O-KAERI NASAI

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lunes, 17 de mayo de 2010

RAN. Capítulo XVI. "NANTONAKU" 何となく. El Vínculo del Amor

Ichiwa kite
Nakanai tori de aru

Hay un pájaro que ha venido
Y que no canta



Hoshi, la estrella que cuidaba y protegía a Hanako, se desvivía por ella.
Día a día y noche tras noche, dedicaba su atención y sus cuidados a la concubina hasta que ésta empezó a recuperarse de su herida. La mujer resultó ser una enviada de los dioses, pues poco a poco consiguió despertar el alma dormida de la flor de oriente.
Pero si bien su cuerpo se restablecía, el alma de Hanako se hallaba perdida en las tinieblas de la desesperación. Su espíritu inquebrantable acusaba la larga ausencia del soldado, aunque ella estaba segura que él la hallaría, de alguna forma y de alguna manera; es la ley de Nantonaku, el vínculo que une a dos seres iguales forjados en un mismo fuego, enlazados por toda la eternidad. Sólo debía esperar, aguantar como fuera preciso y...sobrevivir.

Takeshi seguía buscando sin descanso. Su instinto le indicaba el camino a seguir y la senda a través de la cual encontraría a su mujer. Los días posteriores al secuestro de Hanako se alió con la Tierra y con sus elementos para seguir su rastro y consiguió que hombres fieles al clan Yanama decidieran unirse a él; un pequeño ejército de cincuenta hombres, todos ji-samurái, soldados obligados a abandonar sus tierras para luchar, ofrecieron sus servicios al joven soldado, sintiéndose mitad ashigaru, soldados de a pie dispuestos a defender los derechos de los campesinos que habían quedado semiolvidados en la guerra Ônin, La Destructora. La lealtad en el grupo era incuestionable, pues muchos de ellos lucharon junto a su padrino, Kazuo, y junto a sus venerables amigos desaparecidos en el último combate. Taro, el veterano general que le salvó la vida, le acompañaba en su más importante misión.
La noche anterior a la partida para buscar a la flor, Takeshi recibió una visita inesperada.

Hanako decidió dejar de lamentarse por su desgracia y encarar la crueldad de su destino. No quería implorar piedad y no lo haría. Su capacidad de sufrimiento aún no había rebasado el límite y soportaría lo que los dioses tuvieran a bien ofrecerle, la vida o la muerte, pero no la humillación, eso jamás lo consentiría la que una vez fuera la favorita del Shogún de Japón.
Kasumi, en lo más profundo de su miseria esperaba la fama y la fortuna a través de Hanako. Su intención era entregarla al jefe del clan Hosokawa para que éste pudiera negociar con el gran señor Ashikaga; la preferida del gobernador sería una joya valiosa para un intercambio de poderes y conseguir una salida digna a la tan lamentable derrota del ejército rival.
Pero los dioses del Imperio no podían consentir tan ruines planes y decidieron intervenir en el destino de los hombres...



Hosokawa Katsumoto recibía la noticia del apresamiento de Hanako con furia y temor. Era la última canallada del traidor que le ayudó en el enfrentamiento con los Yanama. El Señor del clan Hosokawa había perdido la primera batalla pero no estaba dispuesto a perder también su honor de samurái. No podía consentir vivir una vida sin dignidad y debería soportar aún más años de lucha sin tregua, sin cuartel, dando lo mejor de sí mismo aunque estuviera equivocado. La Historia tendría su última palabra sobre ello. Supuso que los dioses estarían complacidos con la decisión que acababa de tomar y se dirigió al puesto de avituallamiento de Takeshi dispuesto a hablar con él.
Takeshi no esperaba tan singular visita. Que el enemigo se adentrara en su terreno para parlamentar no era algo habitual, pero quiso escuchar lo que el gran guerrero quería decir; le debía ese privilegio, no en vano podían solucionarse conflictos con la fuerza de las palabras y no con las armas.

Hanako tenía libertad para moverse por el amplio territorio controlado por Kasumi, pero se sentía continuamente vigilada y observada por sus hombres. La incomodidad de su situación no la impidió dejarse llevar por sus pensamientos y seguir caminando hasta el gran lago Mizûmi. Sus aguas transparentes de un azul pálido y débil reflejaban el gran cielo que cubría al país. Se asomó a su quieta superficie y percibió el lamento profundo del pueblo que clamaba por sus derechos, un pueblo que se ahogaba en su propia desesperanza, y se sintió triste, muy triste.

