo mío. Has tardado mucho, estaba preocupado por tí.
    Takeshi suspiró fuertemente y respondió:
    -No han sido fáciles estos días, padrino. Los daimyo no se encontraban en Kyoto intentando cerrar filas con el shogún frente a los campesinos; descubrí que secretamente se habían citado con los ashigaru en Hiei, pero para aliarse contra Ashikaga. Por ello he tardado tanto, debido a estos nuevos sucesos tuve que dar media vuelta, abandonar Kyoto y dirigirme al monte.
    -Pero, dime, hijo, ¿pudiste hablar con ellos?, ¿averiguaste sus intenciones reales?
    Takeshi miró a Kazuo, el hombre de paz, y se entristeció. El general que había sido y seguía siendo un segundo padre para él, no podría hacer honor a su nombre. Colocó una mano en su hombro y lo apretó con afecto.
    -Me temo, viejo soldado, que los acontecimientos son más graves de lo que suponíamos. No vamos a enfrentarnos únicamente a los campesinos, sino que el conflicto se extiende como la pólvora. El shogún Ashikaga ha tomado una decisión que nos conduce inevitablemente a la guerra.
    -Por todos los dioses,-exclamó Kazuo indignado, temblándole los labios-, nuestro señor ha tomado la decisión equivocada!, la decisión oscura...
    -No, Kazuo, no te equivoques. El shogún ha adoptado una decisión, correcta o no, eso sólo podrá juzgarlo   la historia.
Los dos hombres se miraron asustados y escucharon, cada uno, el lamento del corazón del otro.
    -Guerra...-susurró Kazuo.
    -Guerra!-afirmó Takeshi.




DÔZOKU : Clan, etnia, grupo o familia.
ASHIGARU : Soldados de a pie.
DAIMYO : Señores feudales al servicio del shogún, cada uno de los cuales es la autoridad o cabeza de un clan o familia.
KENSHI : Corazón de espada. Los nombres japoneses llevan el apellido antes que el nombre.
TAKESHI : Hombre fuerte.
TETSUYA : Inteligente, hombre vigilia.
TE MO ASHI MO DENAI : Lit. "no salir ni la mano ni el pie". Significa no saber qué hacer, no ver ninguna solución a un asunto, encontrarse impotente ante algo.
MUSUKO : Hijo mío, mi hijo.
MONTE HIEI : El Monte Hiei (比叡山, Hiei-zan) está localizado al noreste de Kioto, Japón.
TADAIMA : "Estoy en casa". Expresión de confianza, familiar.
O-KAERI NASAI : "Bienvenido". Expresión que corresponde a "Tadaima", en el mismo sentido.

Nota de la autora:  El dibujo final es el emblema -Kamon-  del clan Hosokawa; me ha sido imposible encontrar el emblema del clan Yamana; del clan Ashikaga he encontrado varios pero no sé cuál es el correcto. Si alguien los encuentra y puede enviarmelos y aclararme esta cuestión, le estaré eternamente agradecida.

Haiku:
Naitô Meisetsu (1847-1926). Traducción de Antonio Cabezas.

Este relato es propiedad de su autora y está protegido.

viernes, 9 de abril de 2010

RAN. Capítulo V "HENKA" 変化. Vientos de Cambio



Suzukaze ya
Aota no ue no
Kumo no cage


Un viento frío
Sobre arrozales verdes
Sombras de nubes

Una campana
Tan sólo una campana
Se opone al viento 

Benedetti





    El sol ardiente de aquel día lejano en que el shogún Ashikaga envió a Kazuo a iniciar una guerra fraticida alcanzó su máximo esplendor, cubriendo con un calor extraño las frías tierras de los campos de arroz, segando con sus rayos, como si de resplandecientes hojas de katanas se tratara, los finos tallos de la planta de la que dependía el país y la vida de sus súbditos, al igual que las espadas cortaban cabezas en el campo de batalla.

    Kazuo se entrevistó en ese mismo instante con sus más importantes mandos en la futura batalla que se avecinaba.

