O-KAERI NASAI

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martes, 14 de abril de 2009

SAYONARA


La lluvia caía en desorden, caótica, en incesante vaivén de furia desencadenada mojándola hasta las entrañas. Tropezó con el empedrado del suelo gris y enfiló sus pasos con prisa, acelerando hasta alcanzar la velocidad máxima de huída en dirección al puerto donde anclaba la flota del enemigo. Consiguió vislumbrar a través de la lluvia torrencial el palo mayor del navío más poderoso que jamás vió ser humano y, sin embargo, no sintió miedo.
Se enjugó el sudor que caía de su frente mezclado con gotas de agua y apresuró más la carrera.
Debía llegar a tiempo, antes que abandonaran la bahía de atraque. El cielo cambió de color a un negro profundo, de boca de lobo, y mientras la tierra temblaba bajo sus pies, el estallido de un trueno provocó el recuerdo de lo ocurrido apenas un año atrás...

-Eres hermosa, como no hay otra igual. - el americano se aproximó a su cabello y aspiró su fragante aroma, mezcla de miel y limón y entrelazó entre sus dedos un mechón negro, fino y suave como la seda...

Lo conoció una tarde calurosa y húmeda de finales de agosto. No era una buena idea pasear bajo el brillante sol de verano, aunque una ligera brisa conseguía de algún modo aliviar aquella atmósfera asfixiante y silenciosa.
Algo la hizo inquietarse, unos pasos lentos, algo tímidos, de los que no podía adivinar su procedencia.
Y de pronto aquella voz tan suave, invadiendo todos sus sentidos, grave como el sonido de un tambor, como el que manejaban en el festival de las flores...
Se puso en guardia y su pulso se aceleró provocando oleadas de calor, haciendo que la tarde de agosto se tornase insoportable y agotadora hasta el límite. Y ya no pudo más, con los nervios a flor de piel se giró con paso lento hasta quedar frente al extraño que la miraba con fijeza.
Sus ojos... sus ojos eran tan intensamente verdes, tanto, que recordó sin poder evitarlo los campos en los que jugaba siendo niña, con sus sonidos, perfumes y sabores. Sus propios ojos se entornaron sin poder sostener por más tiempo aquella mirada que le traspasó el alma como punta de sable y bajó la cabeza, tímida, insegura y asustada por la fuerza de los latidos de su corazón.

- Konichi wa, - dijo el desconocido-, ¿habla usted mi idioma?, repitió creyendo que no lo había escuchado.
Ella levantó la cabeza con gran esfuerzo y respondió:
- Sí..., oh! sí, perdone, yo... lo siento.
- Y qué es lo que siente?- y acompañó con una sonrisa a esa voz que ella ya había hecho suya para siempre.
- Oh!, bueno, pues, no, yo no... le... escuchaba...

Qué estúpida se sintió en aquel instante, torpe e incapaz de pronunciar una sola palabra más. Sólo quería huir, sentía deseos de escapar, desaparecer, echar a correr y no volver la vista atrás hasta alcanzar un lugar seguro fuera del alcance de esa mirada, así que giró sobre sus talones pero fue incapaz de dar ni un solo paso, paralizada por la intuición de que, si huía en ese instante, se arrepentiría el resto de su vida.
Y no se movió de aquel lugar porque no tenía a donde ir, porque ya no tenía más hogar que el que aquellos ojos le ofrecían, no tenía más cobijo que los brazos a los que deseaba correr y no tenía más deber que aquel que le dictaba su corazón.
Y por aquella tarde, por lo que sucedió después, por todo lo que había entregado y por todo lo recibido, por todo ello, ahora corría, desesperada bajo aquel aguacero de mal presagio.

Volvió a tropezar pero se repuso, y como si el destino se aliara con ella, el cielo envió un relámpago de intenso fulgor que iluminó su camino. Atravesó calles, avenidas, podría incluso haber atravesado muros de acero, nada podía detenerla y nada importaba salvo lo que estaba por venir, lo más maravilloso, mitad americano, mitad japonés, mitad oriente y mitad occidente, mitad mío y mitad tuyo, pero un todo único y nuestro...

Por fin alcanzó su objetivo, el barco empezó a alejarse alzándose sobre el mar embravecido. Lo vió en cubierta, gritó su nombre y él le envió unas palabras que el ruído cruel de la tormenta no le permitieron escuchar.
Pero sus ojos, aquellos ojos verdes como el mar que lo alejaban de su vida, eran una promesa, y en el movimiento de sus labios su corazón comprendió lo que sus oídos no podían entender con el sonido atronador de la tormenta:
....Sayonara, ..... volveré......

Kimi yuku ya
Yanagi midori ni
Michi nagashi
Te marchas tú
entre los verdes sauces
qué largo el camino
SAYONARA: Adiós
KONICHI WA: Buenas tardes
Este relato es propiedad de su autora y está protegido

5 Hablan los Danna:

Sidel dijo...

Que preciosidad, me lo he imaginado tipo Madame Butterfly, fui a ver la opera y me encantó, creo que es la única opera que he visto en mi vida, muy bello, como siempre me quedo con ganas de más! besitos

Carolina dijo...

Ciertamente es Madame Butterfly pero cuando lo escribí no lo pensé, no me di ni cuenta, sólo pensaba en la palabra "Sayonara". Ya ves lo revoltoso que es el inconsciente!

Naoko Hatake dijo...

Magnifico !!! genial!!!. casi lloro me conmoviste ^^. Me lo imagindao todo jeje genial !!!

Me recordo a algo que escribi hace poco...

por cierto lo del dibujito tendra que esperar un poco... gomen , esque casi no tengo chance y los que tengo viejitos no me gustan...

otra vez felicidades!!, segui asi!!, segui escribiendo!!!

Carolina dijo...

Bienvenida a tu casa Karla. Besos!

Ángel Vela (palabras) dijo...

Bueno pues otro leido, y re mandó un correito sobre él.