Hosokawa saludó a los hombres del ejército enemigo con una profunda reverencia. Los soldados de Yanama respondieron con igual solemnidad.
-Taro, Takeshi, he venido hasta vosotros arriesgando mi propia vida, pues es mi orgullo de soldado el que está en juego y no quiero perderlo.-El general aspiró hondo, le costaba trabajo continuar. -He decidido que ya basta de tanta traición, quiero ganar o perder en esta guerra sin artificios y sin trampas. Si bien el traidor buscó cobijo bajo mi familia, es ahora ella quien lo repudia por su bajeza. No quiero más tratos con él, no quiero que mi kamon se vea mancillado por su falta de honor.
-Sabemos cuáles son tus sentimientos y no esperábamos menos de tí, del gran Señor Hosokawa. Los daimyo pueden estar orgullosos de contarte entre ellos, Katsumoto-san, líder entre los hombres. Nosotros tampoco podemos perdonar la traición, bien lo sabes,- respondió Taro acercándose e intentando intimidarle con su formidable presencia.
-Por ello quiero hacer un trato con vosotros. No es justa la forma de ganar ventajas y privilegios de Kasumi. El hijo de la niebla deberá pagar por sus errores y yo quiero y debo ser la puerta que abra el proceso.
-¿Cómo lograrás tu propósito?,- alzó la voz Takeshi, nervioso. -¿Cómo, si puede saberse?.
Hosokawa lo miró firmemente y le respondió:
-Os indicaré dónde encontrar a vuestra flor.
-Ya sé dónde se encuentra, Katsumoto, mis sentimientos guiaron mi búsqueda, como Mangetsu, la luna llena, indica la ruta a los caminantes perdidos en la noche. No puedes decirme nada que no sepa ya.
-Bien, pues; entonces sólo me queda pactar una tregua contigo y ayudarte a recuperarla. Después todo volverá a lo que nos importa. La guerra volverá.
Takeshi le tendió la mano y habló despacio:
-Gran Señor, hagamos justicia con los inocentes. El resto que lo decidan los dioses.
Ambos guerreros apretaron sus brazos en señal de paz, de honor y de dignidad. Por un breve tiempo serían aliados en una causa común, la búsqueda y el rescate de la concubina. Hosokawa no deseaba que una mujer se interpusiera en los acontecimientos, y no por la posibilidad de que fuera perjudicial para su causa, sino porque jamás permitiría que alguien sin escrúpulos se aprovechara de la debilidad de un inocente.
Hoy, el clan Yanama y el clan Hosokawa eran aliados.
Mañana se enfrentarían a muerte.



NANTONAKU :  "De alguna forma", "Sea como sea". (Ver el relato Nantonaku).
JI-SAMURÁI : Samuráis que abandonan las armas para trabajar las tierras y son llamados a la batalla, debiendo atender ambas cosas, las tierras y la guerra.
KAMON : Emblema del clan.
DAIMYO : Señores feudales al servicio del Shogún -gobernador de Japón-.

Haikus:
Taneda Santôka (1882-1940). Traducción de Vicente Haya, Hiroko Tsuji.
Este relato es propiedad de su autora y está protegido.

jueves, 13 de mayo de 2010

RAN. Capítulo XV. "KANASHIMI" 悲しみ. El Sentimiento del Samurái



Ochizama ni
Mizu koboshikeri
Hanatsubaki

Cae del árbol
Y derrama su agua
Una camelia


Un día más
De la noche y la flor
Brota el rocío
Kotori




La desolación reinaba en el lugar e invadió su alma; se adueñó de sus sentimentos y pensamientos, no dejando espacio para nada más, nada que no fuera la flor y el jardín que crecía en su interior desde que la conoció.
No podía vivir sin ella, el pecho se le encogía a cada inspiración y le faltaba el aire al pensar en una larga vida sin ella. No quería vivir si no era con Hanako, no quería, no lo deseaba, sólo suspiraba por una muerte rápida si no lograba reunirse con ella de nuevo. Debía encontrarla, arrancarla de los enemigos que la retenían como el agua de lluvia necesaria para calmar la sed...la sed de venganza, el único sentimiento del que Kasumi era capaz de hacerse dueño. Porque quien estaba detrás de la desaparición de la concubina era el hijo de la niebla, de eso estaba Takeshi completamente seguro.
Kamikaze se aproximó a su dueño, pateando el suelo con fuerza, indignado por no haber llegado a tiempo para impedir que se llevaran a la flor. Takeshi acarició la testuz del animal y apoyó su frente contra la del caballo para animarlo.
-No es culpa tuya, amigo. Ni aún cuando los dioses te hubieran otorgado alas habríamos llegado a tiempo. Esto no es más que una prueba para nosotros. Ella sigue viva, lo sé, lo presiento,-Kamikaze relinchó con furia-; concentrémonos en buscarla y aceptemos lo que el destino nos depare y acatemos las decisiones de los dioses.