    - Debemos combatir, Kazuo, no podemos permitir que los daimyo se apoderen del país; hemos de dejar volar nuestras almas, desenvainar nuestras katanas, ¡hai!- el inicio de la conversación no podía ser más agresivo y contundente; el coronel Amaya bajó la cabeza después de dejar oir su voz, en un rígido saludo militar.
    Kazuo dirigió la mirada a Kasumi, joven teniente incorporado desde hacía muy poco tiempo, encontrando cierta comprensión, pero sin adivinar sus oscuras intenciones.
    -¿Qué opinas, Kasumi?. Habla, te lo ordeno!.
    -Mi señor, antes deberíamos confirmar que los asuntos son tan graves como parecen, no creo que debamos preocuparnos.

    Kazuo, el viejo general, no podía dar crédito a lo que sus oídos escuchaban. La amistad que le unía a Ashikaga le sumía en un estado de alerta y desconfianza permanente, sólo atenuada por la actitud de Takeshi, el soldado al que adiestró en el arte de la guerra desde que era un niño, y en quien depositó su confianza y sus ansias de un futuro mejor.
    Miró con furia a su lugarteniente y le lanzó otra pregunta, con malicia, con doble intención:
    -Kasumi, ¿qué es lo que debes confirmar?, ¿qué malos vientos son los que te aconsejan?. No entiendo por qué no debemos preocuparnos. Acaso el sol de nuestro imperio te nubló la visión con su fuerte resplandor, o quizás la luna llena te atrajo a su lado oscuro y te ofreció fortuna.- Kazuo respiró hondamente,y , mirándole a los ojos, prosiguió: -dime, Kasumi, ¿de quién eres hijo, de la luna o del sol?.
    -¡Soy leal a nuestro shogún!-, exclamó con furia Kasumi, -y no permitiré que lo pongas en duda, ¡jamás!, ¡y bajo ningún concepto!; aunque el sol se escondiera durante milenios, el hijo de la niebla continuaría buscando su luz. No malinterpretes mis palabras, Kazuo, o tu espada y la mía se besarán para siempre en un encuentro mortal, dejando a tu espíritu vagar por este cielo sin forma alguna de arrepentimiento!
    El viejo general se encontraba cansado, como su señor; aún así, consiguió reunir las fuerzas necesarias para dirigirse a Taro, el más veterano de sus soldados, y aquel a quien otorgó una vez su confianza, en un tiempo no muy lejano.
    -Taro, mi fiel samurái, díme, qué opinas tú.
    El soldado de viejas y plateadas sienes lo miró con franca sinceridad y respondió dejando escapar un suspiro:
    -Kazuo, mi leal hermano, mi corazón está con el shogún, pero se avecinan vientos de cambio. Mi consejo es viajar hacia Kyoto y entrevistarnos con los daimyo, escuchar sus exigencias, sus reproches y deseos. Sólo así podremos contener la guerra. De otro modo...no creo que el imperio resista ni un minuto más.
    Kazuo apreció las palabras del veterano guerrero. Debían partir inmediatamente hacia Kyoto, hablar con los señores feudales e impedir la hecatombe que amenazaba sus vidas y al país, de otro modo todo un mundo se derrumbaría, un mundo que nadie sería capaz de reconstruir. Pero antes debía conocer el resultado de las entrevistas secretas que Takeshi, su protegido, había llevado a cabo con las familias más importantes del país.
    Los soldados se miraron los unos a los otros, inclinaron sus cabezas en una suave reverencia plagada de compromisos y miradas cómplices. De ahí al triunfo o al olvido, a la supervivencia del Sol Naciente o a la    Era de la Noche Oscura, mediaba únicamente un paso.
    O el giro mortal de una espada...

    En la estancia Kiyoshi todo estaba sumido en una suave luz producto del atardecer. Las enredaderas que recordaban los fuertes brazos de Takeshi representaban un bálsamo para el corazón de Hanako, y los dedos que sintió en su espalda, en sus caderas, fueron testigos de una inesperada y dulce conmoción que se apoderó de todos sus sentidos, hasta que ya no pudo pensar más y la conciencia se evaporó en un vuelo de mariposas flotando en una eterna caída del sol en el cielo, un sol amenazado por vientos de cambio, implacables como el tifón asolando las costas del país y destruyendo, con su viento divino, la flota invasora de Mongolia, tanto tiempo atrás. Una noche para recordar viejas historias, y una noche para escribir la futura historia.
    La mujer de pestañas largas como los pétalos de una flor, se giró para enfrentarse a su kokoro, su vida inmortal, la que perdudaría siempre que él continuara existiendo.
    Se lanzó a sus brazos, con la alegría que produce el nacimiento de la vida, nuevamente encontrada y que se creyó perdida, con la furia del amor que sólo conoce a quien lo busca y que tan gratos encuentros depara.
    Hanako besó a Takeshi y éste respondió con la energía de un tigre largo tiempo dormido. Separaron sus bocas unos segundos, los que Hanako aprovechó para aspirar el aire puro de la medianoche, y le susurró:
    -Takeshi, dômô arigatô!
    -Gracias!, ¿por qué, mi amor?-, respondió Takeshi acariciando su dulce cara.
    -Por continuar vivo. Y gracias a Kamikaze por devolverte a mi lado. Dime, ai, dime que noticias traes de tu viaje.
    Takeshi dejó caer los brazos, profundamente abatido y su sombra se hizo más intensa bajo las suaves luces de las antorchas que iluminaban el jardín de Kiyoshi.
    -Hanako, el viejo samurái Ashikaga debe tomar una decisión. Los daimyo están divididos, quieren un cambio, y unos desean que le suceda su hermano Yoshimi, y otros desean que sea Yoshihisha, su hijo, quien tome las riendas del poder.
    -¿Y tú?, ¿qué es lo que deseas tú?-, Hanako quería, deseaba su repuesta como no había deseado nunca nada antes.
    Takeshi suspiró hondo y acarició la envoltura de su katana, su segunda piel. Hanako era la primera.
Se revolvió furioso, dejando entrever una ira acumulada desde hacía mucho, mucho tiempo, y la dejó fluir, con la presencia de la concubina todo le era más fácil y sencillo.
    -Hanako-san, lo que yo quiero es un mundo en paz. Lo que yo deseo es un universo donde únicamente estemos tú y yo. Eso no es posible ahora y debo tomar partido...debo hablar con Kazuo.- Takeshi aspiraba el aire, fuertemente, visiblemente agitado, y trató de calmarse.
    -Mi vida, mi cielo azul, sabes que te quiero y que lo daría todo por tí, pero el maldito deber me impulsa a abandonarte de nuevo. Pero volveré,  juro por mis antepasados que tú y yo tendremos un futuro juntos.
La abrazó con una fuerza infinita. Lo único que en ese preciso momento quería no era abandonarla, pero debía hacerlo. Y lo que era más importante, se preguntaba de qué lado estaba y qué decisión debía tomar.
    Dejó ir a Hanako con determinación y salió corriendo de Kiyoshi; se sentía como una campana dispuesta a sonar cuando el viento soplara con fuerza, una campana ofreciendo resistencia al gran huracán que se aproximaba.




HENKA   変化 : Cambio, transformación. AMAYA : Noche de lluvia.
KASUMI : Niebla.
TARO : Primogénito varón.
KOKORO : Corazón (núcleo vital del ser humano), alma, mente.
DÔMÔ : Gracias.
AI : Amor.
SORA : Cielo.

Nota de la autora: El shogunato Ashikaga (足利幕府, Ashikaga bakufu) fue el segundo régimen feudal militar establecido por los shōgun del clan Ashikaga durante los años 1336 hasta 1573. El período es también conocido como el período Muromachi y se debe su nombre al área de Muromachi en Kioto, donde el tercer shōgun Yoshimitsu estableció su residencia.
Este shogunato fue creado, debido a que su fundador, Ashikaga Takauji, quien estaba del lado del Emperador contra el anterior shogunato Kamakura, el clan Ashikaga tuvo un poder compartido con el gobierno Imperial, mayor al que tenía el shogunato Kamakura. Sin embargo, fue un shogunato débil, comparando al shogunato Kamakura y al shogunato Tokugawa. La mayoría del poder regional aún permanecía en los daimyō provinciales, y el poder militar del shogunato dependía mayormente en la lealtad de éstos al clan Ashikaga. Debido a que los feudos de los daimyō se volvían más poderosos, y tenían sed de poder, esto desencadenó en una guerra civil al final del shogunato, también conocido como el Período Sengoku.
El shogunato Ashikaga fue destruido en 1573 cuando Oda Nobunaga depuso al decimoquinto y último shōgun Yoshiaki, expulsándolo de Kioto. A partir de ese momento pasarían treinta años, hasta que en 1603 se instaura el tercer y último shogunato en Japón, el shogunato Tokugawa.