Hanako despertó con una fuerte punzada de dolor en la espalda. Estaba herida, eso era evidente, pero no podía calcular la profundidad del corte ni si la carne abierta había sido invadida por la infección. Solo debía esperar a que alguien viniera a ayudarla, a curar su herida y a informarla de su situación. No sabía quién se la había llevado, apartándola del camino a Kyoto, a su corazón. Necesitaba respuestas pero intuía que sólo un hombre estaba tras su desaparición. Sus ojos confirmaron sus pensamientos cuando Kasumi entró en la tienda donde descansaba. Se acercó a la mujer y la volvió contra el suelo para observarle la espalda. Era una tigresa con ojos de gato, fuerte y luchadora, pero él se encargaría de que no volviera a rebelarse, doblegando sus ansias de matarlo y su espíritu indomable.
Hanako apartó con desprecio la mano del hombre que la tocaba. La indignación se reflejó en su mirada y Kasumi estalló en una estruendosa carcajada, provocando náuseas en Hanako, quien tuvo que realizar un esfuerzo considerable para no abofetearlo.
-Preciosa flor, pronto tu rebeldía será sometida y únicamente sentirás deseos de servirme. Eso sucederá antes, mucho antes de que tu soldado pueda encontrarte, si es que lo consigue.- Kasumi rió de nuevo y Hanako percibió la crueldad en su rostro y la veracidad de sus afirmaciones. Estaba dispuesto a todo el muy...cerdo, la escoria del pueblo, del ejército. Ni tan siquiera se le podía comparar a un ladrón, o a un asesino. No existía nada peor en este mundo que un soldado sin honor, un hombre capaz de la más alta traición, un ser al que no le importaba ver morir a su gente, por ambición y riqueza. Por ello sería condenado a muerte, si lograban detenerle las fuerzas del shogún, menguadas por la batalla contra Hosokawa. A éste le importaba bien poco el destino del hijo de la niebla. Le había ayudado, ciertamente, pero su deslealtad hacia los suyos le producía repugnancia. Hosokawa aceptó la moneda de cambio que Kasumi le ofrecía; pensó que, al menos, podría asegurarse un futuro digno, pero como guerrero fiel al código samurái no estaba seguro y se sentía incómodo. No era la forma en que actuaba un samurái, así que dejó que los sucesos futuros le dieran la respuesta.



Hanako se sentía débil y estaba segura que la fiebre comenzaba a invadir su cuerpo. Con los ojos semicerrados percibió una figura que se acercaba hacia ella y le tocaba la frente...Hoshi, su fiel sirvienta estaba junto al camastro intentando sanar sus heridas. Ah, Hoshi...gracias a los dioses estaba a salvo...y... cayó en una profunda inconsciencia.

Takeshi observaba el lugar buscando pistas, algo que pudiera conducirlo al lugar donde retenían a Hanako. Sus ojos vislumbraron el brillo de un instrumento afilado, una wakizashi impregnada en sangre. Por los dioses, si Hanako estaba herida, si se hubieran atrevido a tocarla...les arrancaría el corazón con sus propias manos y jamás permitiría que sus almas descansaran en paz.
Debía concentrarse, confundir su esencia con la madre naturaleza para poner en evidencia al enemigo y perseguirlo hasta el mismísimo infierno.

Aspiró el aire puro del monte, se dejó llevar por los sonidos del bosque. Kamikaze resopló al sentir la presencia de los elementos que componen la sustancia del Universo. El agua se tornó inquieta en pequeños remolinos que atraparon las formas de vida de Mizûmi, el gran lago al pie de Hiei. La tierra se abrió en pequeños surcos de temblor, transmitiendo la energía que habita en su interior. El fuego de Kazán, el volcán, fue absorvido por el brillo mortal de Jigoku, la poderosa katana. Kaze, el Viento, le trajo el olor de la niebla indicando al adversario.
Takeshi desplegó todos sus sentidos y abrió su mente al Dairokkan.
Sabía dónde buscar a la flor.


Hanako sufría por Takeshi. Poco le importaba el dolor de su herida, estaba preocupada por él. Ni siquiera podía imaginar la situación en la que se hallaba, ¿o si?. La calentura de su cuerpo le impedía pensar y apretaba los dientes para amortiguar los manejos de Hoshi sobre su espalda.  La niña flor derramaba su sangre, su rocío de invierno entre las manos de la estrella que la cuidaba.
Kasumi la visitaba continuamente para asegurarse que se restablecía. La necesitaba viva para llevar a cabo sus planes, y la mortificaba susurrándole en mitad de la fiebre que pronto tendría a su enemigo al alcance y que lo destrozaría con sus propias manos. La imagen del cruel soldado se confundió entre sueños con Hebi, la serpiente, cuyas fauces devoraban a todos...hasta que un jinete resplandeciente como el sol que ilumina el imperio cortaba su cabeza en mitad del caos.
Hanako despertó sobresaltada y sonrió.
Takeshi venía a por ella y restablecería el orden.


KANASHIMI 悲しみ : Tristeza.
MIZÛMI : Lago.
KAZÁN : Volcán.
JIGOKU : Infierno.
DAIROKKAN : Sexto sentido.
HEBI : Serpiente.