Haikus:
Morikawa Kyoroku (1655-1715). Traducción de Antonio Cabezas.
Mario Benedetti (1920-2009).


Este relato es propiedad de su autora y está protegido.

miércoles, 7 de abril de 2010

RAN. Capítulo IV "IKARI" 怒り. Vientos de Furia




Akikaze ya
Ware ni kami nashi
Hotoke nashi


Viento de otoño
Ho hay dioses para mí
No hay budas


Sólo un instante
Se deja ver la luna
Entre las nubes

Kotori




    Takeshi se alzó sobre el negro corcel, su corazón se hallaba partido en dos: el amor por su pueblo y por la pequeña flor que debía dejar atrás. Ajustó su cuerpo a la montura inquieta del animal, que se revolvió y giró, dando vueltas; tampoco el caballo parecía querer separarse de la concubina. y resopló con fuerza, dejando escapar un vaho intenso de color blanco, de su boca y de su nariz.
    Takeshi miró al cielo, frío y gris; se colocó en su cabeza el gomai-kabuto y lo ciñó a la altura de sus ojos, con rabia, adaptando la forma arqueada de sus cejas a la estructura del casco protector. Kamikaze, el fiel corcel negro, se alzó sobre sus cuartos traseros y proyectó una figura tenebrosa y temible junto con el soldado que lo montaba, en contraste con el horizonte recortado frente a la suave luz del amanecer. El corazón de Takeshi golpeaba con tanta fuerza que el sonido de sus latidos podrían confundirse con el retumbar de los cascos de Kamikaze.
    El samurái anudó fuertemente a Jigoku, su katana,  a la cintura; Hanako anudó el obi a su kimono, envolviendo su torso con el largo cinturón de seda bordado en mil mariposas y hojas de almendro. Sus dedos realizaron el nudo tradicional con dificultad, ajustandolo lo más fuerte posible. Respiró hondo y miró al cielo, el mismo cielo que observaba Takeshi y una única palabra acudió al encuentro de sus pensamientos.
Kibô...esperanza, lo único que podría hacerles continuar y luchar. Acarició la cabeza del caballo y se alzó sobre sus pequeños pies para alcanzar sus orejas y poderle susurrar, bajo, muy bajo, sus propias esperanzas:
    -Devuélvelo a mi lado, cuida de él, protégelo como a tu propia vida, pues es mi vida misma la que cabalga contigo.- y besó la testuz del animal.
    Hanako miró una vez más al soldado que respiraba sin fuerzas, odiando el momento de la separación. Takeshi se inclinó hacia el suelo, manteniendo el equilibrio, y la tomó con fuerza, besando su pelo, sus ojos, su boca, soltandola segundos después con un gruñido triste . Ambos, hombre y caballo,  le dieron la espalda a Hanako; ambos partieron hacia Kyoto, ciudad de intrigas,  buscando respuestas y ayuda para enfrentar el huracán que azotaba al Imperio.



















    Hanako regresó a palacio junto al shogún; los días trancurrían despacio y aún no tenía noticias de Takeshi. Cuando su gran señor la llamó para realizar la ceremonia del té, acudió rauda por comprobar las nuevas que podría averiguar a través de conversaciones ajenas.
    Por ello se alegró tanto al percibir la presencia de Takeshi en la habitación de Yûgure, próxima a la sala de las audiencias. Recogió las herramientas del chanoyu, se levantó del suelo dando un respiro a sus rodillas dolorosas y se inclinó frente al shogún, con una profunda reverencia que casi le parte la espalda en dos. El shogún la despidió con un ademán indiferente, la misma ignorancia que le había prestado siempre, y corrió hacia Kiyoshi, la estancia de la Tranquilidad, para averiguar lo que su amado conocía sobre la revolución y para abrazarlo y demostrarle que sólo él y el país eran importantes para ella.