Haikus:
Matsuo Bashô (1644-1694). Traducción de Teresa Herrero, Jesús Munárriz.
"Un día más". Mercedes Pérez Collado -Kotori- "El reflejo de Uzume".

Este relato es propiedad de su autora y está protegido.

lunes, 10 de mayo de 2010

RAN. Capítulo XIV. "KONDÔ" 混同. El Reino de la Niebla




Kagerô ya
Me ni tsukimatou
Warai gao

En las tinieblas
Lo que ronda mis ojos
Es su sonrisa

Niebla en el bosque
Temblando oigo el chasquido
De lo invisible





Los pocos rayos del sol empezaban a menguar dando paso a la luz intensa de la luna, mientras Hanako se ocupaba en empaquetar sus cosas y las herramientas que habían sido trasladadas a la pequeña cabaña en mitad del monte para ayudar a los heridos en combate. Se sentía extrañamente inquieta, con los nervios a flor de piel. Pensaba que había sido una locura quedarse a esperar a los últimos heridos de la batalla, debía haber marchado junto a Takeshi y la comitiva fúnebre. Era tarde para arrepentirse, lo hecho, quedaba en el pasado; pero no entendía el desasosiego que se apoderaba de ella, cada vez más intenso, como si creciera en su pecho a medida que la luna llena se acomodaba en el cielo.
Hoshi se encontraba en el exterior preparando las monturas y ajustando el equipaje sobre ellas. La noche era tan silenciosa, y todo estaba tan tranquilo que sintió miedo, un miedo inexplicable.
Gracias al silencio percibió con total claridad el chasquido de ramas quebrándose y el ruido de unos pasos que intentaban aproximarse sin hacer ruido, pero que se traicionaban y se delataban a cada segundo en que la luna se asomaba en el claro cielo sin nubes. El ruido, tan pequeño, resultó sin embargo ensordecedor al romper el sagrado silencio del monte.
Hanako contuvo la respiración y extrajo del baúl que tenía a su lado la wakizashi que una vez le regalara su señor Ashikaga. Las mujeres no utilizaban espadas de soldados, pero durante su entrenamiento en artes marciales quiso poseer una de esas armas y el shogún le concedió el capricho. Todas las concubinas y mujeres de palacio sabían luchar tan fiera y dignamente como los hombres, aunque utilizaban otras armas como la naginata. Pero Hanako dedicó horas a entrenarse con la wakizashi, pues le permitía más soltura en los movimientos y era apropiada para la lucha en lugares cerrados, como suponía que estaba a punto de ocurrir. Sus brazos se tensaron y su mano asió firmemente la empuñadura. Cerró los ojos para percibir la procedencia del enemigo y rezó a los dioses.
Arashi, la espada corta, brilló con fuerza atrapando el primer rayo de luna llena, dispuesta a combatir.


Las sombras de los muertos en la estancia de Shinda continuaban su danza entre las frías paredes de piedra. La esencia de las almas se mezclaba una y otra vez con el humo del incienso y de las flores quemadas, en una comunión que las elevaba al cielo juntos, almas y humo, esposas y maridos, en un último viaje de búsqueda del infinito. El alma de Kazuo, convertida en fiero dragón, permanecía aún ante los ojos de Takeshi, mirándole con sus ojos amarillos, agresivos, su lengua asomando a través de sus labios cerrados, transmitiéndole el mensaje de alerta y de continuidad en el conflicto. En un instante rápido como el rayo que anuncia tormenta, la figura del dragón sufrió un espasmo, una contracción dolorosa que provocó un vómito de humo negro, presagio o certeza de que algo grave acababa de ocurrir. El humo negro se habituó al aire y al espacio de la estancia y se transformó en una flor. El joven soldado sintió la daga del temor atravesando a su corazón y tembló de miedo: Hanako estaba en peligro.
Inclinó la cabeza ante el dragón mientras su figura se evaporaba y diluía entre las sombras de los muros de Shinda, elevándose hacia el cielo.
Obligó a su cuerpo a tomar impulso en el inicio de una carrera frenética en busca de Kamikaze. Debía volver a la cabaña del monte deprisa, cuanto antes. Escuchó la voz de su padrino a su lado susurrándole: "Deprisa, musuko, deprisa, corre, corre..."

Hanako desvió el primer golpe con Arashi y se tambaleó, chocó contra la pared golpeándose el hombro y apretó los dientes para no gritar. El soldado que surgió de entre las sombras la miró con desprecio y se dispuso a golpear de nuevo. Esta vez la concubina sabía lo que debía hacer y no la tomaría por sorpresa. Ejecutando una vuelta entera sobre sí misma, desplegó su brazo velozmente, describió un arco perfecto perpendicular a su cuerpo y cortó la garganta de su oponente; éste cayó de rodillas sujetándose el cuello, agonizando, con una mirada de incredulidad clavada en los ojos de la mujer.
Hanako escuchó un ruido sordo a su espalda y supo al instante que un nuevo enemigo se cruzaba en su camino. Giró el sable dos veces, con un movimiento de muñeca que recordaba a la ceremonia del té, danzando en el espacio. La hoja produjo un sonido zumbante al cortar el aire, y en rápido movimiento de arriba a abajo, el sable encontró el estómago del enemigo. Lo clavó con fuerza, ensartó el cuerpo y extrajo la vida de su dueño.
La flor de oriente respiró fuertemente para recobrar el aliento, y se preocupó por Hoshi, "dioses, no permitáis que nada malo le haya sucedido, por favor...", y no pudo pensar más. Dos hombres se adentraban en la pequeña cabaña y Hanako echó de menos no disponer de una segunda arma con la que defenderse. Hizo acopio de todo su valor y se enfrentó a los soldados. Atrapó el golpe de la katana de uno de ellos, giró para evitar el ataque del siguiente sable, y sintió un dolor lacerante en la espalda.
Sintió que el suelo cedía bajo sus pies, las figuras de sus enemigos se hicieron cada vez más borrosas y el mundo dejó de existir.
Kasumi, el hijo de la niebla, sonreía feliz. Ahora tenía en sus manos una joya muy valiosa. Con la concubina podría negociar y alcanzar grandes ventajas, podría dominar el corazón del joven samurái que osó intentar matarlo en el campo de batalla. Sí, grandes caminos se abrían para Kasumi. La luna iluminó su cruel sonrisa.

Takeshi cabalgaba a lomos de Kamikaze y no le hacía falta espolear al caballo para que éste volara; siempre hacía honor a su nombre. Los malos presagios vislumbrados en Shinda se afianzaban en su corazón. Las cosas no estaban bien, nada bien, y sabía que nada podía hacer para impedir que el destino se hiciera cargo de los acontecimientos y de las vidas de aquellos a los que amaba.
No llegaría a tiempo, la idea retumbaba en su cerebro como el chasquido de la presencia de una fuerza invisible. No llegaría a tiempo, pero juró por todo lo que era sagrado en su vida, que pondría las cosas en su lugar, aunque hacerlo le costara la vida...


KONDÔ 混同 : Confusión.
NAGINATA : Cayado, espada de hoja curva con mango muy largo. Para la mujer samurái es el equivalente a la katana del hombre.
ARASHI : Tormenta.

Nota de la autora: Es cierto que las mujeres que vivían en el palacio, ya fueran sirvientas, concubinas o esposas reales, eran entrenadas en artes marciales, como si se trataran de hombres soldado, puesto que su misión no sólo consistía en servir y dar hijos al shogún, sino también en proteger su vida llegado el momento. Existieron famosas mujeres samurái, de las que un día hablaré. El arma utilizada por estas mujeres era la naginata, la hoja curva con mango muy largo, que equivalía a la katana del hombre. Las mujeres samurái eran tan aguerridas, fuertes y nobles como los hombres, a veces, incluso más, pues eran capaces de suicidarse para que sus esposos afrontaran el combate sin ataduras emocionales. Esto es algo que en Occidente es impensable. Para más información, ver el relato "Naginata".


Haikus:
Kobayashi Issa (1763-1827). Traducción de Antonio Cabezas
José Luis Parra

Este relato es propiedad de su autora y está protegido

jueves, 6 de mayo de 2010

RAN. Capítulo XIII. "EIEN" 永遠. El Vuelo de las Almas



Kyô made wa
Mada han-zora ya
Yuki no kumo

Yendo hacia Kyoto
Cubrían medio cielo
Nubes de nieve


Pensando en la muerte
Un pájaro cruza
Delante del sol
Kotori




Takeshi aferró con fuerza su katana. Jigoku despertó nuevamente a la vida bajo el tacto de su dueño, y su poder se adueñó del samurái, del aire y del espacio, de la mente, del cuerpo y de la vida, de la muerte y del más allá, pero sobre todo de justicia, del deseo de paz y futuro. Un guerrero con honor y respeto no siente deseos de venganza, únicamente desea que el orden de las cosas vuelva a su estado natural.
Y eso era lo que pretendía Takeshi, devolver las cosas a su estado primigenio, antes de que Ônin, La Destructora, se adueñara del caos existente y reinara durante largo tiempo. Eso, y no la venganza, era ahora objetivo y parte fundamental de su existencia, como Jigoku, como Hanako, como dejar que el dolor por la pérdida se adueñara de su cerebro para permitir a su corazón encontrar la paz. Sólo así habría un futuro digno para todos, cuando todo estuviera en su lugar.