    Mientras Hanako volaba hacia su cielo particular, el gran shogún Ashikaga recibía, una vez más, en la sala de las audiencias, a su general y hombre de confianza, Kazuo, el viejo militar y amigo que siempre permanecía a su lado.
    -Sabes que confío en tí, mi leal amigo; sabes, que por mucho que me cueste desenvainar a Taifû, lo haré si no tengo más salida, aunque sea para que cortes tú mismo mi viejo cuello.
    Kazuo inclinó la cabeza ante el shogún y respondió sin alzar la vista:
    -Mi señor, antes morir que alzar a Taifû contra tí. Prefiero mil veces el deshonor a lanzar la furia de vuestro sable contra vos. Pero si bien no puedo alzar vuestra espada ni la mía, sí debo alzar mi voz contra vuestro entendimiento...Ashikaga,-dijo en voz baja el general y con toda la confianza que sentía hacia su amigo-, ¿es que has perdido la cordura?, ¿qué te ocurre?, ¿por qué dejas que se rebelen contra tí?. Has dejado que tu pueblo se consuma, te has entregado al disfrute de los sentidos y Kyoto se revuelve de indignación. Los daimyo están en guardia esperando la oportunidad para adquirir más poder y fuerza, intentando con sus samuráis, llegar a tener el completo control del país.
    Ashikaga miró a su fiel general con ojos cansados; profundas ojeras nacieron para realzar aún más sus cabellos plateados. Quiso maldecir, lanzar insultos e improperios al mundo, pero únicamente logró balbucear unas flojas palabras.
    -Kazuo, amigo mío, reune a tus soldados y prepara la guerra que se avecina. Sé que has enviado a Takeshi a entrevistarse con algunos daimyo. Quiero respuestas y quiero cabezas. No sé si aún estoy a tiempo de detener este viento de furia, pero debo intentarlo. Actúa, Kazuo, empuña tu espada para proteger al reino.

    Kazuo tembló y saludó a su señor con una profunda reverencia, -Hai!, mi señor, se hará como tú ordenes.-, respondió con fuerza,  y dio media vuelta acariciando la empuñadura de Kaji, su katana, caricias que continuó prodigándole mientras recorría el largo pasillo de los Budas, hacia el exterior del palacio.

    Hanako continuó con su carrera hasta alcanzar los muros de la estancia de la Tranquilidad, Kiyoshi, la blanca habitación llena de flores y jazmínes, de enredaderas sensuales que le hicieron recordar los brazos de Takeshi enredandose en su cuerpo. Quería conocer los nuevos acontecimientos, pero, sobre todo, deseaba intensamente ver el rostro amado y sentir sus labios y que la mirara como sólo él sabía hacerlo.
Cerró los ojos y permaneció quieta, esperando...su espalda sintió el roce de unos dedos ásperos y fuertes recorriendo su columna, hasta alcanzar su base, donde se detuvieron. Aspiró profundamente cuando unos labios se apoyaron en su cuello y alcanzó a escuchar un murmullo suave pronunciar las más bellas palabras que jamás le fueron dirigidas.
    -Kimi o ai shiteru, mi dulce flor.

    Hanako olvidó lo que buscaba y quería conocer.


IKARI :  怒り. :  Enfado (coraje).
GOMAI-KABUTO : Casco protector del samurái con alerones.
KIBÔ : Esperanza.
YÛGURE : Atardecer.
TAIFÛ : Tifón.
HAI : Sí, de acuerdo.
KAJI : Fuego.
KIMI O AI SHITERU: Te amo, te quiero.

Nota de la autora: Una vez más gracias a Mercedes -Kotori- por su haiku; me estoy convirtiendo en "ladrona", pero vale la pena. Gracias a todos los que seguís estas historias, y en especial, a mi hermana Belén y a Nieves Hidalgo por vuestro apoyo, AI SURU, os quiero.

Este relato es propiedad de su autora y está protegido.

Haikus:
Masaoka Shiki (1867-1902). Traducción de José María Bermejo.

Mercedes Pérez Collado -Kotori-. El reflejo de Uzume.

sábado, 3 de abril de 2010

RAN. Capítulo III "MORI" 森. Los Sonidos del Bosque.