Ajustó Jigoku a su cintura. Sora, su wakizashi, se acomodó a su lado cual fiel esposa. Akuma, su tantô, permanecía oculto tras las armas principales.
Buscó su kabuto, el casco protector y lo llenó de incienso. Hanako introdujo en él un pequeño paño de seda perfumado; en el caso de que la cabeza del soldado fuera decapitada, su aroma se esparciría con el viento, para un pronto encuentro con los dioses. El samurái miró a la flor y se perdió en sus rasgados ojos presos de una tristeza infinita. Se inclinó y la besó con dulzura, y con ansia, queriendo retener su espíritu. Acarició sus mejillas húmedas y la besó de nuevo en la frente, aspirando el aroma a limón de sus cabellos.
-Debes regresar a palacio, dejo a hombres de confianza contigo, ellos te acompañarán.
-Tengo miedo, no por mí, sino por tí, ¿cómo sabré que estás bien?.-Hanako no deseaba separarse del soldado.
-Confía en mí, te quiero más que al sol del Imperio, nada malo te ocurrirá.

Miró al cielo y montó con dificultad a Kamikaze, aún no repuesto del todo de sus heridas. Se colocó sobre la cabeza la estructura de metal, incienso y seda, miró a la mujer, a su mujer, una vez más, y gritó golpeando los flancos del caballo:
-¡Rumbo a Shinda, rumbo a palacio!
Y dejó a su corazón en medio del monte, desolada.



La comitiva fúnebre continuó su camino hacia la capital, con paso lento, al ritmo de tristeza que marcaban los caballos. La senda tampoco facilitaba el camino, plagada de arbustos, matorrales, espinos y altos árboles que ocultaban la luz del sol; sólo unos pequeños rayos del astro rey conseguían traspasar el espeso follaje, iluminando de tanto en tanto el camino. Takeshi estaba abstraído en sus pensamientos, en cómo iba a terminar esta guerra absurda. La victoria se había decantado por el clan Yanama, a favor del cual entregó su espada y su vida. El hijo de Ashikaga asumiría el poder, no su hermano. Aún así no estaba satisfecho, los campesinos habían pagado un alto precio para un final que tampoco aseguraría una mejora en sus vidas.
Realmente, se hallaba desolado, por el pueblo, por la barbarie sin sentido y por la necesidad de tener una vida tranquila junto a la mujer que amaba...deseaba una familia propia que diera sentido a todo aquello, una esperanza de futuro.
La vanguardia de la comitiva, adelantada en un par de días de marcha, reapareció en el horizonte para asegurar que el camino a Kyoto estaba despejado de enemigos, aunque pocos de éstos quedaban ya. La gran muralla protectora de la ciudad se hacía visible tras ellos.
Por fin alcanzaron la capital del Imperio.









El palacio del shogún era la mayor fortaleza que habían contemplado sus ojos. Hermoso y fuerte en su estructura, contenía en sus muros toda la majestuosidad que alzaban sus paredes, sus estancias y jardines llenos de sauces, buganvilias, sakuras en flor, almendros y árboles frutales, crisantemos y un sinfin de hermosas flores que le trajeron a su mente la imagen de su propia flor. Mas que un palacio, el imponente edificio se asemejaba a un templo, un recinto sagrado donde homenajear a sus muertos. Era el palacio una puerta hacia la Eternidad, propiedad de los héroes en tránsito hacia el cielo de sus antepasados a través de Shinda, el camino de los muertos, la estancia donde velarían los cuerpos caídos en combate.

Los caballos con su carga gloriosa traspasaron la puerta Eien, arrastrando sus pezuñas y caminando en un triste vaivén, danzando al compás del lamento y del cántico de las mujeres de palacio convocadas para la solemne ceremonia. Uno a uno, los cadáveres fueron descabalgados de sus monturas y fueron alzados en hombros por sus compañeros de armas, siendo finalmente depositados en el gran altar que sería su plataforma para alcanzar la eternidad. Las mujeres quemaron incienso, tanto, que la estancia pronto se vio invadida por una suave y perfumada neblina con aromas a azahar, sakura y limón. Los kabuto, los cascos protectores de cada uno de los soldados que dieron su vida por el Imperio, fueron rociados con las cenizas que se desprendían de las flores quemadas, para que su llegada al Más Allá estuviera rodeada de los olores de su tierra, la que tan noblemente defendieron.
Los cuerpos de los héroes se recubrieron con mortajas blancas, lino puro para abrigarlos, color de vida en la muerte. Sus espadas cortas se ajustaron a sus cinturas, y las mujeres, las concubinas del shogún, depositaron flores frescas en sus pechos.
Los amigos en el combate asieron con respeto las katanas que representaban las almas de sus compañeros, besaron con lentitud pasmosa el filo de cada una de ellas, ya sin brillo, y procedieron a emparejarlas con sus dueños, como si de una ceremonia nupcial se tratase. Unieron las manos muertas a las empuñaduras y se arrodillaron en señal de un profundo respeto, rodilla en el suelo, y, en mitad de un enorme silencio, unas ligeras sombras comenzaron a ascender de entre los muertos.
La penumbra de las horas tardías del atardecer consiguieron que las sombras danzaran contra los muros de Shinda, logrando perturbar los ánimos de los allí presentes. Takeshi miraba, maravillado, el vuelo de las almas hacia la eternidad. Sus ojos vislumbraban un trozo del cielo prometido, y, en su visión, escuchó palabras traídas a través del viento:
- Takeshi, ahijado, cuida de tu pueblo. Sigue luchando por lo que es justo, lleve el nombre que lleve. Ai shiteru, musuko.
La sombra se revolvió contra la fría pared y formó la silueta de un dragón fiero abriendo sus fauces.
Takeshi comprendió. Aún no había acabado todo.
Aún quedaba una larga lucha.


EIEN 永遠 : Eternidad.
JIGOKU : Infierno.
SORA : Cielo.
WAKIZASHI : Segunda espada del samurái, más corta que la katana, se utiliza en espacios cerrados.
AKUMA : Diablo.
TANTÔ : Cuchillo corto, daga.
SAKURA : Cerezo, árbol emblemático de Japón.
AI SHITERU : te quiero.
MUSUKO : Mi hijo.

Nota de la autora: Por más que he buscado, me ha sido imposible encontrar referencias sobre los funerales y enterramientos de los samurái. Todo el ritual que he descrito es fruto, pues, de mi imaginación, pero creo que bien podrían haber sido así, ¿no es cierto?. De todas formas, perdonad mi atrevimiento si realmente fueron muy distintos, esto es sólo mi modesto homenaje hacia una época y unas creencias maravillosas.

Haikus:
Matsuo Bashô (1644-1694). Traducción de Antonio Cabezas.
"Pensando en la muerte". Mercedes Pérez Collado -Kotori-. El Reflejo de Uzume.

Este relato es propiedad de su autora y está protegido.

lunes, 3 de mayo de 2010

RAN. Capítulo XII. "SHINDA" 死んだ. El Camino de los Muertos.


Yuku ware ni
Todomaru nare ni
Aki futatsu

Qué distinto el otoño
Para mí que voy
Para tí que quedas







Pájaro muerto
¡Qué agonía de plumas
En el silencio!


Mientras Hanako y Takeshi continuaban disfrutando con el reencuentro tantas veces esperado, aún quedaban soldados luchando en el campo de batalla, cansados, doloridos y sobre todo, heridos física y emocionalmente.
Muchos hacían grandes esfuerzos por levantar su sable, pero el cansancio les tenía exhaustos tras horas de lucha. Yanama Sôzen estaba agradecido por la victoria y no persiguió a Hosokawa y a sus hombres; ellos mismos buscarían una salida con honor. Pero Kasumi, ese traidor, debía ir a buscarlo y presentarlo ante el shogún, para obligarlo a cruzar las puertas del infierno, lo único que merecía aquella escoria. El cobarde había huido a las primeras de cambio junto con varios de sus leales seguidores. ¿Leales?, aquellos hombres no conocían el significado del término, pero daría con ellos así los dioses quisieran que fuera su última misión en la Tierra.
Mediante la ayuda de sus samuráis subió los cuerpos de Kazuo, Tetsu y los demás muertos en combate a lomos de sus caballos, a fin de trasladarlos a Shinda, la cámara fúnebre del palacio del shogún Ashikaga, para rendirles un último homenaje a los valientes que dieron sus vidas por el país.
En cuanto estuvieron preparados los caballos, partieron hacia Kyoto. Hasta los animales parecían ser conscientes de lo que transportaban, piafando tristemente y avanzando con la testuz baja, mirando al suelo. En cambio, los compañeros de armas caminaban con la cabeza muy alta, orgullosos de acompañar a sus amigos, a sus espíritus, para contemplar el vuelo de sus almas al infinito. El camino prometía sombras de pesar y luces de alegría.

Takeshi se recuperaba con esfuerzo. Ilusionado y feliz, quería ponerse pronto en pie para poder abrazar a Hanako, montarla en Kamikaze y salir en busca de paz, pero intuía que aquella era sólo la primera batalla, y que nuevos vientos de furia se avecinaban. No sabía qué había ocurrido en la contienda y estaba impaciente por tener noticias. Hanako se acercó con un poco de agua para que bebiera el soldado y, cuando lo miró a los ojos, se ruborizó por lo ocurrido la noche anterior, su comportamiento un tanto, ¿desvergonzado?, al tomar ella la iniciativa, la había sorprendido tanto como a Takeshi, pero éste, al notar el color en el rostro de la mujer, sonrió pícaramente, haciéndole saber que estaba encantado con su comportamiento.
-Espero que vuelva a repetirse-, sonrió ya, francamente divertido.
-Cc...có..., cómo dices?-, se sobresaltó la concubina, y el color rojo de su rostro se hizo aún más intenso.
-Digo que puedes tomarme cuándo quieras, que me dejaré...- y soltó una larga carcajada mientras Hanako le lanzaba el agua a la entrepierna.
-Esto para que se te enfríen un poco las ideas y...otra cosa-, lo miró enfadada.
Takeshi, riendo con ganas, se incorporó pese al dolor en el costado, la agarró por la cintura y la obligó a tenderse junto a él. Su mano se deslizó a través de la tela del grueso kimono hasta encontrar su piel de melocotón. La besó en los labios, profundamente y le susurró cerca de su boca sin dejar de sonreir:
-Mi vida, seré tuyo para siempre, si tu me dejas que seas mía hasta mi muerte.
Hanako suspiró de puro placer y abrió sus pétalos para el samurái.