Suzukaze ya
Kokû ni michite
Matsu no koe

Un viento fresco
Llenando el firmamento
Voces de pinos

En la otra orilla,
tras dos antiguos tori...
el sonido del bosque
Kotori



    Hanako se dejó llevar...sus pequeños pies apenas rozaban el suelo de los jardines de Kiyoshi, se sentía flotar atrapada en un abrazo inmortal y etéreo, olvidando por un momento su preocupación por los futuros acontecimientos; se sentía lánguida, abandonada y apretada contra el pecho del hombre que llenaba su corazón, y no quiso pensar más, no mientras disfrutaba de ese momento tan íntimo, tan intenso, que pensó que más le valía a su corazón estallar en ese mismo instante de placer, o dejar de latir de una vez, sintiendo y oliendo el perfume de magnolia que desprendía el soldado que la arrastraba hacia quién sabe dónde, pues ya no importaba nada, nada,... salvo estar entre sus brazos.
    Cabalgaron sobre Kamikaze, el veloz y resistente corcel negro de Takeshi, joven y fiel compañero en la batalla, resoplando con furia, sin parecer necesitar un descanso, adquiriendo, durante el galope, un color plateado debido al sudor acumulado en sus flancos.
    Hanako sintió cómo el caballo se detenía bruscamente, sintió el deslizarse de su cuerpo contra otro cuerpo sólido, y percibió de pronto el roce de un suelo áspero bajo sus pies, y sus sentidos despertaron de la profunda languidez que se había adueñado de ella hacía unos momentos, tan gratos, que maldijo para sí misma el que hubieran terminado tan pronto.
    Hanako escuchó a su corazón, su maldito y débil corazón, latir con una fuerza increíble en el instante en que miró al samurái que atrapó su cuerpo como imaginó en sus sueños, salvo que ahora esos sueños eran realidad; sintió su rostro enrojecer bajo la mirada del hombre, y recorrió con sus ojos negros el perímetro oscuro del círculo de árboles frondosos y verdes donde se encontraban, sin comprender por qué se hallaban ahí, en ese lugar y en ese momento.

    Takeshi la observó con detenimiento, deleitándose en su hermosa cara, alzó su mano, grande y fuerte, plagada de cicatrices testigos de años de lucha, de guerras y heridas que la tsuba de su fiel Jigoku no pudo contener, aunque los dioses bien sabían que debían proteger a tan gran soldado, pero el destino tenía sus propios planes. Takeshi llevó su mano hacia el rostro de Hanako y sus dedos rozaron su suave mejilla, acariciando el rostro tantas veces amado y tanto tiempo deseado. Hanako se sintió turbada pero permitió la dulce invasión de los dedos de Takeshi sobre su rostro, sintiendo la emoción que todo ser humano siente cuando ama, por encima de todo, incluso de su propia vida.

    El fuerte samurái continuó su invasión y dejó que sus dedos se deslizaran por el cuello blanco de Hanako, mientras la miraba a los ojos, sosteniendo la respiración que amenazaba con ahogar todos sus sentidos, con eliminar de un golpe su miserable existencia; Takeshi fue más allá, introdujo su mano en el escote estrecho y prometedor del kimono de Hanako, encontrando la suave primavera de su interior, aquella que formaba una barrera invisible frente al invierno que les rodeaba, y la acarició, tiernamente, apoyando su frente en la de ella, absorviendo sus gemidos como agua de lluvia calmando su sed.  La hermosa concubina de su Señor se entregaba a él sin reservas, Hanako era suya, así lo sintió en ese momento, saboreando sus labios y tocando su cuerpo. En el momento en que las caricias se hicieron más audaces, Takeshi murmuró más para sí mismo que para Hanako, tiernas palabras llenas de una fuerte e indestructible pasión.

    -Hanako, mi pequeña, mi dulce flor, juro por mi vida que te amaré y protegeré siempre; desafío a los dioses que intenten separarme de tu lado, eres mi mujer y lucharé enfrentandome al dragón. No temo a la muerte, temo a una vida sin tí.

    El soldado curtido en mil batallas, el hombre leal al Imperio, sintió cómo la traición se adueñaba de su corazón, de su pensamiento, pero no podía evitarlo. Era el destino, el En Musubi, y no había forma de detenerlo.
    Su mano abrió un camino de fuego sobre la piel de Hanako, deslizándose con premura sobre la tibia superficie que cubría su corazón, sintiéndolo, escuchando los latidos que marcaban el transcurso del tiempo; un crujido estremecedor de la seda deslizandose, hizo que Hanako fuera consciente de su repentina desnudez y de las manos que la tocaban, tan tiernas, tan protectoras y acariciadoras...