Los hombres Yanama habían recorrido un largo camino y avistaron a unos pocos metros el lugar perdido en el monte donde esperaban encontrar al joven soldado Takeshi aún con vida, sin sospechar cuánta vida tenía en esos momentos.
Avisaron de su presencia a los de la cabaña con un grito especial, contraseña que daba a entender que la presencia era amiga y no debían temer. Hoshi acababa de llegar con provisiones para la cena y se acercó para dar la bienvenida a los hombres. Saludó con una reverencia y con un gesto de sus manos, les indicó que accedieran a la humilde estancia.

Sôzen indicó con un gesto a sus soldados que se detuvieran y descansaran. Takeshi, en alerta desde que escuchara el grito familiar avisando de presencia amiga, se esforzó en levantarse y acudir al exterior, expectante por conocer lo sucedido en el campo de batalla. Se derrumbó cuando reconoció las monturas de Kazuo y Tetsu, y de tantos otros amigos que yacían sin vida sobre ellas. Un profundo dolor atravesó sin piedad el corazón del soldado, lacerante, sin darle tregua para respirar; un dolor tan intenso que le hizo caer de rodillas y doblarse en dos. Reprimiendo las lágrimas que amenazaban con ahogar sus ojos, sus sentidos, logró ponerse en pie, Hanako le ofreció su cuerpo como apoyo al ver su congoja. Anduvieron poco a poco hasta los caballos, hacia los cuerpos de sus hermanos. Takeshi acarició el negro cabello de Tetsu y la espalda de Hiroshi, ambos muertos con pocas horas de diferencia, ambos aún calientes, apenas la vida los había abandonado. Asió los brazos de los dos amigos y los unió con el suyo, simbolizando el lazo de camaredería y amor fraterno que los unía y lloró...no por ellos, que ya descansaban en el paraíso de los héroes, sino por él, por la pérdida y la soledad que su muerte significaba.. Porque cuando el ser querido muere no lloramos por él, quien ya disfruta de una vida mejor, sino que lloramos por nosotros mismos, por los que nos quedamos, incapaces de asumir la pérdida y la soledad que conlleva, y por los años venideros sin la presencia de los que hemos amado alguna vez.
Se separó de los cuerpos, respirando hondamente y saludó con honores militares a todos los que alguna vez lucharon a su lado y no volverían a hacerlo jamás. Cuando se aproximó a la montura de Kazuo y a su cadáver, inspiró hondo y lanzó un lamento al aire, tan profundo y denso, que todas las criaturas del monte Hiei temblaron de temor y respeto. Sostuvo la mano de su padrino y besó los dedos que tan firmemente sostuvieron a Kaji, la katana que le salvó la vida, Kaji, la que ahora descansaba en la silla del caballo con un brillo apagado en su filo. La katana moría junto a su dueño y señor.



-Quiero acompañaros para rendir homenaje a mis compañeros y a mi padrino-, dijo solemnemente Takeshi dirigiéndose a Sôzen. -Permitidme el privilegio-, suspiró.
Sôzen se agitó sobre su montura, nervioso y respondió al soldado:
-Takeshi, debido a tus heridas, no creo conveniente que nos acompañes en es...
--¡He dicho que os acompañaré, así los dioses quieran que muera en el camino!.- Takeshi apenas respiraba debido al temblor que se había adueñado de él.
Yanama Sôzen no dejó de admirar la templanza y el tesón del joven soldado.
-Así sea, pues! Tomemos rumbo hacia Shinda...rindamos honores de vida a nuestros muertos!... Ya tendremos tiempo, así la eternidad nos lo conceda, para perseguir a los traidores y hacer justicia en nombre del Imperio y de los que dieron honorablemente su vida por él. Que el viento nos sea favorable a todos...me ni wa me, ha ni wa ha...


SHINDA : Muerto.
ME NI WA ME, HA NI WA HA : Versión japonesa del "ojo por ojo, diente por diente".

Haikus:
Masaoka Shiki (1867-1902). Traducción de Justino Rodríguez.
Juan José Domenchina (1898-1959).

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