    Hanako creyó que moriría cuando los fuertes brazos de Takeshi la alzaron del frío suelo y la hicieron flotar en un cielo de colores y estrellas desconocidas hasta entonces. La noche cubrió sus cuerpos apartandolos del mundo y de la historia que seguía su curso implacable; los besos se hicieron intensos, las manos abrían caminos nuevos, los gemidos de placer resonaron en la oscuridad y la luna cubrió sus cuerpos unidos en un solo cuerpo.
    Horas después, descansando el uno enredado en el otro, Hanako despertó de un sueño inquieto, el mismo de hacía unos días antes; perezosamente abrió los ojos, acarició suavemente el mentón de Takeshi, su fina barba empezando a crecer, sus negras y espesas cejas, sus largas pestañas y su fuerte nariz, deleitándose en sus rasgos marcados y agresivos, aunque no para ella, para ella eran tan dulces;  y lo despertó preguntandole:

    -Takeshi, ¿qué ocurre en el exterior?, ¿por qué mi Señor estaba tan angustiado y furioso?. No intentes protegerme, sé que algo importante está pasando más allá de la vida que conozco, y sé que el pueblo sufre y que los tiempos cambian. Dime, amor, dime qué está ocurriendo.
    Takeshi acarició su cabello negro, adoraba el tacto de terciopelo de su melena lisa y perfecta; admiró una vez más sus ojos negros de noche cerrada, su nariz pequeña y desafiante, sus párpados rasgados de mujer oriental, todo lo que ella era fue siempre lo que había soñado, y ahora ese sueño estaba allí, entre sus brazos, y le hacía preguntas que no sabía cómo responder.
    -Mi vida, -suspiró el samurái-, los tiempos son ahora difíciles. Nuestro Señor Ashikaga abandonó los cuidados del país y ahora los campesinos se rebelan y exigen un cambio. Creo que estamos ante el inicio de una gran revolución que no sé cómo terminará, ni a donde nos llevará.
    -Pero debemos prepararnos para el momento, no podemos ignorar los sentimientos del pueblo, yo...debo...ayudar, debo ir a palacio..
    Takeshi silenció las palabras de Hanako con un dedo en sus labios, la besó con fuerza y sujetó su nuca para retenerla cerca de sus labios.
    -Mi hermosa flor, juntos, esto que está ocurriendo lo pasaremos juntos; mañana partiré y averiguaré qué es lo que pretenden los daimyo, aún me quedan influencias entre los grandes señores y, sobre todo, entre sus soldados.


    El bosque pareció cerrar filas tras las palabras de Takeshi. Las sombras se hicieron intensas bajo la luz del atardecer, guardando los sentimientos y las preocupaciones del samurái. Quedaba tanto trabajo por realizar, tantas luchas y estrategias que planificar.
    Pero Hanako era importante en su mundo y debía protegerla, tanto como debía proteger lo que era justo, o lo que él creía que lo era.
    Un gran conflicto estaba a punto de estallar y Takeshi no quería, ni sabía cómo afrontarlo.
    Pero lo que él no podía conocer era que, quizás, los dioses jugaban con el destino de los hombres haciendo trampas, y que, posiblemente, tenía todos los tantos a su favor...


RAN : Caos, miseria
MORI  : Bosque.
KIYOSHI : Tranquilidad.
KAMIKAZE : Viento divino.
TSUBA : Guardamanos de la Katana; protege a las manos de cortes durante el combate.
JIGOKU : Infierno.
EN MUSUBI : Encuentro de destinos, equivale a un matrimonio "de hecho".
DAIMYO : Señores feudales.

Haikus:
Uejima Onitsura (1661-1738). Traducción: Antonio Cabezas.
Mercedes Collado -Kotori-.

Nota de la autora: Gracias a Mercedes Collado -Kotori- por dejar que "le robe" sus increíbles haikus; para conocerla: El reflejo de Uzume, hermoso blog de haikus. Hajimemashite, Kotori-san, dômô arigatô gozaimasu,  por tu generosidad, un abrazo muy grande y espero que me permitas continuar robándote tus haikus, tan fantásticos y tan inspiradores.

Este relato es propiedad de su autora y está protegido.